Capítulo 8 La frontera porosa entre la vigilia y el abismo
El tren de alta velocidad se deslizaba por los rieles como una aguja sin memoria.
Los campos dormidos, las fábricas en ruinas, los pueblos recogidos sobre sí mismos bajo el invierno, se disolvían en una sucesión de sombras breves.
Nada permanecía. Todo era tránsito. Todo era un parpadeo.
Destellos. Solo silencio encapsulado en velocidad.
Darío Salvatierra viajaba junto a la ventanilla, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas. No leía. No dormía. Solo miraba.
El reflejo en el cristal le devolvía la imagen del mismo hombre que siempre. No más delgado, no más pálido, pero sí más lejos de sí mismo.
Pensaba en la vorágine absurda de acontecimientos que lo había arrastrado hasta ese vagón. La tertulia, la mujer con la que tuvo el gatillazo, la visita a su madre, el libro.
La cinta roja.
El recuerdo de una frase escrita antes de ser leída. Leída después de haber sido vivida. Como si el orden natural de las cosas se hubiera invertido sin hacer ruido.
Y, flotando por encima de todo, la huella de una pesadilla que no era solo suya, sino compartida, como un sueño que alguien más había terminado por él.
El tren devoraba espacio, tiempo, imágenes tan rápido que alargaban el paisaje hasta reducirlo a un todo siempre cambiante. En algún sitio sonó un timbrazo de un móvil.
El nombre de Germán Laredo flotaba como un fantasma tatuado en su mente.
Ese nombre seguía siendo un enigma. Pero al menos ahora tenía una dirección y un nombre donde empezar a escarbar.
Irene Dalmau, una mujer supuestamente especializada en ciertas ciencias ocultistas, era su único cabo al que agarrarse.
El lugar elegido era un restaurante mediano, en un barrio antiguo de la capital.
Mesas pequeñas, para dos. Manteles de tela barata.
Pequeños floreros sin agua con un clavel de plástico.
Luces cálidas. Suficientemente discreto para hablar.
Suficientemente público para no confesar demasiado.
Nada formal. Nada espectacular. Perfecto para dos personas que no se conocen y recelan mutuamente.
Un taxi que olía a pino artificial y desesperación lo dejó en la puerta. Darío se detuvo ante la puerta. Suspiró antes de entrar: todo iba demasiado deprisa. Su reflejo en la puerta acristalada le devolvió una sonrisa sarcástica. ¿Pero entonces cuál es la velocidad correcta a la que hay que vivir?
No lo sabía.
Solo sabía que el final, la nada y el olvido son corredores de fondo que siempre acaban llegando.
***
Ella ya estaba allí. Sentada junto a la pared, frente a una mesa de dos, con una botella de agua con gas y los brazos cruzados sobre el mantel. No consultaba el móvil, no hojeaba nada. Solo observaba, como si el mundo fuera un fenómeno al que no se había terminado de acostumbrar.
Tenía la trenza sobre el hombro, los antebrazos cubiertos de pulseras con piedras mates, y un péndulo de cobre colgando justo en el centro del pecho, balanceándose muy levemente cada vez que respiraba.
Su ropa era práctica, sin forma: pantalones de lona, botas viejas de montaña, una camisa de algodón sin adornos.
No sonrió al verlo. No cabían grandes ceremonias. Solo eran dos desconocidos estudiándose, diríase que enfrentados a una primera lectura mutua.
Tenía un cierto atractivo descuidado, terroso, natural, y la parte más primitiva del escritor, siempre activada, se alegró de haberse vestido con la americana y estar lo suficientemente presentable.
—Darío Salvatierra —dijo él, al llegar a la mesa, con una media sonrisa nerviosa.
—Irene Dalmau —respondió ella, tendiéndole la mano con una firmeza seca. Un contacto breve, exacto, como si la piel no fuera territorio para quedarse. Tenía la mano áspera, descuidada.
Se sentaron. La camarera apareció sin entusiasmo. Irene pidió un plato vegetariano, sin mirar la carta. Darío eligió pescado en un intento absurdo de no pedir un plato calórico a la altura de su gordura. La camarera se marchó. El silencio quedó en la mesa como un tercer comensal.
Medio minuto sin hablar, que pesó como mil minutos. Ella no parecía apurada. Él estaba incómodo pero contenido, y cuando quiso romper el hielo, ella se adelantó:
—¿Qué tal si empezamos por el final y nos tuteamos desde el principio?
Darío asintió y como si ella esperara aquel gesto para soltar una espina en su cerebro, añadió:
—Cuando me dijiste que eras escritor, imaginé que iba a escribir sobre mi trabajo. O sobre el de mi padre. Pero algo en ti me dice que no.
—¿Por qué lo dices?
—Porque pareces buscar algo. La gente con la que suelo tratar normalmente busca saciar su curiosidad o, si me apuras, busca respuestas extravagantes que suplan lo establecido, pero sin implicarse en ello.
El escritor no contestó. Venía listo para romper primero el hielo y para ella ya estaba derretido. Se fijó en las manchas en la cara de Irene. Decidió que ella no era de esas personas que necesitan circunloquios. Mejor.
