El Espejo de Los Dementes Capítulo 5 Una voz empapada en algo antiguo y enfermo
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Capítulo 5 Una voz empapada en algo antiguo y enfermo

La oscuridad no era total. Había un resplandor rojizo, como si alguien hubiese encendido una vela dentro de un pozo. Y un zumbido lejano, persistente, como si la casa respirara.

La mujer abrió los ojos. Tardó unos segundos en entender que estaba en el suelo. El frío del parqué le calaba los huesos. Un hilo cálido descendía por su frente, serpenteando hasta la sien, y cuando intentó moverse, un dolor brutal le cortó la respiración.

Algo estaba mal. Muy mal.

El salón. Estaba en el salón de su casa.

Reconocía la alfombra, la estantería, la lámpara derribada.

Pero todo estaba torcido, desplazado apenas de su sitio, como si la habitación no hubiera terminado de encajar alrededor de ella.

Parpadeó. Trató de levantarse, pero un alarido brotó de su garganta.

Su espalda… el dolor era insoportable. Como fuego atrapado bajo su piel.

Trató de tocarse y sus dedos tropezaron con el mango de un cuchillo clavado entre sus omóplatos.

No podía llegar a él.

No podía quitárselo.

Un gemido de horror se le escapó sin querer, pero enseguida se acalló. Porque entonces escuchó la voz.

Una canción.

Una nana, susurrada con voz quebrada, temblorosa, empapada en algo antiguo y enfermo.

—Shhh… duérmete, mi niño…

El corazón se le encogió como un puño.

Su hijo.

Alguien estaba cantando en el dormitorio de su hijo.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas al instante.

Intentó alzarse otra vez, pero sus piernas no respondieron.

Algo en su cuerpo estaba roto, desconectado.

No tenía tiempo para entender qué. Lo único que importaba era avanzar.

Arrastrarse. Sobre el vientre, como una sombra rota, dejando tras de sí un reguero de sangre que manchaba la madera.

Cada palmo ganado era una agonía. Sus uñas se partían contra el suelo. Su aliento era una ráfaga cortante de miedo y determinación.

La canción seguía. El ritmo era errático. Como si quien la cantara no conociera realmente la letra. O como si la hubiera olvidado hacía siglos.

—Shhh… duérmete… mi vida… duérmete… ya…

Reptando entre agonías alcanzó la esquina del pasillo. El marco de la puerta del dormitorio estaba allí, a pocos pasos, y más allá, la luz oscilante de una lámpara de aceite arrojaba sombras monstruosas en las paredes.

Y entonces la vio.

Una mujer.

No una criatura monstruosa, ni un espectro.

Era una mujer real… y eso lo hacía aún peor.

Estaba de pie junto a la cuna, inmóvil por momentos, luego balanceándose con lentitud, como si el acto de mecer al niño exigiera un esfuerzo titánico.

Su piel era cenicienta, plagada de manchas amoratadas y costras secas.

Su rostro, delgado y huesudo, parecía haberse encogido sobre sí mismo, con pómulos marcados y labios agrietados.

El cabello blanco, largo y apelmazado por la suciedad, le caía en mechones desordenados sobre los hombros.

Sus brazos temblaban ligeramente al apoyar las manos sobre el borde de la cuna.

Tenía el aspecto de una mujer a la que algo hubiese ido consumiendo lentamente desde dentro. Destrozada, enferma, desgastada por algo que no se podía nombrar.

Y su voz…

Su voz era ceniza. Era polvo soplado desde una tumba.

—Shhh… ya no llores… mamá está aquí…

El niño estaba allí, tumbado, con los ojos muy abiertos, inmóvil, rígido como un cadáver pequeño. Pero no lloraba. Ya no. Su pequeño pecho subía y bajaba con dificultad, como si respirar doliera.

La madre se detuvo justo en la entrada. No podía emitir sonido. El terror la mantenía clavada al suelo. Sus manos temblaban. El cuchillo en la espalda ardía como un sol negro. Su cuerpo no era suyo.

La mujer que acunaba se detuvo. Giró la cabeza lentamente, como si hubiera olido su presencia. Sus ojos, apagados, inyectados, se fijaron en ella.

Y sonrió.

Una sonrisa vacía en la que aparecieron dientes amarillos, escasos, como una reja por la que escapaba su aliento agrio y podrido. La sonrisa de alguien que alguna vez hubiera sabido lo que era amar, pero lo hubiese olvidado hace mucho tiempo.

—Ahora vuelvo, cariño —susurró, y dejó un beso húmedo y sucio en la frente del niño.

El pequeño giró su cabeza, y su mirada encontró a su verdadera madre. Sus ojos se agrandaron. Abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido. Solo aire.

La mujer se alejó de la cuna.

Pasó junto a ella. Caminaba arrastrando un pie, como si algo dentro de su cuerpo se hubiera deshecho. Cruzó el umbral.

