Capítulo 9 Salpicando la oscuridad como cuchillos
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
La voz de Hugo se deslizó en la oscuridad como una cuchilla envuelta en terciopelo.
Baja. Clara.
Como un ofrecimiento.
Como una sentencia.
Estaba agachado tras una vieja furgoneta de reparto, estacionada junto al bordillo resquebrajado de una calle sin nombre. Su cuerpo apenas se diferenciaba de la sombra. Solo la brasa de sus ojos, fija en la entrada de la tienda, latía con propósito.
El polígono industrial tenía, a esas horas, la quietud de un cementerio.
Todo cerrado. Todo muerto. Las naves parecían mausoleos de metal, con rótulos descoloridos que colgaban como epitafios.
Ventanas rotas cubiertas con madera húmeda, grafitis apagados por la lluvia y el tiempo.
A lo lejos, una farola parpadeaba como si dudara de sí misma.
Y el aire… El aire no traía nada. Ni música.
Ni voces. Solo el zumbido de su propia respiración.
Durante una semana había observado al hombre.
Turnos de vigilancia desde diferentes esquinas. A veces desde su coche, otras caminando con una bolsa de herramientas fingida. Otras simplemente sentado en la acera, con el cuerpo encorvado y una gorra baja.
Cambiar el punto de vista. No repetir patrones. No ser rastreable.
Eso también lo había aprendido.
El dueño de la tienda —una ferretería enclavada entre dos hangares muertos— era el objetivo perfecto.
Sesenta, sesenta y cinco años quizás. Camisa de franela, manos gruesas, andar lento.
Siempre solo. Siempre cerrando tarde. Pasadas las diez, cuando el polígono ya no respiraba, cuando el mundo había abandonado aquel lugar.
El perfil ideal.
La edad de su padre.
La edad del castigo.
El símbolo viviente de todo lo que debía extinguirse.
Hugo aguardaba. La capucha sobre la cabeza.
La mochila junto a sus pies. Dentro, el martillo.
Y la bolsa. El aire le lamía el rostro con indiferencia.
Sus dedos tensos contra el asfalto, anclándolo al instante.
Estaba listo, una vez más. Una noche perfecta para descorrer el cerrojo y liberar a la bestia.
Y entonces, llegó el ruido.
Un chirrido repentino de neumáticos sobre grava.
Luces bajas. Un coche pequeño, sucio, se detuvo a escasos metros.
Hugo contuvo el aliento. Aparcó en aquella calle secundaria y sin salida del polígono.
La maniobra de estacionamiento fue brusca e imprecisa.
De dentro del vehículo se escuchaba música y risas de chavales.
Hugo se agazapó, temiendo ser visto. Aquellos imbéciles podían ver toda la calle.
—Mierda… —murmuró apenas en un susurro de rabia y decepción.
El humo de marihuana no tardó en perfumar el aire. Dulzón, agrio. Ahora el coche parecía un acuario sucio lleno de humo, ruido y sombras.
Hugo apretó los dientes, impotente.
No podían verlo. No debían.
Observó el reloj en su muñeca. Las 22:42 h.
La puerta de la ferretería se abrió. El hombre salió con una bolsa en la mano, apagando las luces a su paso. Echó un vistazo fugaz hacia el coche de los chicos. Vaciló. No vio a Hugo, agazapado tras la furgoneta.
Y se fue.
Así de simple. Entró en su vehículo, cerró la puerta y arrancó. Un vehículo pequeño, modesto y ruidoso que se desvaneció en la noche.
Hugo apretaba los puños contra sí mismo, pero no se movió. Solo se quedó allí, observando, esperando.
Hoy, nadie quiere ser asesinado.
Apretó los párpados. La voz de su madre regresó, como una corriente helada que subía desde la médula:
“Pasa desapercibido… hijo.”
Así que permaneció oculto. Una hora entera, inmóvil tras la furgoneta. Sin moverse un milímetro mientras escuchaba a los chicos reír, aullar, fumar.
Idiotas que ignoraban que estaban estorbando un sacrificio.
Cuando por fin se fueron, solo quedó el zumbido enfermo de las farolas. Hugo se incorporó. Se sacudió la ropa. Cogió la mochila. Caminó entre las sombras, como quien se disuelve. El viento arrastraba papeles viejos y polvo de maquinaria.
Nadie lo había visto. Al menos, la noche solo había sido un fracaso. Bajamares del destino, simplemente. Una mala tirada de dados en el tapete que decide los rumbos vitales de las personas.
No todos los días se mata.
No todos los días alguien acepta la invitación.
Pero él seguiría preguntando.
Hasta que nuevamente alguien, sin saberlo, dijera que sí.
***
El espejo del hostal era demasiado pequeño para devolverle el cuerpo entero, pero suficiente para que Darío se enfrentara a sí mismo. El agua de la ducha aún le resbalaba por la clavícula. El vaho empezaba a empañar los bordes del cristal, como si el propio cuarto intentara desdibujarlo.
Permaneció así un largo rato, sin moverse, con los dedos todavía húmedos apoyados en el lavabo. No pensaba en Irene. No del todo. Pensaba en su voz. En cómo se había colado por una rendija bajo su piel y ahora hablaba desde dentro.
