El Espejo de Los Dementes Capítulo 11 Templos a los que debía rendir culto #2
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Capítulo 11 Templos a los que debía rendir culto #2

Mañana saldría de nuevo.

Buscaría otro.

Uno nuevo.

Uno digno.

Pero no volvería al polígono industrial. No. Aquella última vez estuvo demasiado cerca. Aquellos jóvenes que estacionaron su coche y empezaron a fumar hachís le habían aguado la caza. Y Hugo jamás repetía escenario.

"Pasa desapercibido, Hugo. Siempre."

La voz de su madre. Susurrada desde otra vida.

Cerró los ojos un instante. Inhaló hondo.

Luego, de la puerta abierta del armario, sacó el paquete abultado que asomaba a la vista.

Lo abrió con movimientos mecánicos. De dentro extrajo un pañal de adulto, blanco, abultado, con elásticos que crujieron al desplegarse.

Se lo colocó de forma metódica, mecánica.

Se tumbó sobre la cama y cerró los ojos.

Sabía que seguramente la pesadilla volvería a su mente con la fuerza de un trueno. Un niño que no tiene prohibido hacer de vientre. Y no puede aguantar la presión insoportable en el vientre.

Hasta que explotan sus intestinos.

Una explosión de mierda.

Dolor.

Vergüenza.

La risa de su padre.

En otra pesadilla, su padre usa una grapadora para graparle el prepucio, evitando así que pueda orinar. Luego le tapona el ano con un corcho de vino sobre el que vierte silicona caliente.

Esas imágenes seguían visitándolo. Después de que su madre muriera y su padre quedara postrado, empezaron esas pesadillas. Como si el monstruo, aún débil, aún vivo, siguiera clavando los colmillos desde el pasado.

Y aún ahora, años después, cuando nadie lo miraba, cuando ya no había voz para castigarlo, se orinaba en la cama. Como un perro asustado. Como un niño culpable.

El legado del cabrón.

Afuera, los perros seguían ladrando.

Adentro, Hugo sonrió con los ojos cerrados.

Mañana… sería una noche hermosa.

***

Llevaba casi treinta años trabajando en aquella funeraria.

Era propiedad de su familia y aquel funerario había visto todo tipo de tragedias, de familias rotas por accidentes absurdos o enfermedades lentas.

Aprendió a no conmoverse con facilidad, a separar el dolor del trabajo, a tratar la muerte con respeto, pero sin romanticismo. Hasta que contrató al muchacho.

Nazario Bellvís llegó una tarde lluviosa.

No traía currículum, ni títulos, ni referencias.

Solo una mochila gastada y unos ojos extraños: oscuros, sí, pero no vacíos.

Eran como pozos llenos de ceniza, silenciosos…

pero con algo latiendo al fondo. El funerario necesitaba ayuda.

La mayoría de la gente no soportaba el ambiente más de una semana.

El olor, la frialdad, la mirada sin párpados de los cadáveres…

pocos aguantaban. Pero Nazario no pidió nada. Ni horario. Ni salario. Solo trabajo.

Era taciturno, casi siempre callado, pero prestaba más atención a los muertos que nadie que hubiera conocido. Afirmó haber trabajado en otras funerarias anteriormente, por lo que el oficio no le era ajeno.

Preguntaba cosas que ningún otro empleado preguntaba.

—¿Cómo murió?

—¿Estaba solo?

—¿Cuánto tiempo pasó antes de que lo encontraran?

—¿Crees que tuvo miedo?

Al principio, el funerario creyó que era simple curiosidad mórbida.

Pero no. Nazario se acercaba a los cadáveres con una devoción inusual, como si fueran templos a los que debía rendir culto.

Los limpiaba con una suavidad casi religiosa, les hablaba en voz baja mientras les vestía, les colocaba las manos con una precisión ceremonial.

Y cuando creía que nadie lo veía, se quedaba observándolos durante minutos interminables, como si esperara que le devolvieran la mirada.

Un personaje peculiar, nada más, se decía el funerario.

Aunque debería haber hecho caso a esa incomodidad que empezaba a despertársele cada vez que lo veía cerca de un cadáver.

Como aquel día —lo recordaba bien, grabado con un cincel en su memoria— en que creyó escuchar su voz, tenue y arrastrada, hablando desde la morgue.

Se asomó, intrigado, pero no entró. Desde el umbral, solo escuchaba el murmullo.

Una conversación pausada, casi íntima. Como la de un hijo con su madre dormida.

Pero allí solo estaba el cuerpo de un anciano, muerto hacía dos días.

Y Nazario, al parecer, conversando con él.

El funerario decidió no decir nada. En ese oficio, uno aprende a ignorar ciertas cosas. Mientras hiciera bien su trabajo y no molestara a nadie, podía quedarse. Era difícil encontrar empleados, y él —en su extraña forma— era meticuloso, puntual, incansable.

Hasta aquella mañana.

Ha llegado más temprano de lo habitual. Una confusión con los horarios del velatorio. Entra por la puerta trasera, hambriento por no haber podido desayunar, y al pasar por la sala de preparación nota que la luz está encendida.

Lo primero que piensa es que Nazario se ha adelantado a abrir —él tiene llaves de la funeraria—, pero es demasiado temprano, incluso para él.

Lo segundo… que algo está muy mal.

Abre la puerta de la morgue. Hay un único ataúd en el suelo, donde no debería estar.

La tapa del ataúd está entreabierta.

Y dentro, dos cuerpos.

Uno es el de la señora Morel, muerta la noche anterior de un infarto.

El otro… Nazario.

Con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en su hombro, los brazos cuidadosamente cruzados sobre el pecho, duerme junto al cadáver con la intimidad tranquila de quien ha encontrado, por fin, el lugar al que pertenece.