El Espejo de Los Dementes Capítulo 12 Tierra cayendo sobre un ataúd invisible #2
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Capítulo 12 Tierra cayendo sobre un ataúd invisible #2

De cómo había trabajado durante años como ayudante en un establecimiento de pueblo, entre cadáveres y coronas, sin más compañía que el frío y el silencio. Dormía allí mismo, en los cuartos traseros. A veces en los ataúdes vacíos. A veces, con los cuerpos.

Nunca por lujuria. Nunca por placer. Buscaba presencia. Simplemente compañía.

—La muerte no es ausencia, doctor —susurró—. Es concentración. Allí, entre los muertos, el mundo se calla. Y entonces uno escucha.

Contó cómo, durante la cremación de un bebé, había visto “una forma” elevarse en espiral entre el humo.

—No tenía rostro. No tenía peso. Pero era alma, doctor. Lo supe.

Desde entonces, desarrolló una compulsión. Robaba cenizas durante los turnos nocturnos. Las mezclaba. Las observaba. A veces, las probaba con la lengua. Como un catador de vinos raros. Como quien busca la nota justa, la frecuencia perfecta.

—Los muertos son los únicos que son felices. Porque no tienen más nombres. Solo formas.

Isaías lo escuchaba. Siempre. Y poco a poco, Nazario empezó a sentir algo que nunca había sentido en su vida: devoción viva por un ser humano.

El doctor no lo tocaba como si estuviera sucio. No lo corregía. No le temía. Le hacía preguntas que lo elevaban:

—¿Qué pasaría si mezcláramos el alma de un suicida con la de alguien asesinado?

—¿Cuánto tiempo permanece viva una conciencia en el polvo?

Durante las sesiones, Albuquerque solía tener algún regalo para su paciente.

Pequeños frascos.

Con cenizas de animales callejeros muertos. Un gato atropellado. Un cuervo viejo. Un ratón atrapado en un cepo.

Él no podía guardarlos en su celda, así que el doctor los almacenaba en la caja fuerte de su despacho. Entre documentos clínicos, archivos sellados y su colección de dibujos, colocaba los frascos como si fueran hostias de otro culto.

En cada sesión, los sacaba uno a uno, los alineaba sobre la mesa, y Nazario los contemplaba con los ojos brillantes, como un niño frente a una sinfonía embotellada. A veces, metía un dedo y los probaba.

Pero aquello no era suficiente.

Nazario necesitaba más. Más contacto. Más verdad. Más muerte sin filtros.

Y el doctor Isaías Albuquerque… también.

Fue entonces cuando empezaron las salidas.

***

El Ala de Estudios Avanzados estaba clausurada oficialmente desde hacía tres años.Faltaban recursos, personal, permisos. Pero Isaías Albuquerque mantuvo las llaves, el acceso restringido y el control absoluto de las cámaras.

No constaba en ningún sitio. En los turnos nocturnos, nadie pasaba por allí. Era un vacío administrativo. Un punto ciego. Y nadie preguntaba.

Él decía que era una unidad de investigación para “patrones cognitivos de largo alcance”. Pero en realidad, era una sala de tránsito. Una antesala al mundo exterior.

Allí llevaba a los pacientes más peculiares. Los que, según él, eran más especiales. Los que para el doctor Albuquerque estaban en posesión de la verdad primigenia de la mente humana.

Isaías Albuquerque trasladaba pacientes al Ala de Estudios Avanzados con la naturalidad de quien mueve expedientes de una mesa a otra. Siempre había una razón técnica: observación prolongada, aislamiento terapéutico, evaluación específica. Nada que llamara la atención. Nada que dejara rastro.

Afirmaba estar desarrollando una tesis. Una obra definitiva. Un estudio que, según él, sería publicado muy pronto y cambiaría la comprensión de ciertos límites de la mente humana.

Pero la tesis nunca avanzaba.

O quizá avanzaba demasiado.

Porque la verdad era otra.

“Laboratorio Académico” era el nombre que figuraba en los documentos. Lo que ocurría allí dentro pertenecía a otra cosa. Era mucho más.

Allí, los pacientes dejaban de ser pacientes. Se convertían en material. En material experimental sin jaula visible, sin público, sin posibilidad de huida. Isaías no buscaba curarlos. Tampoco diagnosticarlos. Quería medirlos. Estirarlos. Forzarlos hasta que algo cediera.

Experimentaba con el miedo sostenido. Con la privación sensorial. Con ciclos de sueño alterados hasta quebrar la noción del tiempo. Los llevaba al límite para ver qué quedaba al otro lado.

Observaba cuánto dolor podía soportar una mente antes de inventar nuevas realidades para protegerse.

Cuántas horas de silencio absoluto hacían falta para que alguien empezara a oír voces.

Qué tipo de estímulo despertaba recuerdos que nunca habían existido.

Qué ocurría cuando el terror no era un evento puntual, sino un estado permanente.

Tomaba notas meticulosas.

No anotaba gritos.

No anotaba súplicas.

Anotaba respuestas.

Le interesaban los cambios sutiles: el momento exacto en que la mirada se vaciaba, en que el lenguaje se descomponía, en que el sujeto dejaba de pedir ayuda y empezaba a colaborar con aquello que lo estaba destruyendo.

Algunos se rompían rápido. Eran inútiles.

Otros resistían más de lo esperado.

Esos eran los valiosos.

