El Espejo de Los Dementes Capítulo 7 Cientos de ventanas a la demencia
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Capítulo 7 Cientos de ventanas a la demencia

El ruido lo arrancó del abismo. Una discusión sorda, con ecos de platos mal apoyados, voces rotas por la costumbre.

Los recién casados del piso de arriba. Otra vez.

Ella gritaba algo sobre la madre de él, él respondía con un portazo.

Las paredes del edificio temblaban con una vida que no era la suya.

Darío abrió los ojos con lentitud.

Estaba en el suelo del despacho, con la boca entreabierta rozando las baldosas frías.

Sintió la humedad en su mejilla, las babas secas en un costado.

La garganta era un pasillo árido y áspero, como si hubiese dormido tragando arena.

Intentó incorporarse, pero un dolor agudo le atravesó el cráneo, como si la parte posterior de su cabeza hubiera estado presionada durante siglos contra el hormigón.

Parpadeó. Varios segundos.

Por primera vez en siglos —esa era la sensación exacta: siglos— no lo había despertado una pesadilla. Ningún rostro sin ojos, ningún ahogo, ningún grito desde las paredes, ninguna anciana fantasmagórica meciendo una cuna. Solo el mundo real. El piso de arriba. Una pelea.

La conciencia tardó en aterrizar. Era como si su mente aún se moviese por capas de barro espeso, una dentro de otra.

Todavía pudo pensar con ironía que no hay nada como desmayarse para dormir del tirón.

Cuando logró ponerse de pie, sus piernas temblaban.

Rozó una pila de libros que se volcó con un estruendo suave, rompiendo el silencio viciado del despacho. No los recogió.

Caminó como un autómata hasta el salón.

Allí lo esperaba la escena congelada en el tiempo: la butaca junto a la ventana, la lámpara aún encendida —su luz amarilla vibrando como una herida abierta— y Los Cantos de las Corrientes, abierto, apoyado con una precisión incómoda en el respaldo del sofá, como si alguien más lo hubiera dejado así.

Como si el libro mismo lo estuviera esperando.

Darío se detuvo en seco.

El corazón le dio un vuelco. No por miedo, exactamente. Era la desagradable sensación de reconocer algo que no debería resultarle familiar.

Empezó a encajar fragmentos de lo sucedido anoche.

Los pasajes espeluznantes del libro. Lo del cuaderno. La cinta roja. La frase escrita por él antes de leerla. El olor imposible a serrín. El desmayo.

El libro seguía allí, abierto como una boca en mitad del salón. Su mirada se posó en la página. Era la misma. Podía sentirlo. El texto parecía respirar. Esperarlo.

Extendió una mano. Dudó.

Y cuando su dedo rozó el borde del papel —su dedo amputado—, una sacudida le cruzó la piel. No era dolor, ni una descarga eléctrica.

Era miedo.

Un miedo denso, seco, como el que se siente antes de abrir una puerta que uno sabe que no debería abrir.

No al libro. Sino a lo que pudiera revelarse dentro de él. A lo que ya estaba escrito. A lo que pudiera confirmar que todo era real.

Por un instante comprendió que el peligro no estaba en lo que el libro contaba, sino en adónde podía llevarlo.

Retrocedió bruscamente. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Salió huyendo del salón, tambaleándose por el pasillo estrecho, torciendo en seco hacia la habitación vacía. Aquella donde no había muebles, ni ventanas, ni cuadros. Solo paredes blancas, sin adornos. Su refugio. Su madriguera.

La habitación donde se escondía cada vez que una pesadilla le abría algo por dentro.

Entró. Cerró la puerta con un empujón. Se dejó caer al suelo. Respiró. Otra vez. Y otra. El pecho subía y bajaba con violencia, como si el aire doliera al entrar. Apoyó la espalda contra la pared. El yeso estaba frío.

El silencio pesaba como tierra sobre un ataúd.

Como si cada pensamiento hiciera eco.

Como si el techo se inclinara muy despacio hacia él.

Necesitaba pensar. Necesitaba digerir. Todo lo que había leído. Todo lo que había escrito. Todo lo que recordaba haber soñado. Y ahora, esa escena duplicada. El cuaderno. El libro. La madre. La niña. La cinta flotando como una sentencia suspendida.

¿Qué está pasando?

¿Qué es mío?

¿Qué no lo es?

Si Germán Laredo escribía lo que soñaba, ¿cómo era posible soñar lo mismo que él con cincuenta años de diferencia?

¿Qué parte de mi mente ya no me pertenece?

Se encogió sobre sí mismo, las manos entrelazadas en la nuca. Sintió que los bordes del mundo se deshilachaban.

Pero aún no había terminado.

Lo presentía.

Esto era solo el principio.

***

Milagrosamente, se había vuelto a quedar dormido.

No sabía cómo, ni cuándo. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Una eternidad embalsamada?

La habitación vacía lo había envuelto como una cáscara sin sonido. El cuerpo encogido, los pensamientos en pausa. Y lo más desconcertante: no había soñado.

Nada de cunas. Nada de sangre. Nada de la anciana con los dientes enfermizos. Nada. Un descanso negro y sin imágenes.

Y lo entendió al despertar: el cuerpo se había rendido. Después de más de un día sin dormir bien —la tertulia absurda, la chica con la que se acostó, la visita a su madre, y luego la lectura del maldito libro, su búsqueda desesperada entre sus cuadernos— simplemente no pudo más.

Pero ahora, al abrir los ojos, todo volvía. La presión en el pecho. Las abrumadoras imágenes leídas. La frase escrita en el cuaderno que aparecía en Los Cantos de las Corrientes. El lazo rojo flotando…

Y ahora, una idea comenzó a vibrar en el fondo del cráneo. Apenas una frase, una voz no leída, sino escuchada. El librero sosteniendo el libro como si fuera algo vivo, contagioso, mientras hablaba.

Viendo la angustia que desprende este libro… no me extraña cómo terminó su autor.

Nada más.

¿A qué se refería?

¿Qué pasó con Germán Laredo?

Darío tragó saliva. Se levantó con esfuerzo. Su cuerpo crujía. Volvió al despacho. La escena era desoladora. Papeles esparcidos, torres de cuadernos derruidas, los restos de un huracán de manos buscando desesperadas algo. Obvió el desorden. Se sentó frente a su escritorio y encendió el portátil.

Mientras la pantalla parpadeaba en su despertar, su estómago rugió con furia. Un hambre animal, como si llevara días en ayuno forzado.

Miró la hora: 14:03 h.

Agarró su teléfono con la intención de pedir comida a domicilio. Necesitaba hidratos, grasa, comida basura. Y ya sabía lo que pedir.

—Una pizza grande, barbacoa… anda que así voy a perder peso —murmuró mientras marcaba el número—. Que le jodan.

Pidió sin pensar. No prestó atención al precio ni al tiempo de entrega. Colgó y se frotó la cara, el sudor pegándole los dedos a la piel.

Volvió a la pantalla y tecleó:

“Germán Laredo biografía”.

Los resultados eran escasos, como si el nombre mismo tuviera una pátina de polvo encima. Solo una obra conocida. Después, nada.

Las teorías abundaban: algunos decían que se había suicidado tras la publicación, atormentado por lo que había escrito.

Otros, que fue internado en un psiquiátrico y murió sin saber quién era.

Una versión aseguraba que se entregó a una secta que practicaba aislamiento sensorial en una iglesia abandonada del norte.

Otros juraban que vivía entre los sintecho de una ciudad portuaria, escribiendo en servilletas lo que el "mar le dictaba".

Y muchos simplemente decían que se desvaneció. Como si el libro lo hubiese consumido desde dentro y lo hubiera escupido fuera del mundo.

Sobre su muerte tampoco había certezas. Solo una coincidencia entre todas aquellas versiones: Germán Laredo había muerto.

Tras eso hubo luchas feroces por los derechos de la obra.

La editorial nunca recibió el control completo.Dos sobrinos lejanos —desconocidos entre sí hasta el funeral— pelearon durante años contra la editorial por las ganancias de una novela que vendía poco pero nunca dejaba de circular.

Una obra que nadie sabía si aún debía pertenecer al mundo.

Los foros eran un campo minado de opiniones:

“Una obra estremecedora, caótica. No del todo bien hilada, pero aterradora en su incoherencia. Como si no fuera una novela, sino un acceso directo a algo que no debía ser leído.”

“Tan brillante como desconcertante. Si hubiera sido más ordenada, estaríamos hablando de la mayor obra maestra escrita de terror.”

“La narrativa es como una espiral. No empieza ni termina. Es como si el autor estuviera poseído.”

“No da miedo. Da… algo peor. Como si te hiciera dudar de tus propios recuerdos.”“Hay un párrafo que leí y luego no pude seguir leyendo nunca más. Aterradora.”

“Creo que pasarán muchos años y nunca terminaremos de entender esa obra.”

El estómago de Darío volvió a protestar. Ignoró el ruido. Sus ojos recorrían los enlaces con ansiedad. Los dedos seguían picoteando el teclado, el punto del ratón volaba por la pantalla, las pupilas devoraban palabras con avidez.

Y entonces lo encontró.

Un artículo antiguo sobre geomancia y espacios de poder.

Un artículo de parapsicología y ocultismo que intentaba revestirse de lenguaje científico. Parecía hablar sobre algo llamado geomancia. Entre frases sobre geobiología, energía terrestre y vibraciones sutiles, encontró una mención fugaz:

“El caso Laredo es un ejemplo peculiar: un escritor solitario que creó su única obra durante una estadía en lo alto de un acantilado costero donde se dio una convergencia inusual de flujos de energía telúrica. Algunos sostienen que no fue él quien la escribió, sino el lugar mismo, usando su mente como médium.”

El corazón de Darío dio un vuelco. Saltó directamente al final, buscando al autor. En este caso, era autora. Irene Dalmau, decía la firma.

Clicó su nombre. Empezó a investigarla, a desentrañarla. Entró en un universo de referencias cruzadas. No muchas, pero las suficientes. Incluso entró en una red social donde los profesionales subían su currículum, aunque con la información algo desactualizada.

Irene era hija de un investigador del ocultismo que murió arrastrando su nombre por el fango, acusado de fraudes, delirios y obsesiones malsanas. Cuando falleció dejó tras de sí una reputación rota, como un espejo hecho añicos. Su nombre quedó asociado al ridículo, a la sospecha, al descrédito.

Ella había recogido sus pedazos, no por amor filial, sino por furia.