Capítulo 7 Cientos de ventanas a la demencia #2
“Mi padre no era un loco.”
“Estoy dispuesta a demostrar que sus teorías son ciertas.”
Había heredado el trabajo de su padre, el cual tenía un prolífico archivo con sus investigaciones. Lo custodiaba con un fervor casi religioso.
Afirmaba haber estudiado geobiología y radiestesia, aunque no especificaba dónde.
Se denominaba a sí misma geomante, divulgadora y científica.
Había colaborado con algunas revistas y webs de corte esotérico.
Aunque no tenía ningún canal de YouTube ni nada parecido.
No asistía a ferias esotéricas. Desconfiaba de todo eso.
“La parapsicología ya carga con suficiente burla como para convertirla en espectáculo.”
Recorría el país sola. Buscaba lo que ella llamaba “nodos de confluencia energética”.
Cementerios olvidados. Acantilados donde el viento silbaba en idiomas extintos.
Bosques donde los relojes fallaban. Ruinas cubiertas de musgo donde los ecos no coincidían con las palabras pronunciadas.
Casas rurales donde los espejos devolvían reflejos con segundos de retraso.
Túneles bloqueados por derrumbes que aún emitían voces al anochecer.
Un timbrazo.
Darío dio un respingo.
La pizza. La puta pizza.
Atendió al repartidor, aterrizó la caja junto al ordenador, la abrió y se introdujo una generosa porción en la boca. Quemaba, pero no importaba.
Volvió a leer:
…un escritor solitario que creó su única obra durante una estadía en lo alto de un acantilado costero donde se dio una convergencia inusual de flujos de energía telúrica…
Darío se retrepó en la silla. La silla crujió.
¿Es cierto, Germán?
¿Escribiste eso empujado por la energía de un sitio embrujado?
***
Viernes por la noche. La ciudad se disolvía en la distancia, engullida por la bruma y los faros dispersos.
El coche del doctor Isaías Albuquerque avanzaba por una carretera estrecha, flanqueada de árboles que se inclinaban como figuras penitentes.
No se oía más que el zumbido del motor y el crujido de la grava al entrar en el camino privado que llevaba a su casa.
Vivía en un enorme chalet de dos plantas, de arquitectura sobria y vetusta, con columnas de piedra falsa, ventanales enrejados y un jardín siempre en sombras. Un lugar demasiado grande para dos personas. Demasiado frío para cualquiera.
Aparcó en la cochera con la precisión de siempre. Las luces automáticas se encendieron cuando abrió la puerta de entrada. El vestíbulo era impecable: mármol pálido, cuadros sin alma, muebles que parecían nunca haber sido usados.
La vivienda parecía estar deshabitada, salvo por la chivata luminiscencia de alguna lámpara encendida. Enfiló la escalera ascendente con el ánimo del que nada espera.
Se asomó al dormitorio. Una mujer se acicalaba frente al tocador.
Débora, su esposa. Había sido alumna suya en aquella época remota en la que Isaías todavía se dedicaba a la docencia.
Entonces era mucho más joven que él, mucho más viva, luminosa, llena de una energía que parecía inagotable.
Pero el tiempo había hecho su trabajo. Mientras Isaías se volvía cada vez más ensimismado, más opaco, más encerrado en sus obsesiones, ella se había ido apagando a su lado, como una luz que no recibe oxígeno.
Su brillo se había consumido despacio, sin estridencias, y con él se marchitó también el matrimonio, reducido ahora a una convivencia silenciosa, sostenida más por la costumbre que por el afecto.
Los ojos negros de ella le lanzaron una mirada acusadora, quizá de desprecio, a través de un espejo iluminado mientras se aplicaba un delineador negro que le alargaba el aspecto entrecerrado de ojos.
Vestía un vestido corto, ceñido, y zapatos de tacón fino.
El escote era generoso. Siempre había sido atractiva, pero últimamente parecía querer subrayar lo obvio cada vez que salía de noche.
—¿Dónde vas? —preguntó el doctor, sin cambiar el tono.
—Salimos el grupo del gimnasio —respondió, sin mirarlo—. A tomar algo, a reírnos —una pausa dramática—. A existir. Seguramente volveré tarde.
Ni una sonrisa.
Ni una excusa.
Ni siquiera un roce.
Solo dejó tras de sí un reguero de perfume caro, compacto y dulce, que quedó suspendido en el aire impecable de la casa.
Un olor demasiado vivo para un espacio tan pulcro y aséptico, donde todo estaba limpio por costumbre y ajeno por falta de amor.
No era un hogar; era un lugar ordenado en el que nadie terminaba de quedarse.
El doctor no dijo nada. No esperaba otra cosa. Aquello no era nuevo. De una alumna enamorada del intelecto de su profesor habían pasado a la nada absoluta. Ser psicóloga no le impedía señalar las obsesiones de su marido. Quizá hacía que las viera con mayor claridad.
Prestas más atención a cualquiera de tus pacientes que a mí.
