El Espejo de Los Dementes Capítulo 11 Templos a los que debía rendir culto
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Capítulo 11 Templos a los que debía rendir culto

Bajo la lluvia constante de mayo, las gotas caían pesadamente sobre el cristal de los prismáticos, empañándolo por momentos, pero el doctor Isaías Albuquerque no las notaba.

Su mirada permanecía fija, implacable, como si el mundo entero estuviera suspendido en el espacio vacío entre él y aquella vieja casa que se alzaba al otro lado del campo.

No se protegía de la tormenta. El agua resbalaba por sus sienes, empapando su impecable abrigo de lana, goteando por su mandíbula como si el tiempo lo estuviera borrando lentamente.

No temblaba. No parpadeaba.

La vieja casa se alzaba solitaria, iluminada apenas por la tenue luz anaranjada del sol que se desvanecía. La tormenta hacía que el aire se volviera espeso, húmedo, pero el frío que sentía Isaías parecía venir de otro lugar, de algún rincón profundo de su cuerpo donde la lluvia no podía alcanzarlo.

Dentro, las figuras se movían con ritmo insistente.

A través del cristal empañado, los movimientos en la habitación fueron tomando forma.

En el espejo colgado al lado de la cama, el reflejo era claro: su esposa arqueando el cuello con una expresión que él ya no recordaba haberle visto.

El hombre sobre ella, rostro irrelevante, cuerpo indistinto.

Juntos, reflejados en ese rectángulo manchado de polvo, con las luces tenues temblando como si el espejo respirara.

Débora había sido su alumna, luego su amante, después su esposa. Pero ahora se perdía en los brazos de un desconocido mientras él permanecía bajo la lluvia, observando sin que ellos lo supieran.

No era una visión inesperada. No era el clímax de una sospecha.

Era la lógica conclusión de un proceso irreversible.

No sentía ira, no sentía odio, no sentía absolutamente nada.

Solo el murmullo constante de la lluvia, como un eco lejano, y el reflejo distorsionado de una vida de la que se alejaba a medida que se acercaba a la pureza.

A la verdad escondida detrás de los dibujos de sus pacientes.

Los reproches de Débora regresaron como una ráfaga de viento frío:

“Te estás volviendo uno de ellos, Isaías. Como tus pacientes. Solo que tú lo llamas investigación.”

Él no respondió entonces. Tampoco ahora.

Se quedó ahí, mirando el espejo a través del cristal y el agua. Viendo no solo la traición, sino el final de algo que llevaba años pudriéndose entre los dos. El cuerpo de ella era la última página. Su gemido, el punto final.

La lluvia le caía como un sudario líquido, lavando la superficie de un hombre que, en ese momento, no se sentía traicionado, sino aliviado.

Solo había un problema.

Débora sabía demasiado.

No solo de sus teorías, ni de sus obsesiones con los dibujos de los pacientes, ni de sus monólogos nocturnos sobre los símbolos que se repetían en los delirios. Sabía lo verdaderamente peligroso.

Sabía que Isaías Albuquerque falsificaba informes psiquiátricos con una facilidad escalofriante, que manipulaba diagnósticos y registros clínicos como si fueran piezas de ajedrez.

Que había dejado sin medicación a ciertos internos solo para ver qué surgía de ellos en estado puro, sin filtros químicos, sin barreras cognitivas.

Que permitía delirios inducidos, estados de psicosis controlada, como si se tratara de experimentos de laboratorio.

Y lo más grave: sabía que había sacado pacientes del hospital sin permiso oficial.

A veces los llevaba a sitios aislados. Les hacía preguntas frente a grabadoras escondidas. Les mostraba imágenes, sonidos. Estimulaba sus traumas. Buscaba abrirlos en canal, pero sin bisturí.

No quería curarlos.

Quería saber qué había detrás.

Demasiados secretos en manos de una mujer que cada día significaba menos para él.

Como estudiante de psicología, al principio lo observaba con devoción.

Veía en Isaías Albuquerque a un maestro audaz, alguien que se atrevía a cruzar los límites éticos en nombre de una comprensión más profunda de la mente humana.

Lo admiraba por su inteligencia, por su temple, por la forma en que hablaba de la locura como si fuera un continente aún por cartografiar.

Ella, joven e idealista, confundía su frialdad con valentía, su obsesión con genialidad.

Durante un tiempo, fueron cómplices. Él le compartía sus ideas, sus métodos, incluso algunos de los dibujos más inquietantes que los pacientes trazaban bajo su supervisión. Ella escuchaba, preguntaba, tomaba notas. Era su testigo, su asistente no oficial, su devota silenciosa.

Pero con los años, la fascinación comenzó a torcerse.

A medida que las prácticas del doctor se volvían más oscuras, más intrusivas, más inhumanas, Débora empezó a comprender que no estaba presenciando una revolución científica, sino una caída sostenida en algo mucho más turbio.

Y cuando Isaías dejó de compartir sus estudios con ella, cuando empezó a cerrarle la puerta del despacho y a contestarle con evasivas, ya era tarde.

Hacía tiempo que había empezado a mirarlo distinto. No con miedo. No con desprecio. Sino con distancia. Como quien descubre que el objeto de su adoración ha sido un espejo deformado desde el principio.

