El Espejo de Los Dementes Capítulo 8 La frontera porosa entre la vigilia y el abismo #3
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Capítulo 8 La frontera porosa entre la vigilia y el abismo #3

—El Caserón de los Susurros fue construido hace cerca de dos siglos, por un aristócrata que buscaba "inspiración oceánica", según dejó escrito. Pero lo que encontró… fue otra cosa.

»Está edificado directamente sobre la roca viva del acantilado. No sobre cimientos convencionales, sino sobre una red de cuevas submarinas. Cavidades naturales que serpentean bajo la superficie como venas abiertas. Esas cuevas —explicó— se comunican con el Vientre de los Ahogados. Son su garganta.

Hizo una pausa breve, para dejar que las palabras calaran.

—Y cuando el mar entra… sus sonidos suben. Se cuelan por fisuras en las paredes del sótano, por ranuras antiguas en la piedra. No son solo ruidos de agua: son ecos deformados, como si algo más viajara con la corriente.

»Aquel lugar —continuó Irene— respira. No con aire, sino con humedad, con sal, con voces que no deberían tener garganta. Por eso lo llamaron así: el Caserón de los Susurros. Porque, por las noches, se oye claramente cómo la casa murmura. Y lo hace desde abajo.

Sus ojos se perdieron un segundo en algún recuerdo personal, apenas visible en su rostro.

—No es un sitio embrujado. No hay fantasmas. Lo que hay allí es algo más antiguo. Más estructural, por así decirlo. Como si la piedra misma hubiera aprendido a hablar. Como si fuera el vehículo de toda la energía acumulada en el Vientre de los Ahogados.

—Entonces… —dijo Darío, con la voz apenas audible, como si temiera alterar algo con la sola pregunta—, ¿allí, en ese caserón… fue donde escribió Los Cantos de las Corrientes?

Irene asintió con lentitud, como si estuviera confirmando algo demasiado grande, demasiado real para ser nombrado a la ligera.

—Sí. Allí.

Volvió a tomar el vaso de agua, pero esta vez no bebió. Lo sostuvo entre las manos, como si intentara templar algo.

—Pasó dos meses encerrado en ese lugar. Dos meses anotando sueños. Visiones. Imágenes que, según sus propias palabras, no podía haber inventado. De día, no percibía nada especial. Caminaba, leía, hablaba con los otros huéspedes. El caserón parecía simplemente viejo. Silencioso. Una casa más.

»Pero por las noches, los sueños lo reclamaban.

Despertaba empapado, exhausto, como si hubiese estado nadando en mar abierto.

Sus pesadillas eran tan nítidas que no le hacía falta imaginarlas: solo transcribirlas.

Primero escribió fragmentos sueltos. Cuadernos desordenados, garabateados a oscuras.

Luego los fue uniendo. Intentó construir un libro a partir de esas anotaciones, algo legible…

humano. Una tarea difícil, como habrás comprobado si has leído el libro.

Hizo una breve pausa. Darío bajó la mirada, recordando fragmentos de Los Cantos de las Corrientes, ese texto lleno de párrafos que parecían dictados por un idioma subterráneo. Caótico. Doloroso. Y a veces, extrañamente bello.

—El Caserón —prosiguió Irene— ha sido utilizado durante décadas como casa de huéspedes.

Artistas, escritores, pintores… muchos se hospedaron allí buscando inspiración.

Y algunos la encontraron. Pero casi ninguno percibió lo que Laredo percibió.

Lo único que mencionaban, de vez en cuando, eran los susurros del agua por la noche. Un detalle curioso, sin importancia.

Miró a Darío. Esta vez con una intensidad distinta. Más personal.

—Pero Laredo, por alguna razón, conectó con el lugar. Como si su mente estuviera calibrada a esa frecuencia. Como si fuera capaz de leer algo que los demás solo oían como ruido.

Desvió la mirada por un segundo, pensativa.

—Eso es lo que mi padre siempre creyó. Que ciertos sitios tienen energía. Y que ciertas personas… pueden sentirla mejor que otras. No es un don. No es una maldición. Es una permeabilidad. Una grieta en el alma, quizás. Pero suficiente para que lo que duerme en el fondo entre.

El péndulo volvió a moverse con un leve temblor, reflejando la luz de la lámpara sobre la mesa.

—Y ahora, Darío —añadió en voz baja, casi un susurro—, lo importante no es lo que Laredo vio. Lo importante es por qué tú estás aquí… preguntando por él.

