Capítulo 13 Una perversidad teatral que lo divertía
La tarde caía con una lentitud hostil sobre Rocablanca.
El despacho del doctor Isaías Albuquerque estaba en penumbra, iluminado solo por la luz sucia que filtraban las persianas. El ventilador del techo giraba con un zumbido monótono, como si el tiempo se estuviera deshaciendo a cámara lenta.
Isaías estaba sentado en su sillón de cuero negro, inclinado hacia su escritorio.
Sobre la madera pulida, entre papeles clínicos y libros abiertos, reposaba su teléfono móvil.
La pantalla encendida mostraba una imagen en directo de una cámara de seguridad.
Una imagen granulada, en blanco y negro, transmitida desde un lugar que conocía demasiado bien. Su casa.
Una toma fija del salón. Al fondo, el marco de la puerta principal. Y en el centro del encuadre apareció la figura de una mujer: Débora, su esposa.
Salía con paso firme, vestida con más esmero del habitual. Tacones, maquillaje, un vestido que no usaba desde hacía años. Demasiado provocativa para una tarde cualquiera.
Isaías no pestañeó.
No hizo un gesto.
Ya sabía lo que significaba.
Cada vez que ella se arreglaba así, era porque iba a encontrarse con él. El hombre cuyo rostro ni siquiera se había molestado en recordar. Simplemente era un actor secundario en una obra que solo tenía un final lógico.
La imagen se congeló en su mente. Después pulsó el botón del intercomunicador, ordenando que le trajeran a Nazario Bellvís.
Pocos minutos después, la puerta del despacho se abrió.
Nazario entró sin decir palabra. Sus pasos no hacían ruido, amortiguados por unas zapatillas acolchadas y por una tendencia natural al sigilo.
El paciente estaba sereno, como siempre.
Pero aquella serenidad no era suya. Era una disciplina adquirida que Isaías le había enseñado.
Un paso más en la capacidad de dominio que el psiquiatra tenía sobre él.
El doctor Albuquerque se había encargado de retirarle progresivamente la medicación. Incluso las había ido sustituyendo por pastillas estériles. Nada oficial, nada firmado, solo un ajuste sutil, invisible en los registros.
A cambio, exigía a Nazario silencio. Perfil bajo. No debía alterarse, no debía hablar con nadie, no debía destacar.
Y el interno cumplía. Con una precisión casi monástica. Pasaba desapercibido en los pasillos, en los comedores, en las salas comunes. Un fantasma obediente. Todo por mantener lo único que realmente valoraba: un cerebro libre de niebla.
La claridad cruel que le permitía oír lo que los demás no oían.
El trato era simple: no medicación, no errores.
Y así, mientras los demás pacientes flotaban en un limbo químico, Nazario estaba despierto. Afilado.
Esperando la próxima señal.
La próxima salida.
El próximo cuerpo con el que experimentar.
Así que no pudo evitar brillarle la mirada cuando el doctor Albuquerque le preguntó:
—¿Te gustaría aumentar tu colección de cenizas esta noche?
***
Nazario había vuelto a matar después del episodio del cementerio.
El segundo asesinato ocurrió bajo el crepúsculo de un día indiferente, en los bordes olvidados de la ciudad, donde los vertederos escupen vapores tóxicos y los desechos humanos encuentran su último refugio.
Allí vivía el siguiente elegido: un mendigo sin nombre, recluido en una choza improvisada de cartones húmedos y colchones manchados por la vida.
Fue el propio Nazario quien eligió el modo: quería que muriera atropellado.
Una muerte banal, vulgar… pero con una perversidad teatral que lo atraía.
El doctor no preguntó por qué. Solo cumplió.
Le entregó una porra negra, de mango pesado, y condujo la furgoneta hasta los límites del vertedero.
Ambos sabían que aquel lugar no tendría testigos, ni preguntas.
El indigente dormía. Su respiración era un ronquido bajo, casi animal.
El paciente entró en la choza como un espectro, y con un solo golpe seco —casi clínico— lo dejó inconsciente.
El sonido fue sordo, desagradable. Un chasquido de hueso contra madera.
Todavía levantaría el arma nuevamente, esperando cualquier mínimo movimiento para repetir el gesto, pero no hizo falta.
Había sido suficiente. No lo había matado, pero había dejado inerte.
El doctor observaba desde la furgoneta, como un padre contemplando el primer paso de su hijo predilecto.
Luego vino el ritual de arrastre. El cuerpo, flácido, fue arrastrado hasta el asfalto cercano.
Lo colocaron en posición, con el torso hacia arriba, como una ofrenda involuntaria.
El paciente subió a la furgoneta. Isaías le dejó a los mandos del volante.
Un motor que arranca. Una marcha que encaja.