“Los dementes eran los más capaces.”
Esa frase lo había perseguido todo el día. Como un dedo acusador. Como un espejo invertido.
¿Y si era verdad?
¿Y si todo lo que lo había atormentado desde niño —las pesadillas recurrentes, los olores imposibles, la necesidad enfermiza de encerrarse en una habitación vacía para sentirse real— no eran síntomas… sino señales?
Recordó una vez, siendo adolescente, despertando en medio de la noche con olor a sangre oxidada en la nariz.
No había sangre. Pero el olor lo acompañó durante horas.
Como si algo hubiese sangrado en otro plano, y él lo hubiese olido antes de que ocurriera.
Los médicos lo llamaban “fantosmia”, como si al ponerle nombre a algo pudieran comprenderlo, controlarlo. Normalizarlo.
Luego vinieron las pesadillas. Ahora dudaba que hubieran sido simples sueños. ¿Y si eran ciertamente derrames de otra conciencia? Recuerdos que no le pertenecían. Imágenes que se repetían con una precisión enfermiza.
Y el escondite. Siempre ese cuarto sin ventanas.
El único lugar donde podía sentir que los bordes del mundo no se deshilachaban.
Una vez, un psicólogo llamó a eso conducta de evitación disociativa.
No le gustó a Darío, que visitó a otro. El segundo fue mucho más severo.
Insinuó una forma leve de síndrome de Alicia en el País de la Maravillas: percepción alterada de la escala, de los límites físicos. Realidad deformada por la ansiedad.
¿Y si no era ansiedad?
Pensó en Germán Laredo. ¿Estaba loco? ¿Lo diagnosticaron alguna vez? ¿Y si lo que llamaron psicosis no fue otra cosa que la mente cediendo ante una verdad más grande?
¿Y yo? —ancló el pensamiento—. ¿Estoy loco?
¿Qué diría un médico?
Probablemente hablaría de una psicosis incipiente, de sugestión autoconstruida, de disonancia cognitiva agravada por el insomnio y la obsesión literaria. Le recetarían ansiolíticos, terapia conductual, meditación guiada... Cambios de rutina, de hábitos, de existencia.
Nunca había dudado de su cordura. Y comprendió entonces que nadie duda de su cordura de golpe.
La locura no irrumpe; se infiltra. Se acepta poco a poco.
Se negocia cuando no tienes más remedio que aceptar la oferta.
Nadie duda de su cordura, simplemente va aceptando, poco a poco, nuevas contorsiones de la mente, versiones de la realidad, atajos con la consistencia de un castillo de naipes, ratoneras de salida para sus pensamientos.
Va aceptando, una a una, piedrecitas de anormalidad hasta que descubre que ha construido un muro que lo separa del mundo.
Bufó con desprecio al espejo, ridiculizando esos pensamientos.
¿Qué es la cordura sino la sumisión a las normas sociales que otros han establecido?
Lo único cierto es que había cruzado un umbral que no entendía, pero que reconocía. Como un lenguaje olvidado que el cuerpo aún sabía pronunciar.
“No es un don. Es una grieta.”
Esa frase se repetía como una respiración subterránea. Una grieta. ¿Y si la suya ya estaba abierta desde siempre? ¿Y si lo que llamaba destino no era más que una línea de fractura que por fin había comenzado a sonar?
Se vistió de forma mecánica, sin prestar atención a lo que hacía. Necesitaba pasear, respirar todo el aire del mundo. Pantalones cómodos, camiseta gris y su americana.
No sabría decir el instante exacto, como no siempre son reconocibles las bisagras que nos cierran una vida para abrirnos otra, pero en algún momento había tomado una decisión.
Seguiría los pasos de Germán Laredo.
Y eso significaba que iba a ver el Caserón de los Susurros con sus propios ojos. Iba a escuchar, a enfrentarse a eso que no duerme, a ver si ciertamente existen lugares que poseen el poder de interaccionar con ciertas personas.
Iba a comprobar si aquello era un punto de activación. Un lugar donde las antenas internas —esas grietas dormidas en ciertas mentes— despiertan sin permiso. Como si el aire, la piedra y el agua se alinearan para sintonizar una frecuencia que solo algunos pueden oír.
Necesitaba comprobar si una vez allí, sentiría algo.
Si su antena estaba ya encendida.
O si ese lugar —como temía— era el que la encendería para siempre.
***
Los perros aullaban. Aullaban como se aúlla cuando el tiempo se ha detenido y nadie escucha. Tenían hambre. No comían desde ayer. El vacío les tensaba el cuerpo, les afinaba la voz hasta convertirla en un canto torcido, antiguo.
Desde el borde del camino de tierra, antes siquiera de que el coche se detuviera, el eco de sus voces llenaba la noche con un lamento salvaje. No era un saludo. Era una súplica.
Hugo Santacruz aparcó frente a la vieja casa de campo, su casa, su prisión, su santuario. El motor murió con un estertor final y el silencio del campo se apretó como una mano alrededor del corazón de la noche. Solo los aullidos persistían.
Abrió la puerta y bajó del vehículo. Cerró con calma y se dirigió a la vivienda. La mochila colgaba de su hombro, pesada como siempre. Dentro, el martillo. Y una bolsa vacía.