Capítulo 4 Un portal hacia sus pesadillas #3
Una punzada oxidada directa al corazón. El sonido de las carcajadas enlatadas llenó la sala, y sonó como una grotesca burla. El gato bostezó. Darío pensó en lo fácil que sería salir de allí sin despedirse.
Sin embargo, el escritor la escuchó en silencio durante media hora: una ristra de reproches, quejas, maldiciones y energía negativa.
Y, cómo no, sacando a relucir temas manoseados como el paupérrimo oficio de Darío, su falta de voluntad para reducir el sobrepeso o su falta de audacia para encontrar una esposa.
Él se dedicaba a observar la sala, con sus muebles antiguos, las figuritas inútiles de porcelana, la mesa llena de revistas pasadas, el olor a lejía y sopa recalentada, para evadirse de una conversación en la que su único protagonismo era ser puntualmente un saco de boxeo en el que descargar golpes.
El reloj marcaba mal la hora. Como siempre.
La misma casa de siempre.
El mismo bucle.
Una prisión camuflada de rutina.
Con una reja que nunca se cerraba.
***
Huyó, más que abandonó, la casa de su madre.
Al acercarse a la salida del edificio volvió a constatar que el lugar no había cambiado: una escalera con los escalones roídos, los muros descascarados, el suelo con manchas intactas, además de imborrables.
Y entonces, como en una escena que alguien hubiera preparado a propósito para incomodarlo, lo vio.
Un recuerdo de su adolescencia se desbloqueó. Un personaje inquietante que siempre le produjo un desagradable sabor de boca. ¿Cómo se llamaba aquel cuya familia era conocida como los cazarratas? Víctor, era Víctor. Y Raspini de apellido.
Víctor Raspini venía caminando desde la calle.
Llevaba puesto el uniforme de trabajo, con el logo bordado sobre el pecho y una carpeta gastada bajo el brazo.
Cojeaba levemente, como siempre, y su cuerpo delgado parecía demasiado afilado para la ropa que vestía.
Era como si la piel le colgara mal, como si le quedara grande la forma humana.
Su rostro estaba pálido, como encerado, y los ojos verdes —esos ojos que Darío no había olvidado nunca— brillaban con esa intensidad desconcertante, como si no parpadearan lo suficiente.
Las malas lenguas decían que la cojera era fruto de una infección mal curada provocada por una mordedura de rata. Sí, desde muy joven, Víctor había trabajado en el negocio familiar. Expuesto a los peligros del oficio de desratizador, sin apenas medidas de prevención de riesgos laborales.
Darío sintió una punzada inmediata de incomodidad.
No por el encuentro en sí, sino por la memoria que traía adherida.
Habían ido al mismo colegio. Nunca cruzaron más que algunas palabras.
Pero había algo que Raspini solía hacer, una pequeña obsesión que Darío jamás olvidaría: mirarle el muñón.
Aquella parte mutilada de su dedo meñique izquierdo —el recuerdo vivo de un accidente en la imprenta— se convirtió, durante años, en el centro de la atención silenciosa de Raspini.
Nunca hacía comentarios, nunca preguntaba.
Solo lo observaba. Cada vez que se cruzaban, ahí estaban los ojos verdes, fijos, casi hipnóticos, clavados en la ausencia de carne, como si aquello revelara algo que solo él podía ver.
Era una mirada que no buscaba respuestas. Era una mirada que contemplaba.
Y eso era peor.
El cruce es breve. No hay palabras ni gestos.
Solo un instante en el que sus miradas se encuentran y Darío vuelve a tener trece años.
Aquellos ojos verdes siguen mirándolo de la misma manera: sin afecto, sin desprecio, con una atención difícil de soportar.
Como si hubiera algo en él que mereciera ser estudiado.
Más aún desde el accidente. Desde entonces, sus ojos siempre terminan descendiendo hacia la parte ausente de su dedo.
Raspini no parece sorprendido de verlo. Tampoco contento. Solo pasa junto a él, cojeando levemente, con la carpeta bajo el brazo y los ojos apuntando al frente, como si su tarea fuera otra y Darío apenas un eco de su ruta.
Pero entonces, sus ojos lo enfocan.
Lo escrutan.
Lo destripan.
Y la mirada acaba en el dedo que no existe.
El instante, por su suerte, es breve. Se cruzan.
Darío lo observa desaparecer tras la esquina y no puede evitar preguntarse si aún vive en el piso de sus padres.
Recuerda haber oído que ambos murieron hacía ya años.
Tal vez Raspini se ha quedado solo. Aunque también recuerda que tiene un hermano menor, un muchacho con grandes carencias mentales.
De hecho, hacía años que no lo veía. A saber dónde lo tenía Víctor encerrado.
Al salir del edificio, respira hondo como quien deja atrás un espacio sin oxígeno.
Se encamina hacia la estación de metro. La bolsa con el libro cuelga de su mano como si pesara más de lo que debe. Se sienta en el banco del andén. Cierra los ojos. Y no piensa en su madre, ni en la visita, ni siquiera en la novela aún por escribir.
El tren llega. Sube. Se deja caer en el asiento junto a la ventana. Enseguida se queda dormido y no despierta hasta que su parada ha quedado bien atrás.