Un acelerón. La furgoneta pasó por encima del cuerpo como si fuera un bache de carne y huesos.
Luego retrocedió para repetir la maniobra.
Varias veces. Cada impacto hacía vibrar el suelo.
Cada crujido era una sinfonía de perversión que retumbaba en el pecho del doctor.
Cuando no quedó más que una masa informe de carne, piel y restos de ropa impregnada de fluidos, lo envolvieron en plásticos, lo metieron en la parte trasera de la furgoneta y lo llevaron a una sierra cercana.
Ahí, con la destreza de quien repite una ceremonia, cavaron una zanja.
Allí colocaron el cadáver y el psiquiatra roció el cuerpo con gasolina, entregando a continuación unas cerillas a Nazario.
Las manos del paciente temblaban, pero no por temor, sino por un éxtasis primitivo.
La llama prendió al primer intento. El fuego devoró la carne.
El olor a grasa humana quemada ascendió como incienso profano.
—Observe —decía el paciente, mientras en sus ojos se mezclaban el reflejo de las llamas con la entropía de su propia locura—. Cada llama es una confesión.
Recolectaron las cenizas. Una parte fue guardada con cuidado en frascos etiquetados. El resto, enterrado en silencio.
***
El tercero fue un comerciante, detenido al borde de la carretera, cambiando una rueda en el momento más inoportuno.
Alguien a quien los dados del destino le indicaron la muerte sin ni siquiera saber que estaba jugando.
Nazario pidió detener la furgoneta. Ya estaba elegida la siguiente forma de morir.
Fingieron prestar ayuda al hombre. El hombre agradeció la ayuda.
Se inclinó de nuevo, confiado. Entonces Nazario se le acercó como un amigo, y sin más, le hundió el cuchillo en el lateral del cuello.
Una punzada relámpago, entrada y salida veloz.
La muerte entrando señalada por un filo metálico.
El comerciante soltó un gemido húmedo, apenas pudo ponerse la mano en la herida, apenas pudo girarse, y cayó.
Falleció antes de que lo metieran en la furgoneta, desparramando su sangre en el asfalto.
En esta ocasión, el funerario eligió una variante. Quiso conservar solo una parte. Con una sierra quirúrgica, amputaron el pie derecho. Lo quemaron con solemnidad. El resto del cuerpo, como ya era costumbre, fue sepultado bajo la sombra de los árboles.
—La sierra es generosa con los secretos —comentó el doctor mientras se limpiaba las manos con productos químicos de olor punzante.
***
La siguiente víctima no fue escogida por Nazario.
Fue Isaías Albuquerque quien lo eligió.
El doctor Porcel, un psiquiatra incómodo de Rocablanca, había empezado a hurgar donde no debía.
Sospechaba. Hablaba. Se acercaba peligrosamente al ala secreta del hospital, esa sección fantasmal que Albuquerque usaba como tapadera para sacar a sus pacientes más especiales.
Era, por tanto, una piedra en el camino.
Una bomba de relojería que podía detonar en cualquier momento.
Debía desaparecer.
Y ahora disponía de un arma para hacerlo.
Su propio asesino, su siervo.
Pero esta vez necesitaba algo de ayuda. No podía fallar. Si fallaba seguramente sería identificado. Y eso significaba el fin de todo. Por eso necesitaba algo de fuerza bruta. Alguien que obedeciera sin preguntas.
Alguien imperturbable ante el asesinato.
Necesitaba a Harpo.
***
Durante años, la hermana de Harpo fue la única persona que lo quiso, que lo entendía, que lo cuidaba. Defendía su ternura con la convicción de quien protege un jardín frágil del juicio ajeno.
—Es como un niño grande —solía decir, acariciándole el brazo mientras él permanecía a su lado, en silencio, con la mirada fija en un punto invisible de la pared.
Y lo era. Jamás había levantado la voz. Jamás había herido a nadie.
No hablaba, no interaccionaba con las personas.
Sin embargo, le encantaba jugar. Jugaba con sus sobrinas desde que aprendieron a caminar.
Ellas lo adoraban con esa devoción irrepetible que los niños sienten por las criaturas grandes que no entienden del todo.
Para las niñas, Harpo era una mezcla entre un castillo, un oso y un columpio humano.
El marido, sin embargo, nunca estuvo tranquilo.
—No es natural —decía mientras se anudaba la corbata frente al espejo, con un fastidio que se le escapaba por los dientes apretados—. No está en sus cabales. No reacciona, no contesta cuando se le habla. No sabemos en realidad qué está pensando. No me fío.
—Las adora —replicaba ella con firmeza, aunque bajando ligeramente la voz.
—Pero no es una persona normal. Es como esos perros que quieren a sus dueños… y de repente, se vuelven locos y atacan.
—Pero yo sí sé lo que siente.