El Espejo de Los Dementes Capítulo 6 Soy el sueño de algo más #2
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Capítulo 6 Soy el sueño de algo más #2

Miró el reloj. Las 04:05 h. Los ojos de Darío ardían, inyectados de venas rojas que dibujaban telarañas sobre un fondo apagado.

El párpado inferior empezaba a hincharse del esfuerzo, pero no podía dejar el libro.

Cada vez que alzaba la vista, sentía que lo hubieran arrancado de un lugar donde el tiempo ya no corría.

Como si Los Cantos de las Corrientes no se estuviera leyendo… sino respirando a través de él.

Pasó la lengua por los labios resecos. La boca tenía un sabor metálico, y el estómago rugía con el eco de horas sin alimento.

Cerró el libro con suavidad —no por descanso, sino como quien marca el punto exacto donde un conjuro fue interrumpido— y se levantó del sillón con movimientos lentos, rígidos, como si hubiera estado enterrado en la lectura durante días.

La cocina estaba oscura. No encendió la luz.

Solo la del extractor sobre la hornilla, un resplandor débil, amarillento, suficiente para que sus manos encontraran la cafetera y el paquete arrugado de café molido.

El ruido del agua cayendo rompió el silencio por un momento. Luego, el chasquido del fuego.

Mientras esperaba, se apoyó en la encimera. La cabeza le pesaba. En su espalda aún sentía algo... como la presión de una mirada olvidada. La cafetera empezó a hervir.

Una cinta roja flotando.

Había empezado a oler a algo que no existía. Algo parecido al olor del serrín que impregna una carpintería, malmezclado con el aroma del café. Y eso solo significaba que su cerebro se estaba descarrilando.

Una cinta roja flotando entre las corrientes.

Una madre que arrastra a su hija a la muerte ante los ojos de su hermano pequeño.

Entonces, lo supo con una certeza física, brutal.

Ese sueño, esa escena, esa imagen, ese recuerdo.

Él ya la había visto.

No, lo había soñado. Una de esas pesadillas que se escapaban de sus recuerdos. Uno de esos sueños de los que era incapaz de anotar nada al despertarse.

El olor se intensificó.

***

Como un resorte, había salido disparado hacia su despacho. Un relámpago de intuición había prendido en su cabeza. Abrió la puerta con la urgencia del que busca la llave de todo.

Media hora después, el suelo del despacho era una especie de campo de batalla: hojas sueltas por todas partes, decenas de cuadernos abiertos con sus espaldas quebradas, tapas dobladas como si hubieran sido masticadas por el tiempo.

Darío estaba en el centro, con las piernas cruzadas, sentado en la postura más cómoda que su grueso cuerpo permitiera, la respiración agitada y los ojos inyectados, recorriendo una página tras otra, buscando… buscando algo.

Sus dedos pasaban por dibujos a medias, frases sueltas, tachaduras. Un mapa de su propia locura, fragmentado en tinta y delirio.

“Dientes en la sopa.”

“Una mujer en el umbral. No tenía sombra.”

“Debajo de la cama alguien respira cuando yo no.”

“Perros ahorcados que vuelven.”

“No era una puerta. Era una boca.”

Pasaba las hojas como quien desentierra cuerpos. Buscando una sola imagen. Una sola certeza que no sabía si había soñado, leído o recordado de otra vida. Y entonces, entre una página llena de líneas temblorosas y palabras cruzadas con furia, apareció.

Una frase. Nada más.

Escrita sola, en medio de la página, con una caligrafía irregular, como si la hubiese garabateado en mitad de un espasmo:

“Una cinta roja flotando al fondo del acantilado.”

Darío se quedó quieto. Sintió una vibración leve, una incomodidad sin nombre, como si algo invisible le hubiese rozado la columna.

Esa frase. Esa imagen. Exactamente la misma de Los Cantos de las Corrientes.

¿Casualidad?

Se obligó a pensar que sí. Que podía serlo. Que los símbolos se repiten, que su mente obsesiva lo había contaminado todo, incluso sus recuerdos.

Pero justo debajo, casi como un susurro escrito por otra mano, vio otra línea:

“Una madre del acantilado llevándose a su hija. La niña llora. No quiere. Caen.”

Entonces el vértigo.

Un zumbido creció en su oído izquierdo. El corazón le dio un golpe seco, como un tambor que perdiera el compás.

Era la misma escena.

La misma.

Él la había escrito antes de leerla. Y eso significaba que la había soñado antes de escribirla.

O al menos… eso parecía.

El olor a serrín viejo ya era omnipresente. Intentó apartarlo, concentrarse, buscarle lógica a todo aquello. Pero era como nadar en aceite caliente.

Su mente se fragmentó.

Demasiadas horas leyendo. Demasiadas metáforas tragadas sin digerir.

Demasiadas frases anotadas como anzuelos que nunca atrapaban nada.

Y ahora, sus propios cuadernos arrojándole imágenes soñadas en cientos de pesadillas confusas, jeroglíficos mentales que saltaban de un lado a otro sobre la línea que separaba la lucidez de la demencia.

La cinta flotando.

El acantilado.

El llanto de la niña.

Todo eso en su letra.

Todo eso antes.

Siente que el suelo se aleja, no como una caída, sino como si algo invisible lo arrancara de la realidad. El aire deja de entrarle en los pulmones y, cuando lo hace, quema, espeso y ajeno. Su cuerpo pierde peso, pero no ligereza: es un despojo, una carne que ya no le pertenece.

Trata de decir algo —cualquier palabra— para regresar, para nombrarse y existir otra vez. Pero la voz no responde. Solo queda el silencio creciendo dentro de él, suave y definitivo.

Lo que sí logra soltar por su boca es un susurro incomprensible antes de caer hacia atrás, como una marioneta cortada.

Y todo se vuelve negro.