El Espejo de Los Dementes Capítulo 6 Soy el sueño de algo más
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Capítulo 6 Soy el sueño de algo más

“Dicen que el agua canta. Mienten. El agua llama. Siempre lo ha hecho, y quienes lo saben de verdad no lo dicen en voz alta. Solo dejan que sus huesos lo recuerden, a la hora precisa en que la luz ya no sirve de defensa.

El acantilado es antiguo. Más antiguo que cualquier mapa, más antiguo incluso que los nombres que se susurran en las tabernas costeras cuando el alcohol baja la guardia.

Poetas, pintores, visionarios… todos han venido aquí.

Todos han oído el murmullo que nace cuando las corrientes atraviesan las cuevas estrechas bajo la roca.

No es un sonido. Es una voz dividida. Un murmullo múltiple, curvado por el agua y por algo más.

Algo que habita debajo de lo visible. Algo que no duerme.

Y yo fui como todos. Un escritor arrastrado por un eco. Pensando que era inspiración lo que se acercaba, cuando en realidad era reconocimiento. Como si el abismo me hubiese visto antes que yo a él.

Lo llaman el Vientre de los Ahogados. Un remanso oscuro donde las corrientes marinas se enroscan como serpientes dormidas, arrastrando hacia el fondo todo lo que muere en el agua.

No importa si alguien se ahoga a kilómetros.

Las corrientes saben encontrarlo. El mar lo reclama.

Y el Vientre lo guarda. Algunos cuerpos reaparecen. Otros no.

Hay leyendas, claro. Siempre hay leyendas.

De artistas que llegaron aquí para crear y acabaron vacíos, extraviados, con la mirada perdida como si hubieran oído algo que nadie más podía comprender.

Algunos desaparecieron sin dejar más que páginas manchadas de sal. Otros se arrojaron al agua sin gritar.

Yo no los juzgo. Sé lo que escucharon. Lo escucho ahora.

No siempre está. Viene cuando quiere. A veces en la madrugada, a veces cuando uno parpadea muy lento.

Llega como un zumbido leve, en el borde del oído.

Como si alguien hablara desde adentro del hueso.

No hay palabras, no al principio. Solo una sílaba sin lengua.

Una nota sin instrumento. Una intención.

Esa fue la noche en que supe que ya no iba a escribir por mí mismo.

Esa fue la noche en que empecé a escribir. O sería más justo decir que esa fue la noche en que empecé a transcribir”

Darío bajó las manos que sujetaban Los Cantos de las Corrientes, abrumado, despacio, casi con sigilo, como si temiera que el sonido de la tapa al caer pudiera despertar algo.

No se movió.

No pensó.

Solo se quedó allí, en el sillón, bajo la luz amarilla de la lámpara, con los ojos fijos en la nada y los labios entreabiertos, como si el aire mismo ahora costara un poco más de tragar.

Se llevó la mano al meñique mutilado y acarició el muñón con el pulgar, despacio.

Como si necesitara recordar dónde terminaba exactamente su cuerpo.

El silencio era un pozo abierto en mitad de la estancia. No un silencio neutro, doméstico, sino uno con textura, con peso. Como si cada rincón estuviera esperando que él dijera algo, cualquier cosa, solo para confirmar que seguía siendo él. Como un silencio que esconde algo.

Apoyó el libro en su regazo y se pasó la mano por la cara.

El principio no era lo que esperaba. No era un inicio narrativo tradicional.

No presentaba personajes, ni conflictos, ni contexto.

Era un descenso. Directo. Brutal. Como si Germán Laredo hubiese abierto una compuerta en mitad del lenguaje, y lo hubiese arrojado sin previo aviso a un espacio más profundo que el mar mismo.

Había esperado a la noche para empezar la lectura. Una obra así requería, se alimentaba, necesitaba oscuridad.

Respiró hondo y se volvió a sumergir en aquellas perturbadoras letras.

***

“Soñé con un niño de ojos hinchados, flotando boca arriba en un charco de agua salobre. No era mar, ni era río. Era agua estancada, pero profunda, como si el mundo hubiera cavado un ombligo para esconderlo. Me miraba sin parpadear. Me cantaba sin mover los labios. Y lo entendí todo. Durante un segundo, lo entendí todo. Y fue peor que no entender nada.”

La historia no avanzaba en línea recta. Era un delta.

Un enredo de ríos que llevaban hacia el centro algo sin nombre.

Y, sin embargo, había una lógica. Una voz.

Como si Germán Laredo hubiese escrito en trance, sí, pero no al azar.

Como si estuviera transcribiendo lo que escuchaba.

Como si, ahora, Darío también empezara a oírlo.

De repente, una frase lo paralizó. Sin saber por qué, la anotó en su cuaderno.

"No soy yo quien sueña. Soy el sueño de algo más."

La frase le recorrió el cuerpo con una extraña sensación de vértigo, como si su mente estuviera intentando encajar un rompecabezas que no tenía piezas suficientes.

La oscuridad de la habitación, antes apenas perceptible, parecía hacerse más densa alrededor de él, como si las paredes, los muebles y el aire estuvieran presionando un poco más cerca.

Miró el reloj. Las 00:42 h.

***

“Los ahogados cantan con los pulmones llenos. No deberían poder, pero lo hacen. Lo hacen porque no han terminado de morir. Algunos no saben que murieron. Otros lo saben y no lo aceptan. Por eso cantan. Por eso llaman…”

“Algunos cuerpos flotan por días antes de hundirse. Otros desaparecen al instante. Pero todos, al final, encuentran su camino de regreso. Las corrientes saben llevarlos. Los buscan. Los arrastran. Los acunan como madre sin rostro. No importa dónde mueras. Si perteneces, el mar te lleva allí. Al Vientre de los Ahogados…”

“A veces los oigo antes de dormir. No afuera. Adentro. Como si mis huesos recordaran algo que mi mente se esfuerza por olvidar. No cantan con voz. Cantan con la presión. Como si algo empujara desde lo profundo del agua para meterse en mis costillas...”

“Ella estaba en la escalera, con los pies mojados. Decía que venía del fondo, pero no había bajado. Tenía el cabello pegado a la cara. Me susurró algo en un idioma que no existe, pero entendí. Me dijo que me apurara, que me estaban soñando con hambre…”

Darío no sabía cuántas horas llevaba leyendo.

Solo que el mundo había empezado a resquebrajarse en los bordes.La realidad ya no se sentía tan firme.

Y su cuaderno, antes un simple receptáculo de ideas dispersas, ahora parecía un campo de exorcismo.

Tomaba notas. Pero no como un lector.

Sino como si las palabras fueran órdenes dictadas desde otro lugar.

Sus dedos manchados de tinta pasaban las páginas con urgencia febril. Escribía en frases breves, sin contexto. A veces se detenía a mirarlas, a leerlas en voz alta, como si buscara en el eco de su voz alguna pista que no estaba en el papel.

Frases que había encontrado en el libro. O que el libro le había entregado.

"El agua no canta. Llama."

"No soy yo quien sueña. Soy el sueño de algo más."

“Los ahogados no duermen. Solo fingen.”

“Hay una hora, justo antes del amanecer, en la que los lamentos se confunden con el viento. Pero si prestas atención… sabrás que no es el viento.”

Eran las 02:30 h cuando Darío observó el cuaderno y repasó la página, llena de frases sueltas, cada una escrita con una letra cada vez más irregular, más temblorosa. No pensaba mientras escribía. Solo registraba. Como si algo lo empujara desde adentro.

Apoyó el bolígrafo. Se frotó el rostro con ambas manos. Y ahí estaban. Las frases.

Y entonces lo pensó.

¿Para qué mierda escribo esto?

El impulso de tacharlas todas fue casi físico.

Como si con eso pudiera sacarse la tensión del cuerpo, la presión en la nuca, el leve temblor en los dedos.

Cerró los ojos. Inspiró hondo. Sabía que no iban a servirle de nada.

No formaban parte de ninguna novela. No eran ideas.

Ni siquiera eran comprensibles. Y, sin embargo, allí estaban.

Pequeños exorcismos de tinta.

Pero no se detuvo, prosiguió con la lectura.

***

“La vio allí, de pie en el borde del acantilado. Mi madre. El viento le levantaba el vestido blanco como si quisiera llevársela antes de tiempo. Estaba quieta, demasiado quieta, mirando al mar sin parpadear. No lo miraba a él.

Entonces la llamó. A su hermana. Le dijo su nombre con esa voz dulce que usaba cuando quería que viniera sin discutir. La niña dudó, pero fue. Caminó despacio. Y cuando llegó, su madre le tomó la mano.

El niño sintió que algo estaba mal. Todo estaba mal.

Su hermana empezó a llorar. Quiso soltarse.

Decía que no. Que no quería. Que no quería bajar.

Pero su madre la arrastraba. Él gritó. Desde atrás.

Con toda la fuerza de su voz pequeña. Pero su madre no lo miró.

Solo tiró de la mano de su hermana. Una vez. Dos veces.

Y entonces se fueron. La madre se arrojó al acantilado llevándose a la hermana del niño. Como si el mar las hubiera llamado. Desaparecieron en el vacío, sin un sonido.

Solo quedó flotando en el aire la cinta roja que su hermana llevaba siempre en el pelo. Giraba despacio. Caía muy lento. Como si aún dudara…”

Darío dejó el libro sobre sus piernas, aún abierto.

La habitación seguía igual, en penumbra, con la lámpara encendida como un ojo cansado. Pero dentro de él algo había cambiado. Le costaba decir qué. No era miedo, exactamente. Ni tristeza. Era una presión sorda detrás de los ojos. Como si algo, muy antiguo, muy enterrado, hubiera empezado a moverse.

No sabía por qué, pero no podía seguir leyendo.

No en ese momento.

Había una imagen en su mente. Borrosa. No lograba enfocarla, pero se aferraba a ella como si fuera importante. Como si fuera suya.

Intentó forzar el recuerdo. No llegó nada.

Solo esa sensación incómoda de tener algo a medio camino. Como una palabra atrapada en la garganta.

Como una memoria que respira, pero aún no despierta.

Cerró el libro despacio. No como un final.

Sino como una pausa inevitable.

Apoyó la frente en la mano.

Y esperó.

Sin saber bien a qué.