Capítulo 12 Tierra cayendo sobre un ataúd invisible
En Rocablanca hay pacientes peligrosos, pacientes rotos, y pacientes invisibles.
Nazario Bellvís no encajaba en ninguna categoría.
Cuando lo trajeron, esposado, con el cuello inclinado hacia un lado, atrapado en la escucha de alguna voz remota e imposible de alcanzar, los funcionarios del hospital evitaron mirarlo directamente.
Incluso los psiquiatras más curtidos sintieron, al leer su informe, una incomodidad que ninguno se molestó en disimular.
Era demasiado grotesco. Demasiado meticuloso.
Motivo de ingreso: Conducta tanatofílica ritual, delitos múltiples contra la integridad de cadáveres, profanación, apropiación de restos humanos y homicidio calificado con componente experimental.
Diagnóstico: Psicosis ritual disociativa con fijación tanatogénica, conducta compulsiva de recolección post-mortem, episodios de mutismo selectivo y sintomatología místico-delirante avanzada.
Había sido detenido después del escándalo de la funeraria.
No por dormir con cadáveres —eso solo fue el principio—.
La investigación reveló que había sustraído cuerpos de la cámara frigorífica, los trasladaba de madrugada y los metía en ataúdes abiertos para acostarse junto a ellos, envuelto en las mismas sábanas blancas del velatorio, respirando el aire viciado de la muerte y encontrando en aquella podredumbre una extraña forma de refugio.
No había violencia en el acto. No había urgencia.
Solo una intimidad obscena, cuidadosamente repetida.
Pero aquello no fue lo peor.
Tras el episodio en que el funerario encontró a Nazario durmiendo junto a un cadáver, lo despidió de inmediato. Ante eso no hubo súplica ni perdón, solo un brillo inquietante en la mirada que el funerario recordaría después con una precisión enfermiza.
Días después, en la morgue empezaron a desaparecer cosas.
Cosas humanas.
Partes de cuerpos.
Al principio el funerario encontró restos de cenizas en los bordes de las urnas que iban a ser entregadas a los familiares de un cremado. No le dio importancia, hasta que el patrón comenzó a repetirse.
Pero lo peor fue cuando un día descubrió que a uno de los cadáveres le habían amputado un dedo después de la muerte. Su primera sospecha cayó en Nazario, que posiblemente se hubiera guardado una copia de llaves de la funeraria. Entonces lo denunció todo.
La policía acudió a la casa de Nazario. El primer frasco apareció en la cocina, detrás de varias latas de conserva.
Era de cristal grueso, con tapa metálica.
En su interior había un polvo grisáceo, fino, apelmazado en algunas zonas por la humedad.
Uno de los agentes pensó que serían restos de alguna chimenea hasta que encontró una etiqueta pegada al vidrio.
No había ningún nombre.
Solo dos palabras escritas a mano, con una caligrafía paciente y firme: “Luz errante.”
Encontraron el segundo en el dormitorio.
Luego otro.
Y otro.
Había frascos debajo de la cama, en el interior de un armario, sobre una estantería. Algunos permanecían ocultos detrás de cajas y libros; otros estaban expuestos, perfectamente alineados, sin el menor intento de esconderlos.
Cuando terminaron de registrar la vivienda habían contado veintisiete.
Todos contenían cenizas humanas.
Y todos estaban etiquetados.
“Rabia lenta.”
“Espina negra.”
“Silencio maleable.”
Aquellas palabras no identificaban a los muertos. No había nombres, fechas ni procedencias. Parecían designar otra cosa.
Los análisis revelaron después que algunos frascos contenían los restos de una sola persona.
Otros no.
Nazario había mezclado cenizas pertenecientes a individuos distintos con una precisión difícil de atribuir al azar.
En uno de los recipientes encontraron restos de una madre junto a los de su hijo.
En otro, los de un suicida mezclados con los de un hombre asesinado.
Había incluso cenizas de un anciano combinadas con las de un feto.
Algunos frascos mostraban capas perfectamente diferenciadas, una encima de otra, respetando un orden que solo Nazario parecía comprender. En otros, las cenizas habían sido trituradas y mezcladas hasta formar un único polvo gris, imposible de separar.
Y en el fondo de varios quedaron pequeños fragmentos de hueso.
No estaban allí por accidente.
Alguien se había tomado la molestia de conservarlos.
Después empezaron a encontrar ceniza fuera de los frascos. En los bolsillos de los pantalones de Nazario. En los cajones. Entre las sábanas. En el borde de la cama.
También en la cocina.
Uno de los agentes encontró restos adheridos al fondo de un cuenco. Otro levantó una cuchara del fregadero y descubrió el mismo polvo gris incrustado en la concavidad.
Pero lo peor estaba en otra habitación.
Allí encontraron un horno artesanal. Las paredes interiores estaban ennegrecidas y en el fondo quedaban restos de combustión. Entre ellos aparecieron pequeños fragmentos óseos que el fuego no había conseguido consumir por completo.
Nazario no se había limitado a robar cenizas. También robaba restos humanos de morgues, hospitales y cementerios. Y algunos los quemaba él mismo.
A pesar de todo eso, cuando Isaías Albuquerque leyó el informe, no sintió horror. No sintió repulsión ni miedo.
