El Espejo de Los Dementes Capítulo 9 Salpicando la oscuridad como cuchillos #2
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Capítulo 9 Salpicando la oscuridad como cuchillos #2

Los perros en la perrera seguían aullando. Rasgaban el aire con sus gritos, salpicando la oscuridad como cuchillos. Hugo no los miró. No les habló. Caminó recto hacia la casa, cruzó el porche, abrió la puerta sin hacer ruido y entró.

Dentro, todo olía a encierro. A madera vieja, a humedad, a sudor rancio y a polvo.

La cocina estaba exactamente igual que cuando se fue, sucia, desordenada, descuidada.

Dejó la mochila sobre la mesa, sin ceremonia, como quien deja el abrigo.

Abrió el frigorífico, sacó un plato de comida precocinada envuelto en film plástico. Lo metió en el microondas.

Dos minutos de espera en silencio hasta que el pitido sonó. Retiró el plato procurando no quemarse. Quitó el plástico con una calma meticulosa. El vapor subió como un suspiro estéril.

Comió de pie, frente al fregadero, sin cubiertos, con las manos. Bocados torpes, silenciosos. Como si no comiera para alimentarse, sino para rellenar un hueco. Uno de muchos. Cuando terminó, dejó el plato sobre la encimera, sin fregar.

Caminó hacia el cuarto de baño cuando, en algún sitio, un pequeño resorte se activó dentro de él.

El aire estaba quieto.

Demasiado.

Una sensación de algo… fuera de sitio.

Entonces giró sobre sí mismo y se dirigió hacia el dormitorio del viejo. El pasillo era largo, siniestro en su mutismo. El suelo crujía bajo sus botas, un crujido que parecía más fuerte de lo habitual.

La puerta estaba entornada. No encajada del todo.

Como una boca a punto de hablar.

No llamó. Jamás lo hacía. Jamás volvería a llamar.

La empujó con los nudillos y entró.

Lo supo antes de ver el cuerpo.

Por el olor.

No a excremento, no a sangre. Sino a productos químicos. A algo que había sido hervido, disuelto, mezclado con torpeza.

El viejo yacía sobre la cama, recostado de lado, en una postura antinatural, como si hubiera intentado girarse en el último instante y el cuerpo ya no le hubiera obedecido.

Sus ojos estaban cerrados con una serenidad falsa.

Los labios manchados con una baba marrón, espesa, que se había secado en la comisura.

El cuerpo entero desprendía un aire de rigidez artificial, no la quietud limpia del descanso, sino una dureza forzada, como si la muerte hubiera sido lenta. Lenta y dolorosa.

Sobre la mesilla, los objetos se ordenaban solos, con la lógica cruel de lo inevitable: una taza de metal, un frasco de insecticida abierto, unas pastillas molidas, un embudo sucio. Un atrezo siniestro que indicaba muerte. Todo estaba allí, como un mapa de una decisión desesperada.

Hugo imaginó al viejo recorriendo la casa a rastras. Deteniéndose a respirar. Recogiendo uno a uno los elementos necesarios. Improvisando el veneno con desesperación y torpeza. Sin técnica, pero con determinación.

Pero había funcionado.

Hugo no se acercó de inmediato. Estaba desubicado, con la sensación de haber entrado en una dimensión completamente nueva. Alguien como él, acostumbrado a tenerlo todo controlado, se encontraba sin respuesta, como un advenedizo de la realidad.

Había una carta, al pie de la cama, abierta, con toda la intención posible de ser encontrada. La caligrafía era torpe, temblorosa. Tinta azul, manchas de sudor, el eco de una despedida desesperada.

“Ya no tienes que seguir matando.”

Eso era todo.

Una frase.

Sin firma.

Sin explicación.

Sin disculpas.

Solo eso.

Hugo la leyó una vez. Dos. Tres.

El aire era barro invisible entrando en los pulmones. El suelo más blando. Como si la casa se inclinara, como si todo el universo se encogiera hasta esa frase absurda.

¿Ya no tienes que seguir matando?

¿Era una orden?

¿Un perdón?

¿Una venganza?

Hugo sintió algo extraño nacer en el centro de su estómago. Como brasas sepultadas que empezaban a prender. Primero escupió sobre el papel, con desprecio, antes de arrugarlo con fuerza, apretándolo hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Luego lo lanzó al suelo con un gruñido seco, inhumano.

Las brasas ya eran fuego.

Su pecho subía y bajaba con violencia.

La rabia era un animal sin collar.

Sin cadena.

Sin dirección.

Con un solo movimiento brutal, volcó la mesita de noche. La lámpara cayó, estallando en pedazos. Los objetos rodaron como si escaparan de él. Rugío desbocado a todo lo que daban sus pulmones.

Luego empujó el cuerpo. El cadáver inerte de su padre cayó al suelo con un golpe sordo. Un cadáver envejecido, apocado, de carne flácida y huesos mal puestos, sin dignidad.

—¡No! —bramó Hugo, con la voz rota, un rugido que era grito y vómito y sollozo contenido—. ¡No así! ¡NO ASÍ!

Se arrodilló junto al cuerpo, lo miró con los ojos enrojecidos, desencajado.

—¡Esto no te lo permito! —bramó de cólera. Un hilo de baba se deslizaba desde su boca desencajada de la furia—. ¡TÚ no decides cuándo acaba!

Le dio una patada al costado del cadáver, pero el cuerpo ni se movió. No reaccionó. No respondió. Y ya jamás lo haría. Su padre había huido y Hugo ya no podría alcanzarlo.

Y eso lo hizo más odioso.

—¿Crees que con esto se acabó? ¿Eh? ¿Crees que me dejaste sin nada? ¡Maldito cobarde! ¡Ni siquiera tu muerte sirve!

Apretó los dientes. Su cuerpo temblaba. Se levantó. Pataleó la pared. Cerró el puño. Golpeó el marco de la puerta. Pero la rabia no encontraba antídoto.

No encontraba carne viva.

Y eso era como estar atrapado dentro de un grito.

Respiraba con dificultad. Sudaba. Las venas marcadas en las sienes. Una leve sensación de mareo, de lejanía, como si estuviera contemplándose desde fuera.

Y de pronto… se queda quieto.

Inmóvil.

Mira tan fijo al cadáver como si quisiera fundirlo con los ojos. Siente algo peor que el odio: el vacío. El viejo se ha quitado del mapa. Sin permiso.

Y le ha robado su motivo.

Hugo baja la vista. El papel arrugado sigue en el suelo. Lo recoge. Esta vez no lo rompe. Se limita a sostenerlo entre los dedos mientras su respiración recupera, poco a poco, un ritmo normal.

Ya no tienes que seguir matando.

Lee otra vez aquellas palabras.

Y algo cambia.

Retoma el camino hacia sí mismo. La tensión desaparece de sus hombros. Los músculos de la mandíbula se relajan. Incluso el temblor de las manos termina por apagarse.

No, esto no se quedará así.

Y entonces murmura, en voz baja, mientras mira el cadáver, con una calma nacida del veneno más puro:

—¿Que no tengo que seguir matando? ¿Eso crees?

Ahora una sonrisa, apenas una mueca desfigurada en una cara que jamás ha sonreído con naturalidad.

—Pues sí que tengo.

La sonrisa se ensancha apenas.

—En tu honor, Papá.