Capítulo 10 Como un muñeco podrido
La estación era un recinto pulcro, geométrico, casi quirúrgico.
Paneles de vidrio. Anuncios mudos en pantallas LED.
Todo brillaba con una precisión impersonal.
Darío subió al tren sin prisa, sin dramatismo, dejando su pequeña maleta de mano cuidadosamente a un lado.
El asiento era frío y firme, ajeno a cualquier consuelo.
Apoyó la frente contra el cristal, sintiendo el leve cosquilleo de la vibración mecánica que comenzaba a latir en la estructura del vagón.
El tren todavía no se movía. Pero algo en el aire ya lo anunciaba: ese zumbido eléctrico, apenas perceptible, que comenzaba a recorrer la estructura. Ningún anuncio, ninguna voz. Solo el presagio de un viaje largo, inevitable.
Entonces, el móvil vibró.
IRENE DALMAU.
Contestó al instante, con una extraña certeza en el estómago.
—Necesito que vengas a mi casa. Ahora mismo.
Su voz sonaba distinta. No ansiosa ni frágil, sino cargada. Como si llevara toda la noche conteniéndose.
—¿Ha pasado algo?
—He estado pensando desde que te fuiste. Toda la noche. He recordado algo y he estado investigando. Y creo que hay algo que tienes que ver. Antes de ir.
Un silencio.
El escritor tragó saliva. Sus dedos se cerraron alrededor del meñique incompleto, intentando atrapar aquello que no existía.
—¿Antes de ir... a dónde?
—Al Caserón. Al nodo. A lo que puede ser la respuesta a tus tormentos.
—¿Cómo lo sabes?
—No lo sé. Lo deduje por cómo hablabas. Cuando me preguntaste dónde estaba ese sitio. Por el tono. Y porque parece que estás marcado. Igual que Germán Laredo.
Darío empezó a sentirse acorralado ante una decisión inminente. Casi podía sentir la cuenta atrás de un tictac implacable cuyo botón debía pulsar rápido para continuar la partida.
Pero la vibración del tren comenzaba a crecer bajo sus pies.
—Irene… estoy en el tren.
—Créeme, no te llamaría si no creyera que esto es realmente importante.
No suplicaba. Su voz sonaba con una seguridad nueva. El escritor cerró los ojos. Respiró hondo.
¿Qué podía haber descubierto para obligarlo a detenerse justo ahora?
¿Qué podía haber al otro lado de esa voz, tan cargada de certeza, que lo hiciera detenerse?
El tren seguía detenido. Pero no por mucho. Darío tenía la mirada clavada en el reflejo de la ventanilla, más que en el paisaje tras el cristal. Veía su rostro ojeroso distorsionado por la curva del vidrio, un rostro que ya no sabía si era suyo o solo el de alguien que fingía ser él.
La bocina del tren sonó, metálica, distante.
Era ahora o nunca.
Sintió un tirón en el estómago, una punzada que bien podría haber sido ansiedad… o intuición. Apretó los ojos un instante. El cuerpo sabe cosas que la mente aún no puede decir en voz alta.
La luz de la puerta parpadeó, preparándose para cerrar.
Y entonces se levantó.
Con movimientos torpes, urgentes, atravesó el pasillo entre los asientos vacíos. Una mujer lo miró con fastidio al pasar, pero no importó. Estaba solo en su impulso, como si todo el vagón hubiera quedado atrapado en una pausa de respiración colectiva.
Extendió la mano. El botón rojo de apertura brillaba, solitario. Titubeó una fracción de segundo antes de pulsar.
La puerta se abrió con un susurro hidráulico, casi como si lo invitara a escapar. Y entonces salió. El tren se cerró a sus espaldas con un chasquido seco. Un segundo después, comenzó a moverse.
Sin él.
***
El edificio no tenía timbre. Solo una placa oxidada junto a la puerta de madera, con letras grabadas a mano: "Irene Dalmau – Geomante".
Darío exhaló con resignación. Llevaba la misma chaqueta americana del día anterior.
No había previsto pasar más de una noche en la ciudad, por lo que no tenía más que una muda de ropa.
Olía a taberna cerrada, a sudor seco y remordimiento.
La noche antes había salido a dar un paseo, para acabar borracho, en silencio, apoyado en una barra de bar con la única compañía de sus dudas.
Pero ahí estaba. Subió al primer piso por las escaleras, más por impaciencia que por hacer algo de ejercicio. Golpeó suavemente la puerta. La madera respondió con un eco hueco. Unos pasos arrastrados al otro lado. Un clic metálico. Y la puerta se abrió.
—Hola...
—Pasa. No muerdo —respondió ella con una media sonrisa, de esas que no muestran los dientes, pero sí algo más profundo.
El estudio era un santuario caótico de saber oculto.
Cada centímetro de la habitación estaba invadido por mapas con tinta desvaída, estanterías rebosantes de grimorios, códices, libros de márgenes devorados por la humedad.
Cuerdas, péndulos, piedras grabadas, plumas antiguas.
Montañas de libros apilados, litografías, cartas topográficas.
No había un solo espacio libre. Todo vibraba con una energía detenida, como si el aire mismo temiera hacer ruido.
