El Espejo de Los Dementes Capítulo 8 La frontera porosa entre la vigilia y el abismo #2
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Capítulo 8 La frontera porosa entre la vigilia y el abismo #2

Enumeró los lugares como quien recita una letanía sagrada.

Cada nombre caía sobre la mesa con el peso de una campanada.

Y no era solo lo que decía… era cómo lo decía.

Con esa cadencia medida, casi ritual, como si al pronunciarlos, el mundo se plegara sobre sí mismo, abriendo brechas por las que se filtraba algo más antiguo que la historia.

El escritor la escuchaba sin interrumpir. Había en su forma de hablar una precisión extraña, como si trazara líneas invisibles entre lugares remotos y sucesos olvidados, como si pudiera percibir los hilos subterráneos que conectaban espacios y tiempos.

—Los chinos lo llamaban feng shui —dijo en un momento, sin alterar su tono—.

No solo un arte decorativo, como muchos creen.

No es cuestión de dónde poner una planta o cómo orientar una cama.

Es un mapa invisible de energías. Un modo de leer los flujos de la tierra, las pulsaciones ocultas en la disposición de las piedras, los ríos, las formas.

Los antiguos sabían que hay lugares donde la energía se arremolina, se concentra…

y que no todos los cuerpos pueden habitar ese torbellino sin consecuencias.

Primero habló de la Cueva de los Tayos, en Ecuador.

Un abismo húmedo y silencioso donde la oscuridad no era mera ausencia de luz, sino una entidad viva.

Contó cómo allí dentro los sonidos se extinguen demasiado pronto, tragados por un vacío que parece más mental que físico.

A lo largo de los años, exploradores habían desaparecido sin dejar rastro, y los que lograban salir hablaban de voces en idiomas que no reconocían, de figuras que solo se veían al cerrar los ojos.

Uno de ellos —dijo Irene— nunca volvió a hablar.

Solo escribía. Pero las palabras no eran suyas.

Luego mencionó el Monte Kailash, en el Tíbet.

Una montaña sagrada que ninguna expedición ha logrado coronar.

No por falta de intentos, sino porque todos se detienen.

Algo los detiene. "Dicen que allí el tiempo se curva sobre sí mismo", musitó ella en su relato.

Las brújulas giran sin dirección. El viento sopla hacia dentro.

Y los monjes tibetanos aseguran que en su cima no hay roca ni nieve: solo un espejo que devuelve lo que aún no ha ocurrido.

Después vino la Zona del Silencio, en Durango, México.

Un páramo desértico donde las ondas de radio mueren, los relojes pierden la noción del tiempo y las aves evitan sobrevolarlo.

Irene habló de luces sin fuente, de aparatos que se descomponen sin explicación y de testimonios de personas que, al pasar demasiado tiempo allí, aseguran haber escuchado sus propios pensamientos... con la voz de otra persona.

Pasó entonces a la Isla Hashima, en Japón.

Una isla fantasma, cubierta por edificios grises y rotos, abandonada por la industria minera y devuelta al mar.

Pero no del todo. Dijo que hay cámaras de seguridad que registran movimientos en pasillos sin moradores, puertas que se cierran con fuerza bajo cielos despejados.

Algunos visitantes han sufrido pérdidas de memoria durante su estancia.

Otros regresan con fotos que no recuerdan haber tomado.

Después describió el Bosque de Hoia Baciu, en Rumanía.

Un círculo de árboles retorcidos en formas imposibles, como si hubieran intentado huir de algo enterrado bajo sus raíces.

Aseguró que hay zonas donde los dispositivos electrónicos fallan y la luz cambia de tono.

No es raro que la gente que entra allí salga con heridas pequeñas, cortes finísimos en los brazos o la cara, sin saber de dónde provienen.

Algunos —añadió— regresan con dibujos en la piel: marcas simétricas, geométricas, como símbolos sin idioma.

De ahí saltó al Valle de Hessdalen, en Noruega.

Un lugar remoto donde las luces flotan en el aire, se cruzan, se funden, desaparecen.

Han sido grabadas durante décadas, pero nadie ha podido explicar su origen.

Irene relató un caso en el que una de las luces descendió hasta posarse a pocos metros de una familia.

Nadie se atrevió a moverse. Durante minutos, nadie respiró.

Por último, con una voz casi reverencial, nombró la Capilla de Rosslyn, en Escocia.

Un templo que no obedece las normas de ninguna fe conocida.

Las columnas están dispuestas como un códice tridimensional.

Las proporciones, los símbolos, todo parece obedecer a una lógica anterior al cristianismo.

Irene dijo que algunos músicos han entrado allí para grabar sonidos ambientales, y al reproducirlos descubren voces…

palabras entonadas que no estaban presentes en la grabación original.

Y que, si se analizan esas frecuencias, se descubren patrones matemáticos que no deberían estar ahí.

Cuando terminó, el aire entre ellos parecía distinto. Más denso. Como si cada palabra se hubiera posado sobre el mantel, invisible pero real.

