Capítulo 12 Tierra cayendo sobre un ataúd invisible #3
Lo que nadie sabía —ni siquiera su esposa, mucho menos sus colegas— era que el doctor Isaías Albuquerque tenía alquilado un trastero en un polígono industrial al otro lado de la ciudad.
No figuraba a su nombre. Pagaba en efectivo, sin intermediarios.
Era un espacio anodino, sin ventanas, con una puerta de hierro abollada y un candado industrial.
Allí guardaba su trabajo más secreto.
Anotaciones personales, cuadernos llenos de símbolos, vídeos grabados con cámaras ocultas durante entrevistas no autorizadas, esquemas de nuevas teorías clínicas, y, sobre todo, más dibujos. Trazos repetidos que se cruzaban en patrones que parecían salidos de una mente fracturada… o iluminada.
Y allí, también, empezó a crecer la colección de frascos de Nazario.
Cada vez que salían, hacían una parada en el lugar.
Nazario entraba en silencio, con el recogimiento de un monje al cruzar el umbral de su celda. Extendía los frascos nuevos sobre la mesa de acero. Los alineaba. Los abría. Los olía. Y entonces comenzaba a mezclar.
Con cucharillas, espátulas y la punta de sus dedos, combinaba las cenizas como si estuviera preparando una partitura invisible.
Con frecuencia se llevaba una pizca de ceniza a la boca y comenzaba a saborearla, tratando de desentrañarla.
A cada mezcla le daba un nombre distinto: Raíz quemada, Flor sin aire, Grito que no sangra, Corte tibio.
Murmuraba mientras lo hacía. Generalmente palabras sin sentido.
Y el doctor observaba.
No hablaba. No intervenía. Solo lo miraba con la concentración de un cirujano ante un órgano nunca antes visto.
Luego, al volver a casa, lo anotaba todo.
Cada gesto. Cada nombre. Cada proporción.
Porque en ese trastero no había locura. Solo ciencia. Una ciencia que aún no tenía nombre.
***
Y luego, estaban las noches más oscuras.
Las noches en las que cavaban.
No muy profundo. Lo justo. Abrían sepulturas a veces viejas, a veces recientes, escogidas con precisión. Isaías llevaba el instrumental, convenientemente guardado en el trastero.
Extraían un brazo, una pierna. Un pedazo de cráneo.
Luego Nazario seguía su ritual. Quemaban aquellas partes del cuerpo en una hoguera hasta reducirlas a polvo.
El doctor Albuquerque observaba. Apuntaba. Memorizaba para posteriormente anotarlo todo.
Miraba a Nazario como se observa a una figura bíblica que anuncia el fin del lenguaje.
Y, sin embargo, con el tiempo, empezó a sentirlo: no era suficiente.
No bastaba con ver el fuego.
No bastaba con oler la carne.
A Nazario le faltaba algo.
Y a él también.
Algo más directo. Más profundo. Un ritual mayor. Una verdadera respuesta.
Y sabía que Nazario… estaba preparado.
***
Aquel día llegaron al cementerio poco antes del anochecer.
El cielo era gris, sin dramatismo. Las nubes pesaban como una tapa de mármol sobre el mundo. No había viento. No había ruido. Solo una figura solitaria, a lo lejos, junto a una lápida de piedra desgastada: una mujer mayor, envuelta en un abrigo negro, el rostro hundido entre las manos, rezando.
Estaba tan quieta que por un momento pareció una estatua.
Dentro del coche, estacionado a unos metros del portón de hierro, Isaías y Nazario observaban en silencio.
El doctor rompió el mutismo sin apartar la vista:
—¿Te gustaría tener cenizas recientes?
Nazario no respondió de inmediato. Apretó las manos sobre sus rodillas. Luego asintió, con voz apenas audible:
—Las almas se deterioran con los años. Las cenizas viejas… son como fotografías borrosas. La pureza está en los recién muertos.
Isaías no añadió nada. Solo puso una mano sobre la manija de la puerta y salió del coche. Abrió las puertas del maletero donde esperaba una bolsa de deportes. Descorrió la cremallera para sacar de ella el cuchillo que colocó en la mano del paciente.
—Ha llegado el momento. Serás dueño y creador de tus propias cenizas. Podrás elegir el tipo de muerte.