No había orden aparente. No había espacio vacío. Solo el caos meticuloso de una mente que buscaba patrones donde otros solo veían locura.
Se sentaron. Ella sobre un banco cubierto de telas bordadas con símbolos que Darío no reconocía.
Él en una silla que parecía robada de una iglesia antigua.
Ella vestía como siempre: sin intención.
Pantalones de lino gris, un suéter demasiado grande, el cabello recogido en un moño deshecho.
Sin embargo, seguía pareciéndole enigmática.
No parecía hacer el menor esfuerzo por resultar atractiva.
Quizá por eso lo era. Como un mapa sin leyenda.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Irene señalando una pequeña cocina encerrada en un cubículo.
—¿Qué tienes?
—Infusiones. Muchas.
—Agua estará bien —dijo él. En su cabeza todavía zumbaban las secuelas del ron de la noche anterior.
Un mareo sordo, una sequedad rasposa en la boca.
Había entrado en una taberna tras el paseo, buscando liberar presión, y terminó bebiendo demasiado.
Por suerte, no habló con nadie de sus fantasmas internos: es de esos que viven sus borracheras en silencio, que saben que cada uno es el único responsable de bajar a sus propios infiernos.
Y ahora el mundo tenía bordes difusos. Y esa mujer en su entorno desbordado no ayudaba a estabilizarlo.
Irene le trajo un vaso de vidrio con agua, sin hielo.
—¿Qué era eso tan importante? —preguntó Darío, directo, tras liquidar la bebida de un trago.
Ella no respondió de inmediato. Se inclinó hacia una estantería, retiró un archivador con el lomo roto y lo dejó sobre la mesa entre ellos.
Luego extrajo un pequeño cuaderno de notas, ya sin tapa.
El péndulo de cobre que llevaba al cuello se balanceó apenas mientras ella hojeaba las páginas.
Parecía vibrar con cada palabra que pronunciaba, como si tuviera vida propia.
—Mi padre, Esteban Dalmau, era investigador.
Geólogo, geomante, parapsicólogo, teólogo…
elige la que quieras. Decían que era excéntrico.
Uno de sus trabajos fue el Caserón de los Susurros y su entorno.
La obra de Germán Laredo lo inspiró para investigar aquella zona.
Se instaló en esta región durante meses.
Viajó a los pueblos cercanos, habló con ancianos, buscó registros.
El pueblo que más le impresionó fue Alba Marina, a pocos kilómetros del caserón y del acantilado. Allí encontró algo… distinto.
—¿Tu padre investigó el Caserón? —preguntó Darío, con una mezcla de sorpresa y reproche—. ¿Y por qué no me lo dijiste ayer?
Irene guardó silencio un instante. Sus ojos espesos como la miel, sobre las manchas de su cara, lo miraban mientras parecía buscar las palabras adecuadas. El péndulo de cobre sobre su pecho se balanceaba levemente, como si marcara el peso de lo no dicho.
—Porque ayer no te conocía —respondió sin dramatismo, pero con una sinceridad que lo desarmó—. No sabía si ibas a ser otro charlatán, otro cínico, o simplemente un curioso más.
Entonces abrió una hoja arrugada, escrita con letra apretada.
—Le hablaron de un culto. Antiguo. Olvidado por casi todos.
Los Hijos de las Corrientes. Según la gente del lugar, surgieron entre pescadores, generaciones atrás.
Creían que las corrientes bajo el acantilado no eran naturales, sino un canal hacia algo más.
Algo primigenio. Decían que los ahogados no morían, sino que quedaban atrapados entre los mundos.
Según las leyendas que mi padre recopiló, incluso los náufragos y ahogados a cientos de kilómetros terminaban allí.
Como si el mar… los trajera. Como si algo los reclamara.
Darío asintió en silencio, sintiendo que el aire parecía haber envejecido dentro de aquellas paredes.
—¿Los arrastraba?
—Sí. Cuerpos que desaparecían en costas lejanas y que, según el mito, no flotaban a la deriva, sino que eran absorbidos por las corrientes profundas, las que no se registran en ningún mapa, hasta llegar al "vientre" bajo el acantilado.
—¿Y de ahí vienen los susurros?
—Exacto. Cuando la marea sube, las cuevas se llenan, y esa agua entrando y saliendo en su interior provoca un sonido fascinante, parecido a susurros.
Mi padre los grabó una vez. Horas de cinta con lo que parecían corrientes internas golpeando las profundidades de una caverna…
pero… había algo más. Algo indescriptible.
Como si fueran voces que no hablaban ningún idioma reconocible. Voces que lloraban.
Darío sintió que el agua que acababa de beber se volvía más espesa en su garganta.
—¿Y el Caserón? —preguntó.
Irene alzó un retrato desvaído, impreso en papel de archivo. Mostraba a un hombre de rostro alargado, barba recortada, ropas de otro siglo y mirada extraviada.
—Este era Eugenio Ariza Laredo. Artista. Pintor. Un noble menor de Zaragoza, venido a menos. Viajó por toda la península y recaló aquí, en Alba Marina, a finales del siglo XIX. Dijo que se enamoró del acantilado. Pero no del mar. De los sonidos.
—¿Los susurros?