Sintió curiosidad.
Volvió a la primera página y comenzó a leer de nuevo, esta vez más despacio. Deteniéndose en los detalles. En las mezclas. En aquellos nombres escritos sobre los frascos.
Nazario no era un enfermo más.
El psiquiatra vio en él una puerta. Una que conducía directo al corazón de la verdad que nadie más se atrevía a buscar.
***
Durante semanas, Nazario Bellvís no habló con nadie.
En la sala de diagnóstico, ante el cristal de observación, los médicos recitaban preguntas clínicas con voz monótona:
—¿Sabes dónde estás?
—¿Por qué crees que te trajeron aquí?
—¿Sientes culpa por lo que hiciste?
Nada.
Solo monosílabos. Parpadeos lentos. Miradas perdidas hacia el suelo o hacia los rincones donde la luz no llegaba. Era como si Nazario habitara otro plano y solo proyectara una sombra débil en este.
Los residentes anotaban “mutismo selectivo”, “evasión cognitiva”, “oposicionismo pasivo”.
Pero Isaías Albuquerque no tomó ninguna nota. Solo esperó.
Y cuando llegó el momento, lo citó a su despacho.
El primer encuentro fue mudo. Nazario entró, se sentó, y no dijo una sola palabra durante cuarenta y tres minutos. El médico tampoco lo forzó. Solo lo observó con la calma de quien descifra un códice antiguo.
En la segunda sesión, lo mismo.
En la tercera, apenas un murmullo. Algo ininteligible. Como si probara con una palabra antigua que ya no sabía pronunciar.
Pero fue en la cuarta cuando Isaías lo llevó a su despacho privado.
La habitación estaba revestida en madera oscura, con olor a desinfectante y a madera barnizada hacía tiempo. A un costado del escritorio, la jaula dorada donde varios pájaros piaban su hastío.
Isaías, en silencio, giró la cerradura de su caja fuerte. Había en sus movimientos una solemnidad impropia, casi litúrgica. De su interior extrajo un pequeño bulto envuelto en un trapo grisáceo.
Lo colocó sobre la mesa, entre ambos, y deshizo el nudo con precisión quirúrgica.
Era un pajarillo. Chamuscado. Rígido. Las alas encogidas por el calor.
El doctor lo observó unos segundos. Luego alzó la vista hacia el paciente, que no apartó los ojos del animal muerto. Su expresión era serena, pero su respiración cambió.
—Lo he incinerado en el horno de mi casa —dijo el doctor, con voz neutra—. ¿Qué te parece?
Nazario no respondió. Pero su cuerpo se inclinó apenas hacia adelante, como si el cadáver diminuto lo atrajera con un hilo invisible.
Entonces Isaías lo volvió a tapar con el trapo, como una mortaja ceremonial.
Salvo que, seguidamente, comenzó a aplastarlo.
Lento. Juntando las manos, encorvándose hacia adelante y echando el peso de su cuerpo. Las plumas crujían. Los huesos se partían. El cuerpo se rendía.
Después, tomó una taza blanca con la que golpeó el trapo. Luego la hizo rodar con toda la presión que pudo, actuando como un rodillo rompehuesos.
Todo bajo la mirada fija del interno.
Acto seguido, Isaías sacó un frasco vacío del cajón. Empezó a llenarlo, sin apuro, con el polvo que había dentro del trapo. Cada partícula caía como tierra sobre un ataúd invisible.
Y entonces lo miró.
—¿Lo quieres?
Nazario miraba absorto. No dijo “sí”. Solo asintió. Y al tomar el frasco, lo sujetó con ambas manos, como si pesara más que su propia alma.
En ese instante, algo se rompió.
O algo se abrió.
***
La confianza no surgió de inmediato.
Nazario hablaba en susurros, diríase que revelando secretos que no eran suyos.
Isaías lo dejaba hablar, sin interrumpirlo, sin tomar notas visibles.
Solo escuchaba. A veces, asentía levemente.
Y eso bastaba para que Nazario soltara un poco más de sí, como si cada palabra fuera una astilla desprendida de un hueso sagrado.
—La forma de morir cambia la música de la ceniza —le dijo una tarde, sentado al borde de la silla, con las manos cruzadas en el regazo, solemne ante aquella misa íntima—.
No es lo mismo arder después de un infarto que después de una caída.
La piel responde distinto. El alma se escurre de otra forma.
El psiquiatra lo observaba con esa calma clínica suya. Ya no veía a un enfermo. Tampoco a un testigo. Veía un texto antiguo que, después de permanecer siglos en silencio, por fin empezaba a hablar.
El paciente bajó la mirada y continuó:
—Las cenizas no son restos. Son como casas. Residencias. Las almas quedan atrapadas ahí… y están incompletas. Algunas buscan otras para completarse. Como si fueran fragmentos rotos de una misma conciencia.
Hizo una pausa. Luego, con los ojos entornados, como si recitara una oración que llevaba años dentro, murmuró:
—Cuando era niño, y escuchaba las campanas tocando a muerto… yo sentía gozo. Me invadía una alegría serena. Como si por fin algo en el mundo se hubiera equilibrado. No lo entendía. Pero ahora sí.
Y entonces, empezó a hablar de la funeraria.