***

Darío pidió un licor de almendras. No era su estilo, nunca lo había sido.

Pero necesitaba algo que lo ayudara a deslizarse por dentro, a limar los bordes de lo que estaba a punto de decir.

Irene, con su calma de otra época, pidió una infusión de hinojo.

El contraste entre ambos era perfecto, como si uno intentara disolverse y la otra, clarificarse.

El escritor se llevó la copa a los labios. El licor era suave al principio, pero dejaba un calor persistente en la garganta. Lo sintió descender como un río oscuro que se internaba en su estómago. No era alivio. Era regulación. Un equilibrio precario entre el temblor y la palabra.

Ella lo observaba sin decir nada mientras revolvía su infusión. El vapor ascendía como una niebla privada, una bruma sutil que le envolvía el rostro sin mojarlo.

Entonces Darío sacó el libro. Lo colocó con cuidado sobre la mesa.

El ejemplar de Los Cantos de las Corrientes que tanto lo había perturbado.

La tapa estaba rozada, los bordes doblados, y entre las páginas sobresalían múltiples tiras de papel doblado como lenguas de advertencia.

Lo abrió lentamente hasta la página donde, como una espada clavada en el campo de batalla, despuntaba un marcapáginas.

—Aquí —dijo, y giró el libro hacia ella, con su dedo amputado, marcó exactamente el párrafo—. Léelo.

Irene bajó la vista, y sus ojos recorrieron el párrafo subrayado con un trazo inseguro, casi tembloroso:

“...desaparecieron en el vacío, sin un sonido. Solo quedó flotando en el aire la cinta roja que su hermana llevaba siempre en el pelo. Giraba despacio. Caía muy lento. Como si aún dudara…”

Se quedó en silencio unos segundos después de leer. Luego alzó la mirada, interrogante. No comprendía del todo hacia dónde iba Darío. Y él lo notó.

—Leí Los Cantos de las Corrientes cuando era joven —confesó él, bajando la voz como si temiera que el recuerdo lo escuchara—.

Lo leí mal. Lo pasé por encima, sin espíritu analítico.

Rápido, casi con desdén. Como quien hojea una carta escrita en un idioma que no quiere aprender.

Recuerdo haberme dicho que era un libro exagerado, imposible de entender.

Hizo una pausa. El licor le ardía un poco ahora, como si la sinceridad hubiese cambiado su temperatura.

— Ese pasaje… no lo recordaba. No lo llevaba en ningún rincón del subconsciente, ni siquiera como un eco.

De hecho, en aquella época no terminé de leerlo, me sentía abrumado.

Y a este pasaje jamás llegué. Pero años después, empecé a soñar con esa escena.

Con la cinta roja, girando en el mar, al fondo del acantilado.

Una y otra vez. Siempre igual. Tan vívida…

tan exacta… Como si la fuente fuera única, como si la imagen no viniera de mí, sino de algo —o alguien— que la vivió.

»Y, sin embargo, al despertarme lo olvidaba. Se desvanecía el recuerdo. Solo podía apuntar la imagen de la cinta. Pero ahora, al leer este pasaje, ese sueño se ha reconstruido en mi cabeza. Y es tan perfecto, que me pregunto si no es un recuerdo en realidad.

Irene no dijo nada, pero el colgante de cobre tembló sobre su pecho. Parecía que algo invisible le hubiese rozado el alma.

—No entiendo ese libro —continuó Darío, bajando la vista, con una honestidad que parecía dolerle—. Ni entonces ni ahora. Pero ahora… ahora al menos sé que todo forma parte de algo. De un mensaje. Uno del que apenas soy consciente, pero que me incluye.

Se quedó quieto. El silencio era más espeso que antes. Ella tomó un sorbo de su infusión. Sostuvo su taza con ambas manos, diríase que necesitando templarse antes de hablar. Las cuentas de sus pulseras repiquetearon unas contra otras al mover los brazos.

—Hay personas —dijo al fin— que nacen con una sensibilidad distinta. No lo saben. No siempre lo comprenden. Pero sienten. Perciben. Como si tuvieran un pequeño nervio adicional conectado al mundo, uno que no aparece en los manuales de anatomía.

Hizo una pausa. Sus ojos se clavaron en los de Darío, sin juicio, sin sorpresa.

—Mi padre y yo… somos zahoríes.