Y en esa nueva mirada —seca, tensa, cargada de algo que ya no era amor— Albuquerque sintió por primera vez que Débora se había convertido en otra cosa.

Un testigo peligroso.

Todo ese conocimiento, en su boca, era un arma.

Una muy afilada. Porque había empezado a hablar de divorcio.

Y en un divorcio, ella tendría el poder de destruirlo.

Podría llevarlo ante la junta médica. Entregar documentos, fechas, nombres.

Hablar con los tribunales. Con la prensa.

Podría acabar con su carrera y con cualquier posibilidad de continuar sus investigaciones.

Podría quitárselo todo.

Su archivo.

Sus trabajos.

Sus dibujos.

Su mundo.

Ella no lo había dicho abiertamente, aún. Pero lo insinuaba. Lo dejaba caer en frases casuales, entre silencios cargados. Y lo miraba con esos ojos que antes lo admiraban, y ahora lo evaluaban como se evalúa a un criminal en potencia.

Un divorcio era inminente. Una extinción cuidadosamente legal de su imperio personal.

Y eso no era tolerable.

Isaías no era un hombre impulsivo. No sentía celos ni despecho. Pero esto no era una traición. Era una amenaza existencial.

Y así, bajo la lluvia, mientras observaba el reflejo de su esposa en el espejo —moviéndose sobre otro cuerpo, gimiendo como una mujer que cree que ha ganado—, el psiquiatra lo comprendió con una paz absoluta.

Débora no podía seguir existiendo.

No por falta de amor, ni por rabia; ni siquiera por venganza.

Sino por protocolo.

Una limpieza quirúrgica.

Una extirpación.

Un borrado necesario.

Dio media vuelta y se perdió en la niebla de mayo con la serenidad de un cirujano que ya sabe dónde hará la incisión.

***

El televisor lanzaba destellos mudos en la sala, como un faro borracho que no supiera a dónde mirar.

Cambiaban las imágenes, los colores, las voces, pero Hugo Santacruz no veía nada.

Tenía los ojos abiertos, sí, pero no enfocaban.

Estaba hundido en el sofá como un animal cansado que no sabía si debía dormir o morir.

El aire olía a grasa rancia y abandono. Incluso el olor a cadáver descompuesto que había atufado aquella habitación quería persistir a través de la puerta de su padre, cerrada para siempre.

En la cocina, las moscas zumbaban con desdén sobre una pila de restos que nadie tocaría.

Desde el patio, los ladridos de los perros no cesaban, como si el hambre fuera un eco persistente de todo lo que ya no tenía remedio.

Ya no estaba su padre.

Y sin él, ¿qué sentido tenía la caza?

Era una revelación que le sabía amarga. Toda su fantasía —aquel ritual perfecto en el que mataba a otro hombre y luego, con solemnidad vengativa, restregaba la ropa interior, defecada y orinada, sobre el rostro del viejo—, había perdido su destinatario.

El acto ya no tenía eco. No tenía testigo. Era como gritar en una cueva tapiada.

Se levantó con lentitud, como si cada movimiento fuera un esfuerzo inútil. Caminó hasta su habitación, arrastrando las botas sobre el suelo lleno de polvo y tierra seca. El colchón tenía una mancha oscura que no sabía si era humedad o algo peor. Abrió el armario.

Allí, entre camisas mal planchadas que olían a encierro, estaba la carpeta azul con gomas.

La tomó. Se sentó en el borde de la cama.

Las bisagras del mueble se quejaron con un chillido grave.

La abrió, dejando a la vista recortes de periódico, doblados con precisión quirúrgica.

Algunos amarillentos. Otros recientes. Todos llevaban algo escrito a mano en los márgenes: fechas, ubicaciones, horarios. Rastros.

Tomó el más reciente.

"El asesino de la ropa interior vuelve a atacar.

La policía investiga el extraño ritual de un homicida que desviste a sus víctimas y se lleva sus prendas íntimas.

El cadáver de un hombre mayor fue hallado brutalmente golpeado en las afueras de la feria del vino.

El cuerpo presentaba signos de violencia extrema y fue encontrado parcialmente desnudo.

Las autoridades no descartan la conexión con otros casos similares.

Una fuente anónima afirma que el asesino podría tener un perfil ritualista.

El pueblo, conmocionado, exige justicia. "

Las palabras eran grandilocuentes. El tono, sensacionalista. Pero a Hugo le gustaba. Le provocaba un leve estremecimiento, una nostalgia súbita.

Extrañaba la caza.

Giró la cabeza. En la silla, junto al armario, estaba la mochila.

El martillo seguía dentro.

Y la bolsa de plástico, ahora vacía.

Esperando.

Como él.

Su padre había creído que con su muerte se acababa todo.

Estaba equivocado.

—Tenías que morirte cuando yo te lo dijera. No antes. No así. No sin que te viera cagarte encima de miedo —murmuró Hugo, con los labios apenas moviéndose.

Se puso de pie. Se desvistió. Caminó desnudo hasta el espejo roto junto al ropero. Se miró los ojos. Vacíos. Llenos de sombra.