—Germán Laredo…
Ella lo miró en silencio. Los ojos espesos como la miel permanecían quietos, como absorbiendo. El péndulo de cobre sobre su pecho apenas se movía, como si el aire mismo se hubiese detenido para escuchar.
—¿Qué pasa con él? —preguntó, sin rastro de calidez.
—Leí tu artículo —dijo Darío, sin rodeos—. El que habla de los lugares con cargas energéticas. Mencionas a Laredo, apenas de pasada, pero lo haces. Y hablas del sitio donde escribió Los Cantos de las Corrientes.
Ella bajó la mirada un instante. Luego tomó el vaso de agua y bebió despacio. La camarera apareció dejando una cesta con pan que nadie había pedido.
—Ese artículo fue parte de un ciclo de investigaciones que… no empecé yo.Fue trabajo de mi padre. Él fue quien identificó el lugar. Quien creyó que Germán Laredo no escribió su novela por inspiración, sino por exposición.
—¿Exposición?
—Sí —respondió ella, dejando el vaso sobre el mantel con precisión quirúrgica—.
A un lugar específico. Un sitio donde la energía telúrica se concentra y colapsa.
Como un nódulo. Uno de esos puntos donde la tierra no se comporta como debería.
Donde las personas sensibles… perciben cosas. O las canalizan.
—Y tú crees que Laredo… —empezó Darío.
—No lo creo. Lo sé.
Volvió a fijar la mirada en él. Las manchas de su cara cobraban presencia, carácter. Pasaron unos segundos en los que el escritor intentaba reordenar el puzle deshecho de su cabeza.
—¿Has oído hablar de lo que le ocurrió a Napoleón en la Gran Pirámide? —preguntó Irene de pronto, con una calma que parecía anticipar su efecto.
Darío arqueó una ceja, desconcertado.
—¿Napoleón?
—La noche del 12 de agosto de 1799 —continuó ella, sin apartar la mirada—.
Decidió dormir dentro de la Cámara del Rey, en la Gran Pirámide de Guiza.
A solas. Una noche entera. Nadie sabe exactamente qué buscaba…
aunque algunos creen que quería experimentar aquello que los antiguos sacerdotes solo revelaban a los iniciados: la alineación del cuerpo con el corazón del mundo.
Hizo una pausa, girando levemente el colgante entre los dedos, como si sus palabras fueran parte de un ritual.
—Cuando salió, al amanecer, estaba pálido. Tembloroso. Uno de sus oficiales le preguntó qué había visto allí dentro. ¿Sabes qué contestó?
Él negó con la cabeza, hipnotizado. En algún momento había comenzado a palparse el muñón. Irene lo miró un instante, luego bajó la voz:
—“Aunque os lo contara, no me creeríais.”
El silencio volvió a caer sobre la mesa. Pero ya no era el mismo. Se había tensado, como si algo invisible se hubiese sumado a ellos.
—¿Y qué crees tú que ocurrió? —preguntó el escritor, en un susurro que no reconocía como suyo.
—No importa lo que yo crea —dijo la ocultista, con una leve sonrisa, la primera de toda la noche—.
Importa que no fue el único. La pirámide ha sido objeto de estudio desde entonces.
Científicos rusos en los setenta colocaron semillas dentro y descubrieron que germinaban más rápido.
Otros registraron cambios en la actividad eléctrica del entorno.
Hay testimonios de gente que siente que el tiempo se diluye dentro…
como si una parte de ellos quedara atrapada allí, latente. Esperando volver.
Se reclinó ligeramente hacia atrás, permitiendo con el cambio de posición que el péndulo reflejara un leve destello, como si marcara una nueva etapa en la conversación.
—Ese lugar —dijo— es uno de los pocos donde la energía no solo se concentra, sino que reescribe al que la toca. La gente entra creyendo que nada va a pasarle. Pero sale distinta. Algo sucede con ellos, o dentro de ellos. Algo los recorre o los atraviesa. O los atrapa.
La camarera apareció con los platos y los depositó en la mesa. Ninguno les hizo caso.
—¿Y hay más sitios así? —preguntó Darío, la voz más baja, casi devocional.
Ella asintió. Con lentitud. Como si nombrarlos pudiera despertar ecos antiguos.
—Muchos más. —Y añadió—: ¿Quieres que te los cuente?
Darío tragó saliva.
—Sí, por favor.
Y entonces Irene empezó a hablar. Como si desplegase ante Darío un mapa que nadie más podía ver. No un mapa hecho de líneas o fronteras, sino de fuerzas invisibles, corrientes antiguas, vibraciones que se enredaban bajo la piel de la tierra.
Mientras su voz avanzaba, el murmullo del local se desdibujaba, como si alguien hubiese girado el dial del mundo hacia otra frecuencia.
Las conversaciones se hacían lejanas, el tintinear de los cubiertos parecía ocurrir en otra dimensión.
Irene hablaba, y todo a su alrededor se volvía secundario, accesorio, como si ella estuviera desenrollando una verdad que llevaba demasiado tiempo esperando ser dicha.