No entiendo que pases horas viendo esos dibujos demenciales.
Estudias el comportamiento de los demás, pero quizás debías replantearte el tuyo.
Lo interesante es que ella tenía razón. Con el tiempo Isaías se había alejado de la normalidad cívica para abrazar las peculiaridades de sus pacientes.
Porque intuía que en ellos está la verdad.En los rotos. En los que balbucean y ríen al vacío.No hay máscaras allí. No hay vergüenza ni retórica.
Lo que somos, lo que realmente somos vive en las mentes rotas, porque aún no han sido domesticadas.
Nosotros —los cuerdos, los civilizados— hemos aprendido a mentir desde que aprendimos a hablar. Mentimos con la ropa, con la mirada, con el silencio. Nos domesticaron a golpe de norma, de catecismo y buenos modales.
Pero ellos no.
Ellos sangran lo que piensan.
Dicen el horror tal como lo sienten. Dibujan lo que no tiene nombre.
Ellos no sueñan metáforas… Ellos ven. Ellos oyen. Ellos recuerdan lo que el resto de nosotros nos hemos enseñado a olvidar.
Son el espejo sin pulir del alma humana.
Un espejo que yo sí me atrevo a mirar.
***
Débora se había cruzado delante de él, apenas dedicándole un microsegundo de mirada. Cuando oyó la puerta cerrarse, él todavía se mantenía erguido en la puerta del dormitorio, todavía mirando el tocador donde hacía tiempo nadie se embellecía para él.
Pero no importaba, hacía tiempo que había huido del mundo.
Luego subió al despacho, la única habitación verdaderamente viva de la casa. Allí el aire era más seco. Las cortinas siempre cerradas. El suelo cubierto por una alfombra persa que ya tenía formas nuevas donde él arrastraba su silla noche tras noche.
Encendió la lámpara de escritorio. Con una llave cuidadosamente guardada, abrió el cajón inferior del mueble, profundo y pesado, y extrajo una carpeta gris, abultada, con las esquinas deformadas de tanto uso.
La colocó sobre la mesa con una reverencia involuntaria. La abrió descubriendo un interior plagado de dibujos. Decenas, cientos.
Dibujos hechos por sus pacientes: monstruos incompletos, como si algo los hubiera arrancado del papel antes de terminar de nacer.
Símbolos que se repetían obsesivamente, trazados una y otra vez por manos distintas, sin que nadie supiera explicar su significado.
Cuerpos torcidos, abiertos, estirados más allá de lo humano.
Religiones inventadas, con dioses deformes y rituales que parecían exigir sangre.
Bocetos surgidos de manos delirantes, de mentes que derrapaban en el borde mismo de la realidad, de almas atrapadas que solo encontraban una grieta de fuga en un lápiz.
No eran dibujos: eran restos.
Fragmentos de algo que presionaba desde dentro.
Cientos de ventanas a la demencia.
Los clasificaba según una lógica propia, una taxonomía que solo él comprendía.
Y entre todos ellos, con el cuidado de quien desentierra un diamante en un campo de ruinas, seleccionó los de Dani.
El más silencioso.
El más puro.
Los dibujos de aquel paciente no se parecían a los demás. No por su precisión ni por su técnica, sino por algo mucho más raro: por su honestidad. Dani no decoraba su dolor. No lo embellecía. Lo escupía.
Las hojas estaban llenas de escenas que no podían ser invención. No había monstruos fantásticos ni símbolos esotéricos, sino cunas vacías, sombras con rostro de mujer, puertas entrecerradas, miradas que pedían auxilio sin lengua para pedirlo.
Daniel no ilustraba una pesadilla: la seguía viviendo cada vez que cerraba los ojos.
Había un tipo de verdad en esos dibujos que no se podía aprender, ni fingir. Una verdad cruda, desnuda, anterior al lenguaje. La clase de verdad que uno solo encuentra en los bordes del delirio.
Para el doctor, eran más que expresiones gráficas.
Eran reliquias. Testimonios únicos de la verdadera masa madre del alma humana. Fragmentos de una liturgia sin nombre, donde lo sagrado y lo abyecto se abrazaban con uñas rotas y carne temblorosa.
—Oh, Dani... —susurró el doctor, pasándose la lengua por los dientes.
Y entonces siente el calor. Una erección que llega sin sobresaltos, como si hubiera estado aguardando en algún rincón de su cuerpo. Liberadora, más que sexual.
Se reclina en la silla. Observa. Respira hondo. La lengua le humedece los labios con un gesto lento, casi reverencial.
Y comienza a tocarse.
No por deseo, sino por una necesidad que roza lo sagrado. Pasa un dedo por el dibujo con una intimidad contenida, casi tierna, mientras se da placer.
Su pene se endurece como hace años que no le sucede en la cama con Débora.
Sigue pasando las hojas. Una tras otra.
Acerca la papelera para vaciarse, en silencio, apenas con un gruñido.