El Espejo de Los Dementes Capítulo 10 Como un muñeco podrido #3
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Capítulo 10 Como un muñeco podrido #3

—No lo entiendo —dijo él, negando suavemente con la cabeza—. Todo esto para mí es nuevo… confuso. Pero ¿qué ha cambiado para ti?

Irene lo miró en silencio unos segundos. Su expresión era distinta ahora. Más vulnerable… y más decidida.

—La gente no se toma en serio la geomancia…

ni mis teorías sobre el misticismo de ciertos lugares.

He pasado años hablando de nodos de energía, de intersecciones invisibles entre lo físico y lo espiritual, de cómo ciertos espacios respiran como si tuvieran conciencia.

Y me han ignorado. Me han despreciado. Me han llamado loca, farsante, bruja.

He sido la burla de colegas, el chisme fácil en congresos.

Me he acostumbrado a defender mis ideas sola.

A veces... incluso me he preguntado si no estaría equivocada.

Volvió a mirarlo. Sus ojos tenían ahora una luz distinta. No de rabia. De certeza.

—Pero ahora… —inspiró hondo— ahora es distinto.

Se acercó un poco más, como si sus palabras necesitaran menos distancia.

—Porque por primera vez estoy delante de alguien que percibe lo que mi padre pasó años intentando demostrar —dijo con una serenidad cargada de una convicción feroz—.

Alguien que sueña con lugares en los que nunca ha estado, con personas a las que jamás ha conocido.

Si tú puedes sentir lo que él creía que existía, entonces podremos demostrar que no estaba equivocado.

Que todo aquello que investigó, todo aquello por lo que se rieron de él, era real.

Una pausa se abrió como un abismo. Su voz descendió, pero se mantuvo firme.

—Y quiero estar allí cuando te enfrentes a aquello.

***

Tres días.

Eso era lo que llevaba el cuerpo allí. Tirado en el suelo del dormitorio. Boca arriba, los ojos secos. La piel ya no era piel. Era cuero hinchado, viscoso, un tono púrpura y verdoso, como fruta podrida.

Y el olor.

Toda la casa olía a él. Las paredes, las cortinas, los muebles. La podredumbre había penetrado en todo.

La carne muerta hablaba en el aire.

Los perros en la perrera aullaban sin descanso. Llevaban tres días sin comida.

Tres días de hambre, de ansiedad. De ruido.

Hugo Santacruz bajó al sótano. Volvió con un saco sucio, largo, usado para cargar herramientas o pienso. Se adentró en el dormitorio de su padre. Miró el cadáver sin emoción.

—Vamos, viejo —murmuró—. Hora de hacer algo útil.

Lo arrastró sin cuidado. Los huesos crujieron en las articulaciones, como si el cuerpo se resistiera incluso muerto.

Sujetó los tobillos y los dobló con esfuerzo.

La rigidez cedió poco a poco bajo la fuerza de Hugo.

El cuerpo fue entrando en el saco a empujones, encajado a la fuerza, como un objeto mal embalado.

Pero la cabeza había quedado fuera del saco, ladeada, con la boca entreabierta y los labios retraídos en una mueca que ya no significaba nada.

Suspiró.

Apoyó el pie sobre el rostro y empujó. La cabeza cedió poco a poco hasta hundirse en el saco con un sonido sordo. Después, solo tuvo que cerrarlo. Amarró el saco con una cuerda y lo cargó al hombro.

Pesaba.

Pero no tanto como debería.

El olor lo envolvía por completo, espeso, invasivo, como una capa más de piel ajena.

Pero a Hugo no le provocó arcadas. No se le contrajo el estómago.

No frunció el gesto. La podredumbre no lo repelía.

No la reconocía como amenaza ni como aberración.

Para él, aquel hedor no era distinto al polvo, al óxido, a cualquier otro residuo cotidiano.

La muerte, reducida a una molestia logística.

Salió de la casa por la puerta trasera. Cruzó el patio hasta la vieja perrera, un espacio cerrado con rejas oxidadas y un techo bajo de chapa.

Los perros lo vieron venir y se abalanzaron contra las rejas.

Se alzaron sobre las patas traseras. Las uñas arañaban el cemento mientras forcejeaban contra la jaula.

Tenían los ojos enrojecidos.

El hambre era una sombra viva.

Hugo abrió la puerta.

Entró con el saco.

Los perros retrocedieron al principio, desconfiando del olor.

—Tranquilos, tranquilos —dijo Hugo, como si hablara con niños inquietos—. Os he traído algo especial.

Arrastró el saco al centro, desató la cuerda y lo volteó. El cuerpo rodó hacia fuera como un muñeco podrido. Un sonido húmedo llenó el aire. La cabeza golpeó el cemento. Un diente se desprendió.

Los perros se acercaron primero con cautela.

Olfateaban. Hacían círculos.

Pero el hambre era más fuerte que la duda.

Los perros devoran con una ferocidad torpe, gruñendo entre ellos, disputándose restos que ya no tienen forma. Dientes chocando, carne y hueso reducidos a un mismo ruido húmedo. Frenéticos, Devoran con ansiedad ciega, hundiendo los hocicos en algo que ya no puede reconocerse como un cuerpo.

Hugo los observa en silencio, desde fuera de la reja. Los ojos fijos. Los brazos cruzados. Y entonces lo dice, casi en un susurro, como si aún esperara que lo escuchara:

—Ahí tienes, papá. Tus queridos perros. A ellos sí les dejabas cagar donde quisieran. A mí, no.

No dice nada más. Se da la vuelta, cierra la puerta y se aleja.

Detrás de él, los perros siguen masticando su venganza.