Nazario lo miró en silencio, contemplando incrédulo el arma en sus manos.
Pero ya andaba el doctor hacia el interior del cementerio, y el paciente se apresuró a seguirlo.
Cruzaron el portón sin hacer ruido. El chirrido leve del hierro oxidado fue tragado por la tarde que moría.
Se acercaron despacio, adoptando la indolencia de dos paseantes sin destino. Pero sus pasos tenían dirección.
La mujer los notó cuando ya estaban demasiado cerca.
—¿Puedo ayudarles? —preguntó, con voz temblorosa.
Isaías no respondió. Solo se quedó de pie, a unos metros. Observando.
Una mirada incisiva fue suficiente para que Nazario diera un paso al frente. Y otro. Su sombra cayó sobre la lápida, y en ese instante, algo dentro de él se rompió. O se liberó.
Se abalanzó sobre ella con una fuerza que no parecía suya.
La empujó contra el mármol, tapándole la boca con una mano huesuda y temblorosa.
En la otra aún sostenía el cuchillo. La mujer forcejeó.
Intentó gritar contra aquella palma que le aplastaba los labios, arañó su muñeca, buscó a ciegas algo a lo que aferrarse.
Nazario tuvo que echar todo su peso sobre ella para mantenerla contra la lápida.
Entonces sacó el cuchillo.
Y empezó a apuñalar.
La primera cuchillada fue torpe. La hoja entró de lado y la mujer se sacudió bajo su cuerpo. Nazario estuvo a punto de soltarla.
La segunda entró mejor.
Y a partir de ahí se sucedieron. Otra, otra, otra…
Siguió hundiendo el cuchillo mientras los movimientos de la mujer se volvían más débiles, más pequeños, hasta reducirse a unos espasmos que apenas conseguían estremecer su abrigo.
A la novena puñalada, dejó de moverse.
Nazario permaneció inclinado sobre ella, jadeando, con el cuchillo todavía hundido en su cuerpo.
Solo entonces llegó el silencio.
Isaías no se movió, no ayudó, no trató de detenerlo. Hizo lo único que llevaba haciendo desde el principio: observar. Como un dios antiguo que asiste al sacrificio sin pestañear.
Nazario se arrodilló junto al cuerpo. Su respiración era agitada. Sus ojos, vidriosos. Algo había cambiado en él. No era miedo. No era culpa. Era algo más primitivo. Más eléctrico.
Algo irreversible acababa de ocurrir. Contempló el cadáver y descubrió que no quería apartar la mirada.
Y ahora tocaba la cremación.
Era el siguiente paso natural. El único final posible para su lógica. Pero llevarse el cuerpo entero era un riesgo innecesario. Podían ser vistos, interceptados, identificados. La viuda había muerto en el lugar equivocado, pero no podían permitir que también muriera su anonimato.
El doctor Albuquerque permaneció inmóvil. Ni una orden. Ni una objeción.
Era un observador. Un testigo del sacramento.
Nazario se inclinó sobre el cuerpo. Sus manos temblaban no de miedo, sino de excitación contenida.
No buscaba lógica. Buscaba esencia.
Y en un acto puro de instinto ceremonial, se inclina sobre la cabeza de la mujer y, sin herramientas, le arranca la oreja con los dientes.
La sangre es mínima. El crujido, húmedo y sucio.
La envuelve en un pañuelo como si recogiera un relicario, con una devoción fría y cuidadosa.
Aquel fragmento basta por ahora. Una muestra. Una promesa. Una sinfonía por tocar.
—Estoy deseando saber a qué saben estas cenizas —susurra.
Pero incluso mientras habla, ya no es el mismo. La violencia ha abierto algo en su interior.
Desde aquella noche, Nazario ya no se conforma con observar la muerte. Desde aquella noche, quiere provocarla. Quiere diseñarla. Descubre que la forma en que se mata altera la composición del alma. Que el miedo, la sorpresa, el dolor, la entrega… cambian el sabor del humo.
Y así, su pasión ya no es solo mezclar. Es también matar.
De formas distintas.
Con texturas nuevas.
Con variaciones.
Cada muerte, una receta.
Cada cuerpo, un templo.
Cada alma, una nota distinta en su sinfonía quemada.
Y así se convierte en un asesino.
Y el doctor en un siniestro voyeur.