Darío se quedó quieto. El péndulo oscilaba, muy levemente, marcando un ritmo que no pertenecía a la música del local ni al latido de sus corazones.

***

En algún momento habían pedido café como postre.

El escritor había permanecido hechizado por la narrativa de ella, pero sobre todo por la convicción que ella ponía.

Todo era verdad en aquellos labios algo secos, y Darío tuvo que preguntarse en qué momento había decidido que sería bastante interesante acostarse con aquella mujer, y hasta qué punto esa pulsión desvirtuaba la objetividad de lo que escuchaba.

Pero no había venido aquí a eso.

—¿Y todo eso… —dijo por fin, con voz baja— qué tiene que ver con Germán Laredo?

Irene alzó la mirada, como si esa pregunta hubiese sido el verdadero motivo de su encuentro. Se inclinó apenas hacia delante, las manos entrelazadas sobre la mesa, y el colgante de cobre colgando justo sobre el centro del mantel, vibrando imperceptiblemente.

—Laredo —empezó— se hospedó durante dos meses en un caserón antiguo. Una casa de huéspedes construida sobre un acantilado. No estaba allí por turismo. Nadie va a ese lugar por turismo.

Guardó silencio un instante, y cuando habló de nuevo, lo hizo como si evocara un recuerdo que no era suyo, pero que había escuchado tantas veces que ya le pertenecía.

—Durante ese tiempo empezó a soñar. Pero no con símbolos fáciles ni con historias claras.

Nada de metáforas. Soñaba con ahogados. Cuerpos flotando a la deriva, hinchados, con los ojos abiertos, como si todavía pidieran algo.

Rostros destrozados por la sal, la piel arrancada por las piedras del fondo.

Hombres, mujeres, niños… a veces incompletos.

A veces solo manos. O bocas. O un torso sin nada más.

»Y el mar… el mar siempre estaba allí. No como un fondo, no como un paisaje. Estaba vivo. Respiraba. Miraba. En los sueños tenía su propio ritmo, lento, espeso, como la marea cuando no termina de decidirse.

»Él oía las corrientes, pero no sonaban a agua. Sonaban a voces. Voces profundas, húmedas, saliendo de abajo. No hablaban ningún idioma humano, pero daba igual. Él entendía lo importante: lo estaban llamando.

»Y a veces… veía el acantilado. La forma exacta de las rocas. La terraza del caserón envuelta en niebla. Y abajo, entre las grietas negras, el Vientre de los Ahogados, abriéndose como una boca oscura, enorme, sin fondo.

Darío supo que allí había un estudio profundo de Los Cantos de las Corrientes.

Muy profundo, posiblemente del padre de ella.

Adentrarse en el fondo de las intenciones de Germán Laredo, en los calabozos de su mente; el reconstruir el camino que había elegido frente a todos aquellos vericuetos que había desechado, evitado o esquivado, no tenía que ser nada fácil.

Darío se aclaró la garganta. Su voz, cuando por fin habló, sonó más débil de lo que habría querido.

—¿Qué es exactamente… el Vientre de los Ahogados?

Irene alzó lentamente la mirada. No lo miró a él, sino a través de él. Como si la pregunta la obligara a recordar algo que no pertenecía a esta época. O a este plano.

—Es una cavidad natural —dijo—. Una especie de balsa oscura en la base del acantilado. Pero no es solo una formación geológica. Allí convergen corrientes marinas subterráneas. Un remolino lento, silencioso, que arrastra todo lo que cae. Y lo retiene. Como un estómago sin salida.

Se llenó el vaso con agua, y el péndulo de cobre, al balancearse, proyectó un destello fugaz sobre el mantel.

—Los pescadores de la zona dicen que ningún cuerpo que entra allí vuelve a salir. Que incluso los que mueren mar adentro… tarde o temprano, son llevados hasta ese punto. Es como si el mar los reclamara para sí.

Hizo una breve pausa, como para dejar espacio al escalofrío.

—Se han encontrado huesos entre las rocas, fragmentos de cráneos, vértebras.

Algunos llevan décadas allí. La mayoría desaparece en un laberinto de cuevas subterráneas bajo el agua.

Un espeleólogo intentó explorarlas hace años.

Llevaba cámaras, sensores, oxígeno extra.

Nunca regresó. Allí convergen una suerte indescifrable de mareas subterráneas imposibles de controlar.

Solo hallaron parte de su equipo días después, varado en una playa a tres kilómetros.

La mente del escritor se aceleraba. Recordaba Los Cantos de las Corrientes, todo parecía orbitar alrededor de aquella zona.

“Algunos cuerpos flotan por días antes de hundirse. Otros desaparecen al instante. Pero todos, al final, encuentran su camino de regreso. Las corrientes saben llevarlos. Los buscan. Los arrastran. Los acunan como madre sin rostro. No importa dónde mueras. Si perteneces, el mar te lleva allí. Al Vientre de los Ahogados…”

Un olor a paja húmeda inundó todo. Ya estaba allí, la alarma de profundidad de su cabeza. Darío intentó disimular su turbación.

Ella seguía llenando el mutismo de su comensal: