Capítulo 13 Una perversidad teatral que lo divertía #2
Y lo creía. Harpo era su hermano. Había estado a su lado en los peores momentos de su infancia.
Cuando el padre levantaba la mano, Harpo no huía.
Se quedaba quieto, con los ojos húmedos, como si quisiera absorber los golpes con su presencia.
Había aprendido a soportar el dolor propio como quien aprende a sostener un jarrón roto sin que se le deshaga en las manos.
Desde entonces, era así: callado, obediente, y siempre dispuesto a jugar.
O a obedecer. Muchas veces, era lo mismo; él jugaba siguiendo las instrucciones que le decían, aunque las instrucciones provenieran de niñas de seis años.
Era una manera sencilla de conectarse a otra persona: hacerla feliz jugando.
El resto de interacciones humanas eran demasiado complejas para él.
Por eso, sólo era feliz con los juegos de niños.
Su habitual mutismo hizo que desde pequeño lo llamaran Harpo, como el personaje mudo de los hermanos Marx. De todas las cosas horribles que le decían, en su familia consideraban que Harpo era lo menos hiriente, y con el tiempo vieron que respondía mejor a ese apodo que a su nombre natural.
***
Aquel domingo, como tantos otros, olía a canela y mantequilla derretida.
La cocina era un rincón tibio, con el horno zumbando de fondo y la radio murmurando canciones lentas.
Ella removía la mezcla del bizcocho mientras las risas de las niñas le llegaban desde el cuarto del fondo, tan conocidas que las podía identificar por su ritmo.
Una tenía una risa explosiva, salpicada de grititos.
La otra reía con la boca cerrada, una risita suave, intermitente.
Y Harpo... Harpo no reía. Pero cuando lo hacía, enseñaba todos los dientes y cerraba los ojos. Como si la felicidad fuera un viento que lo empujara hacia adentro.
Jugaban. Lo hacían siempre. Harpo se dejaba montar como un animal manso. Las niñas se trepaban sobre sus hombros, le pintaban la cara, lo peinaban con ganchitos de colores. Él permanecía quieto, con una paciencia infinita, como si su único deseo fuera no romper la burbuja de esa felicidad diminuta.
Y ella, hermana y madre, confiaba. Porque ella sabía que las niñas lo querían mucho, y él a ellas.
Hasta que ocurrió.
Hasta que los engranajes oxidados de la mala fortuna se colocaron, chirriantes, donde no debían estar.
La madre había sacado el bizcocho del horno, y se dirigió al cuarto de juegos para informar a las niñas. A ellas les encantaba el bizcocho con nueces y canela. Abrió la puerta de la sala, como tantas veces había hecho antes, y empezó a formular la buena noticia.
Las palabras no terminarían de salir de su boca.
Harpo estaba allí. Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas, la espalda encorvada, como un niño en plena concentración. Su camiseta tenía manchas oscuras en el pecho y en las mangas, pero él no parecía notarlas. Sonreía.
Sostenía a una de las niñas sobre sus rodillas.
La tenía de espaldas, con los bracitos colgando hacia abajo, moviéndola con suavidad de un lado a otro, como si aún jugara con ella.
Su cabeza colgaba ladeada, casi despegada del cuello, y cada vez que él la balanceaba, su cabello suelto arrastraba un leve rastro rojo sobre la alfombra.
No se dio cuenta de que ya no respiraba. Jugaba como siempre, silencioso y con su leve sonrisa de felicidad.
Solo que ahora la niña no reía, ni gritaba, ni hablaba.
La madre se quedó petrificada. El aire pareció espesarse a su alrededor. Por un instante, pensó que seguían jugando. Luego vio el cuello de su hija en una posición imposible. En uno de los movimientos logró verle el rostro, congelado en una mueca.
Y los ojos.
Entreabiertos.
Fijos en nada.
Y entonces gritó.
—¡HARPO!
Él giró lentamente la cabeza, como un muñeco mal articulado, y le lanzó una mirada vidriosa, húmeda. No entendía.
Fue entonces cuando la madre vio los cojines.
Porque el instinto la estaba avisando de que el horror era susceptible de duplicarse.
Bajo uno de los cojines, un brazo pequeño, apenas más grande que el de una muñeca, asomaba.
Inerte.
La madre se lanzó sobre sus hijas. Arrancó el cuerpo de las manos de Harpo y apartó los cojines para alcanzar a la otra. Gritaba, lloraba, las abrazaba.
A él lo zarandeó, le gritó, le golpeó, le arañó.
Pero Harpo no entendía qué había pasado.
***
Nadie lloró cuando lo internaron. Ni siquiera fingieron hacerlo.
Su hermana no volvió a visitarlo. Ni visitas. Ni llamadas. Ni cartas. Al cruzar aquellas puertas blancas, parecía haber dejado de existir para ella. Un animal abandonado en un lugar al que nadie regresaría a buscarlo.
Un objeto defectuoso devuelto al fabricante.
Fue el marido quien firmó los papeles. Lo hizo sin mirar a Harpo a los ojos, sin pronunciar una sola palabra.
Lo hizo rápido, sin temblor, como quien firma la garantía de un electrodoméstico averiado.
Acompañado de dos policías y una trabajadora social que parecía estar allí solo por protocolo.
Nadie lo abrazó. Nadie le dijo adiós. Nadie le explicó nada.
Simplemente lo dejaron.
Una mole muda en el pasillo blanco de la Clínica Rocablanca, con la mirada perdida y las manos entrelazadas como un niño en penitencia. Una criatura sola, porque no existe soledad más honda que aquella en la que nadie intenta comprenderte.