Capítulo 13 Una perversidad teatral que lo divertía #3
En su primera noche, Harpo no durmió. Se quedó sentado en la cama, balanceándose apenas hacia adelante y hacia atrás.
Y, durante horas, movió los brazos con suavidad.
Para él, el juego todavía no había terminado.
El Dr. Albuquerque lo observó con fascinación desde la primera entrevista. El diagnóstico previo era contundente:
Paciente masculino, no verbal desde edad desconocida.
Mutismo selectivo: si bien tiene capacidad para hablar, en muy raras ocasiones hace uso de la comunicación verbal.
Presenta cuadros severos de psicosis no especificada, posiblemente esquizofrenia catatónica con elementos paranoides.
Comportamiento infantilizado, rasgos de trastorno del neurodesarrollo sin especificar.
Manifiesta conducta sumisa, docilidad extrema ante figuras de autoridad. No presenta agresividad voluntaria. La violencia registrada en el incidente doméstico parece derivar de un episodio disociativo acompañado de alucinaciones auditivas y sobreestimulación física.
Un ser de fuerza descomunal, completamente dócil. Una criatura rota, sin lazos, sin voluntad propia, con el alma deshilachada por el abandono y el ruido en su cabeza.
La combinación perfecta.
—¿Echas de menos jugar? Con ellas, con tus sobrinas.
Él asintió. Un recorrido apenas perceptible de una cabeza llena de incertidumbre.
—Tú no querías que aquello terminara. Habrías seguido jugando…
Asintió otra vez.
—Si me obedeces, puedo ayudarte a volver a ese momento. A volver a jugar. A volver al cuarto de juegos. A jugar con las niñas.
Harpo lo miró. El cuarto de juegos apareció en su mente como una fotografía tibia: las risas, los ganchitos de colores, el peso ligero sobre sus rodillas.
Una luz se encendió en su mirada. Isaías la vio. Y supo exactamente qué hacer con ella.
—Pero tienes que hacer exactamente lo que yo diga. Sin preguntas.
Harpo tardó unos segundos.
Luego asintió.
Albuquerque sonrió. Era suficiente.
—Tendrás que hacer cosas difíciles. Pero te prometo que, si me haces caso, todo volverá a ser como antes. Volverás a jugar como a ti te gusta.
El paciente volvió a asentir.
Desde entonces, se convirtió en una sombra silenciosa que vagaba por los pasillos de Rocablanca esperando instrucciones.
Obedecía. Siempre obedecía. No hablaba, no preguntaba, no se resistía.
Tomaba su medicación. Dormía en la misma postura, comía en el mismo rincón.
El doctor empezó a visitarlo en momentos extraños: de madrugada, al anochecer, en horas sin registros ni testigos.
Le hablaba en voz baja, dejando caer las palabras una tras otra, semillas de algo que todavía no había empezado a crecer.
Y Harpo escuchaba.
Porque Harpo solo sabe hacer eso.
Escuchar.
***
Fue al atardecer, cuando el sol empezaba a deshacerse detrás de los árboles del parque. El doctor Porcel seguía su ruta habitual. Mismo parque. Misma hora. Mismo recorrido. Isaías Albuquerque lo esperaba junto al sendero. Elegante. El abrigo oscuro bien abotonado y las manos cruzadas a la espalda.
Porcel se detuvo, sudoroso, la respiración agitada.
—¿Doctor Albuquerque...? ¿Qué hace aquí?
Pero la respuesta nunca llegó.
O quizá sí, en las gélidas pupilas de Isaías.
Luego un leve gesto, apenas una mirada fugaz a los árboles. Entonces, algo se movió detrás de un tronco grueso. Una sombra. Un destello.
Nazario emergió como un proyectil, el cuchillo brillando apenas en la penumbra. El doctor Porcel se defendió, intentó evitar el ataque. Forcejeó contra el atacante, agarrando las muñecas de este, pero ya había recibido una puñalada en el muslo.
Lanzó una mirada de auxilio a su compañero.
El doctor Albuquerque sonreía.
Nazario intentaba liberar su mano armada. Su mirada desquiciada buscaba sangre.
Había que escapar.
Porcel empujó a Nazario y consiguió soltarse. Retrocedió varios pasos antes de darse la vuelta y echar a correr. Estaba en buena forma, aunque tuviera una herida en el muslo, podía huir.
Pero entonces… apareció Harpo.
Gigante. Silencioso. Inmenso.
Estaba frente a él, cerrándole el paso. Lo agarró del brazo. Una mano enorme, como una garra mecánica de piel arrugada. Porcel gritó. Intentó zafarse, pero esa masa era inmune a los intentos. Y Nazario llegó de nuevo.
Se le echó encima con una furia animal, clavando el cuchillo una, dos, tres veces en la espalda del médico. Harpo no se movió. Solo observaba, los ojos como pozos vacíos, mientras la sangre manchaba sus zapatillas blancas del hospital.
Imperturbable, siguiendo instrucciones.
Así que se queda, quieto mientras Nazario lo apuñala.
Mientras Porcel se retuerce, con las manos crispadas, hasta que el cuerpo deja de moverse.
El doctor se acerca despacio y observa el cadáver. Luego mira a sus dos criaturas: Nazario, jadeante, todavía aferrado al cuchillo. Harpo, inmóvil.
La bestia rabiosa y la bestia dócil.
—Esta vez no lo quemaremos. Debemos irnos.
Harpo no responde.
Solo mira el cuerpo con una especie de tristeza confusa, como si no entendiera por qué aquel hombre ya no se levanta para seguir jugando.