El Espejo de Los Dementes Capítulo 10 Como un muñeco podrido #2
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Capítulo 10 Como un muñeco podrido #2

—Sí. Afirmaba oírlos desde que bajaba el sol.

Voces que le hablaban, que lo inspiraban, que le dictaban imágenes para sus cuadros.

Lo obsesionaron. No era un devoto, ni un ocultista.

Era un hombre sensible a lo invisible. Y quiso vivir allí.

Así que construyó el Caserón. No era un palacio ni una mansión ostentosa.

Era una caja acústica. Una especie de pabellón personal para amplificar los susurros.

—¿Y lo consiguió?

—Durante un tiempo. Hasta que los susurros… cambiaron. Dejó de pintar. Empezó a excavar. Mandó abrir pasadizos, cámaras subterráneas, túneles sin salida. Decía que buscaba el origen. Que tenía que "ver lo que habla".

—¿Qué pasó con él?

—Según crónicas de la época, una sirvienta afirmó haberlo visto saltar desde el balcón hacia el acantilado.

—Joder…

Sobrevino un silencio. Darío de repente volvía a tener una sed terrible, pero no quería romper el momento. Ella se agarró el amuleto en un gesto mecánico, miles de veces repetido.

—Como te contaba, mi padre investigó por toda la región —continuó Irene en voz baja—. Y hubo un nombre que se repetía en sus notas. Ismael Rivas.

Una pausa dramática. Una pausa dramática infructuosa. El tiempo se detuvo con una delicadeza cruel, como una respiración suspendida que jamás se completa.

—¿Debería sonarme ese nombre?

Ella lo miró con intensidad. Durante un segundo pareció dudar, como si aquello que iba a decir fuera una cuerda que, una vez tirada, no pudiera volver a enrollarse.

—Te suena, sí. Pero no de esta vida. Lo has visto en sueños —murmuró al fin, mientras abría la carpeta repleta de papeles amarillentos por los años—. Mi padre lo entrevistó. A él y a muchos otros. Pero hubo algo en Ismael que lo perturbó más que cualquier otro testimonio.

Sacó una hoja manchada de café, vieja, manoseada, escrita a máquina de escribir. Leyó en voz baja, como si no quisiera que las paredes escucharan:

—“Sujeto masculino. Sesenta y un años. Alto deterioro mental y cognitivo. Movilidad reducida, en silla de ruedas. Signos severos de deterioro físico: piel apergaminada, estructura ósea frágil, mirada perdida. Vive dentro del núcleo urbano, bajo el cuidado intermitente de familiares directos. No presenta interacción social significativa.”

“Los sobrinos lo trasladan cada mañana al exterior de la vivienda. Lo colocan, sin acompañamiento, en una esquina frente al colegio local. Permanece allí durante horas, observando el patio de recreo. Se ilumina ligeramente al oír las voces infantiles.”

“El sujeto habla, pero de forma fragmentaria, incoherente. Sufre delirios. La mayoría de sus frases son ininteligibles o parecen insertas en una lógica onírica. Sin embargo, repite con insistencia que ya salvó a los niños una vez. Que lo hizo entonces, pero ahora no puede volver a hacerlo debido a su deterioro físico.”

“No recuerda su infancia en términos cronológicos. La estructura de sus memorias está centrada en un único evento traumático que parece haber fijado su desarrollo psíquico: la muerte de su madre y su hermana. Según fuentes locales, cuando Ismael era apenas un niño, su madre se suicidó arrojándose desde un acantilado conocido como el Vientre de los Ahogados —leyó Irene, manteniendo la mirada en el papel—. No lo hizo sola. Arrastró consigo a la hermana menor de Ismael, una niña de pocos años. Algunos testigos de la época hablaron de una mujer que ya mostraba signos evidentes de inestabilidad mental, aunque nunca fue diagnosticada formalmente. Otros creen que fueron los susurros del mar, las voces que emergen de las cuevas bajo el acantilado, las que la impulsaron a saltar.”

“Desde entonces, Ismael ha revivido esa escena en sus pesadillas una y otra vez…”

Darío apretó los labios. Las palabras de Irene se deslizaban dentro de él como agua helada.

—¿Me estás diciendo que… ese hombre también soñaba con la cinta roja?

Los ojos de ella brillaron como faros en la última noche del fin del mundo:

—Mi padre no creía que estuviera soñando.

Creía que lo revivía. Cada noche. Ese recuerdo se volvió un pozo sin fondo en su mente.

Y lo que es peor… empezó a proyectarlo. Como una señal.

Una frecuencia invisible que otros, los sensibles, podían captar.

Laredo la captó cuando estuvo en el Caserón. Y tú también.

El mundo pareció inclinarse un poco en torno al escritor. Tragó saliva. La sed se hizo crónica en las arenas de su garganta.

—El niño de tus pesadillas, Darío… el que aparece en tus cuadernos, el que se repite en Los Cantos de las Corrientes… existió.

Ella abrió otra carpeta. Esta vez era más reciente.

—Esta mañana llamé al ayuntamiento de Alba Marina. Me hice pasar por alguien. No te diré quién, así no te hago cómplice de una usurpación de identidad.

Lo miró con una media sonrisa, un leve destello de triunfo. El colgante pareció brillar en ese instante.

—Ismael Rivas sigue vivo. Tiene 86 años. Y aún vive en la misma casa. La misma esquina. Frente al colegio.

Ahora sí, Darío no pidió permiso y se levantó hacia la cocina a llenar su vaso con agua.

Dos veces.

Tres veces.

Luego cerró los ojos. Respiró profundamente mientras trataba de colocar piezas de un puzle a todas luces imposible. Aquello había trascendido el mundo de los sueños y ya estaba allí, en el mundo real.

—Creo que he multiplicado tus razones para visitar aquel lugar —añadió ella dándole un sorbo a su infusión—. Y las mías.

Una ambulancia sonó a lo lejos como si fuera un lobo desolado mientras Darío salía de la cocina y volvía al salón.

—¿Las tuyas?

—Sí, porque voy a acompañarte a Alba Marina y a ese caserón.

El escritor volvió a sentarse, un poco más dueño de sí.