A esos los empujaba un poco más.

Un día más sin dormir. Un estímulo más preciso. Una prueba adicional.

Hasta que algo emergía.

No siempre era lucidez. A veces era obediencia absoluta. Otras, una calma inquietante, como si hubieran aceptado una verdad imposible de compartir. Albuquerque llamaba a eso capacidad adaptativa extrema.

Los devolvía entonces al hospital. Más tranquilos, más manejables. Algunos más vacíos, más dañados. Y otros más violentos. Y el médico sonreía, convencido de que no estaba creando monstruos, sino descubriendo hasta dónde podía llegar el ser humano… cuando ya no quedaba nada humano que perder.

Nadie preguntaba por el proceso, nadie pedía resultados. Sus estudios no necesitaban la autorización de nadie, y hacía los traslados con el mayor sigilo posible.

Pero lo mejor de aquella sala es que le permitía sacar a pacientes sin ser visto. Con las cámaras desconectadas, tenía libertad de movimientos hasta una insignificante salida trasera, un pasillo largo que descendía hacia el parking subterráneo del edificio.

Y empezó a sacar pacientes al exterior, ocultos en una furgoneta negra comprada para la ocasión. Podía abandonar así Rocablanca sin preguntas. Le bastaba con pasar una tarjeta magnética para abrir el parking y repetir el gesto ante la verja exterior.

Para todo aquello contaba con la complicidad de Vallejos, el vigilante nocturno del ala este. Un hombre de complexión torpe, rostro abotagado por el insomnio y la rutina, pero con una devoción casi infantil por todo lo que rozara la psiquiatría.

Vallejos había soñado con ser médico. Psiquiatra, en concreto. Pero no tenía la cabeza, ni la disciplina, ni el temple. Fracasó dos veces en el ingreso a Medicina, y terminó en Rocablanca como guardia, rondando los pasillos donde se hablaba de cosas que él nunca terminaría de entender.

Adoraba al doctor Isaías Albuquerque.

Lo observaba con la veneración de un discípulo analfabeto frente a un profeta iluminado.

Leía sus publicaciones. Escuchaba sus exposiciones desde la puerta entornada.

Anotaba palabras sueltas como “paranoia estructurada”, “delirio constructivo” y “resistencia catatímica”, aunque no supiera del todo qué significaban.

El doctor tardó poco en comprender qué clase de hombre tenía delante. Dos conversaciones. Una palmada en el hombro. Dejarle presenciar alguna discusión clínica desde la puerta. Y, finalmente, una promesa:

—Algún día podrías trabajar conmigo.

Vallejos no volvió a hacer preguntas.

***

Los primeros pacientes que sacaba apenas le aportaron nada.

El doctor Albuquerque lo comprendió rápido, con una decepción seca, casi irritante.

Eran mentes ya rotas antes de empezar. Sujetos desequilibrados, deshilachados por dentro, incapaces de sostener la presión necesaria.

Isaías empujaba, pero dentro de ellos ya no quedaba nada capaz de empujar en sentido contrario.

Se quebraban demasiado pronto.

Algunos gritaban desde el primer estímulo. Otros se replegaban en sí mismos como animales heridos, anulándose antes de que el experimento pudiera siquiera comenzar. El miedo no los transformaba: simplemente los apagaba.

Isaías los observaba con frialdad, esperando… algo.

Pero no aparecía.

Buscaba el instinto, esa respuesta animal que debía despertar cuando desaparecía todo lo demás. Solo encontraba reflejos pobres, mecánicos, aprendidos.

Como presas muertas antes de ser cazadas.

Los descartó uno a uno.

Los devolvía al hospital con una sensación cercana al fastidio. Aquellos sujetos no le servían para nada. Eran demasiado humanos en el peor sentido: frágiles, previsibles, domesticados por el dolor.

Isaías no buscaba locos.

Buscaba algo más antiguo.

Algo que mordiera antes de romperse.

Hasta que sacó a Nazario Bellvís.

Entonces todo cambió.

Nazario se mostró muy dócil para estos experimentos. Subía por la puerta lateral de la furgoneta, en silencio, obediente, como un niño invitado a una excursión a su lugar favorito. Nunca preguntaba a dónde iban. Nunca dudaba.

Y una vez que la puerta se cerraba, y el motor arrancaba, la ciudad entera dejaba de existir. Solo quedaban ellos dos.

Y el camino hacia la muerte.

Con Nazario, la muerte era el único campo de estudio.

***

Iban a cementerios.

Siempre de noche. Siempre sin rumbo fijo. Alternando localizaciones.

Algunos abandonados. Otros aún activos, pero silenciosos a esas horas donde hasta los vivos se sienten intrusos.

Allí, Nazario respiraba como si por fin le hubieran devuelto el oxígeno.

Se arrodillaba junto a tumbas recientes, apoyaba la oreja sobre la tierra húmeda.

Otras veces, preparaban pequeñas hogueras.

Isaías traía animales muertos, o Nazario encontraba alguno durante el camino: un zorro atropellado, un gato callejero.

El paciente los quemaba lentamente.

Sin prisa.

Sin emoción visible.

Observaba cómo la carne se retraía, cómo el pelo se consumía, cómo los huesos ennegrecían hasta quebrarse. Cuando solo quedaba ceniza, la recogía con cucharas y pequeños embudos, con una precisión casi ceremonial, y la introducía en frascos de cristal etiquetados a mano.