Capítulo 8 La frontera porosa entre la vigilia y el abismo #4
La palabra se hundió en el silencio, dejando ondas lentas que nadie supo cómo detener. Darío ladeó la cabeza, intrigado.
—¿Zahoríes? ¿Lo de encontrar agua con varillas?
Ella asintió, con una leve sonrisa.
—Eso es solo la parte más superficial. Lo más llamativo, lo que los escépticos ridiculizan.
Pero el principio es real. Hay personas que, por razones que aún no se comprenden del todo, pueden detectar ciertas vibraciones en el entorno.
Ondas. Corrientes subterráneas. No solo agua: también minerales, campos magnéticos… energía en general.
Volvió a tomar un sorbo de la infusión antes de seguir. Él se palpaba el muñón como hipnotizado.
—A mi padre le bastaba estar descalzo sobre la tierra para saber si había algo enterrado.
Yo lo sentía como un cosquilleo detrás de los ojos.
Una presión. Algo que se movía sin moverse.
La primera vez que lo experimenté tenía ocho años y supe que había algo "vivo" bajo un campo que parecía completamente inerte.
Cavamos. Encontramos una veta de hierro oxidado que generaba un campo residual.
—¿Y eso qué tiene que ver con… lo mío? —preguntó Darío, con voz ronca.
—Mucho. Porque esa sensibilidad no se limita a lo físico. Hay quienes perciben emociones residuales en objetos. Otros, lugares que los desequilibran solo con estar presentes. Algunos sienten cuando una persona va a morir. Y otros… como tú… sueñan con lo que no les pertenece.
El escritor no dijo nada. Solo respiraba más lento. Parecía que sus costillas tuvieran miedo de expandirse.
—Durante años —dijo Irene, con la voz más baja, como si compartiera algo que no debía decirse en voz alta—, grupos dispersos de científicos han estudiado cerebros con este tipo de respuestas.
No es algo oficial, claro. Son laboratorios periféricos, proyectos olvidados en universidades que ya no existen o departamentos de neurociencia con más curiosidad que presupuesto.
Pero todos llegaron a lo mismo: hay pequeñas zonas del cerebro, latentes, que en ciertas personas se activan en condiciones muy específicas.
Hizo una pausa y lo miró con intensidad.
—Y casi siempre, esas condiciones están ligadas al sueño. A estados alterados de conciencia. A la frontera ambigua entre la vigilia y el abismo.
Darío frunció el ceño.
—¿Como… sueños lúcidos?
—Más profundo. Más desordenado. No son sueños que uno controla, sino sueños que lo controlan a uno.
En los encefalogramas, esas zonas cerebrales no deberían emitir actividad.
Y sin embargo… brillan. Se encienden como faros.
Los neurólogos lo llaman “actividad cortical residual”.
Zonas sin función aparente que, en ciertos sueños, laten como si fueran el epicentro de algo que no está del todo en el cuerpo.
—¿Y qué creen que son? —preguntó Darío.
—No lo saben. Pero algunos los llaman “la antena dormida”.
—¿Antena? —repitió él, arrastrando la palabra.
—Sí. Como si ciertas personas —por genética, trauma o exposición prolongada a entornos cargados— desarrollaran una capacidad sensorial que la mayoría no tiene.
No es magia. No es un don. Es una sintonía.
Un oído que capta lo que nadie más escucha.
Un canal abierto. Pero para que ese canal funcione… algo tiene que estar roto.
Sus dedos giraban la taza de infusión con una lentitud que parecía deliberada, como si cada vuelta acomodara una pieza de su pensamiento.
—Mi padre decía que esas personas no están bendecidas. Están vulneradas. Que algo en ellas se quebró en la dirección precisa. Y que por esa grieta emana lo paranormal.
El péndulo de cobre osciló de nuevo. Pero esta vez, más lento. Daba la impresión de que marcara una cuenta regresiva.
—Uno de los estudios más polémicos se hizo en un hospital psiquiátrico del norte de Europa, en los años ochenta.
Los investigadores querían probar si la "antena" podía rastrearse en estados extremos.
Sometieron a pacientes con distintos niveles de deterioro cognitivo y trastornos disociativos a monitores de sueño profundo.
Bajó la voz, casi en un susurro.
—Los resultados fueron… espeluznantes.
Darío se tensó.
—¿Qué encontraron?
—Que algunos pacientes, los más desconectados de la realidad común, mostraban picos extraordinarios de esa actividad.
Parecería que la antena solo pudiera activarse cuando el resto del aparato mental…
se apaga. O se rompe. Como si para recibir…
primero hubiera que vaciarse. Algunos cerebros, sin lenguaje, sin juicio, sin freno…
eran como receptores abiertos de par en par. Captaban cosas. Y las devolvían.
Se inclinó ligeramente hacia él.
—La conclusión fue devastadora: los dementes eran los más capaces. No por su locura, sino por su silencio interno. Porque no había barreras. No había filtros. Solo la antena… y el ruido del universo.
El péndulo oscila una vez más. Irene lo mira con gravedad. No hay emoción en su voz. Solo certeza.
—Y recuerda esto, Darío: las antenas no solo sirven para captar. También sirven para emitir…