Y con un gesto firme y seco cerró la puerta.

Oscuridad.

Silencio.

El niño, dentro, respiraba agitado.

Y entonces lo oyó.

Un gemido.

Una súplica quebrada, apenas un susurro.

Luego un golpe. Seco. Sordo. Como un cuerpo golpeando contra la pared.

Otro.

Más fuerte. Como si el alma se quebrara con él.

Otro.

Más largo. Más cercano.

Un cuarto. Más hueco. Como si algo blando se hubiese roto.

Un quinto. Acompañado de un quejido final. Apenas un murmullo de carne viva.

Un sexto.

Silencio.

No.

Un séptimo.

Y luego, sin pausa, como una lluvia brutal: octavo. Noveno. Décimo…

Después dejó de poder contarlos.

Golpes sin piedad. Como si aquello que estuviera fuera ya no golpeara un cuerpo, sino la idea misma de su existencia.

Y entonces, solo entonces…

Silencio absoluto.

En la cuna, el niño no parpadeaba.

Daniel Pinedo despertó con un grito ahogado que desgarró el silencio de la habitación como una hoz rasgando tela vieja.

El sudor le empapaba la frente, el pecho, las sienes.

Su respiración era un jadeo entrecortado, animal.

Los ojos, desorbitados, parpadeaban buscando una salida, pero solo encontraban la misma jaula blanca de siempre.

Las paredes estaban cubiertas de dibujos.

Cinco hojas cuidadosamente enmarcadas con cinta adhesiva, colocadas a diferentes alturas como trofeos silenciosos.

A simple vista, parecían dibujos de animales: un ciervo entre los árboles, un zorro dormido, un lobo aullando en la nieve, un gato sobre un tejado y una mariposa suspendida en el aire.

Dibujos simples, infantiles… pero en ellos había algo más.

Una quietud falsa. Una línea temblorosa en el trazo.

Como si los animales estuvieran vivos… pero no solos.

Eran sus dibujos más cuerdos.

Los únicos que el personal permitía colgar en su cuarto. El resto —los otros, los verdaderos— estaban guardados bajo llave en un archivador de acero en la oficina del doctor Albuquerque. Y nadie hablaba de ellos.

El cuarto, como todo en Rocablanca, era austero, sí…

pero no inhumano. Había una estantería pequeña con libros de fábulas, una silla acolchada junto a la ventana, una manta de lana gruesa sobre la cama.

Las ventanas tenían barrotes, pero también cortinas.

El ambiente olía a desinfectante, pero no a miedo.

Era un lugar diseñado para contener sin castigar.

Y, sin embargo, en ese momento, todo parecía una réplica amable del infierno.

Y sus manos… atadas. Firmemente. Envueltas en vendas, sujetas con correas al colchón, como una medida de protección. Para él. Para los demás. Para todos.

El grito aún vibraba en sus oídos cuando la puerta se abrió con rapidez ensayada. Dos sanitarios entraron sin sorpresa. Uno sujetó sus hombros, el otro preparó la inyección con la precisión de quien ya ha hecho esto mil veces.

—Vamos, Dani… tranquilo —murmuró uno, con voz fatigada, casi paternal.

Daniel no respondía con palabras, solo con espasmos. Su cuerpo quería huir de algo invisible. Algo que ya no estaba allí… o que nunca se había ido. El pinchazo fue rápido. Un suspiro. Una pausa en la locura.

—A dormir, campeón.

La puerta se cerró con un sonido metálico que no era cruel, pero sí definitivo.

Dani quedó solo. Su respiración fue bajando, aunque los temblores aún sacudían sus brazos.

El calmante lo arrastraba hacia un letargo denso, como barro en los pulmones.

Pero no llegó a dormirse del todo. Solo entrecerró los ojos.

Los párpados eran grietas, y por ellas asomaba un mundo roto.

Y entonces, en un susurro frágil, murmuró:

—...duérmete… mi vida...

La pesadilla de siempre. Una y otra vez.

Él, atrapado en la cuna, demasiado pequeño para huir, mientras la asesina de su madre lo mecía con una paciencia enferma. Cantándole una nana. Una voz rota, falsa, que pretendía consolar mientras la muerte aún estaba caliente en la habitación.

La canción se interrumpía solo para golpearla. Una vez. Otra. Hasta que el cuerpo dejaba de moverse. Y lo peor no era la violencia. Ni la sangre. Ni los sonidos húmedos de los golpes.

Lo peor era saber que no era un sueño.

Había ocurrido. De verdad.

Y aquello lo había quebrado para siempre.

Lo dejó abierto, sin defensas, como una herida que nunca cicatrizó. Algo antiguo se agitó en su interior, despertado por el horror: un instinto oscuro, primitivo, que aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser así.

Desde entonces, las tinieblas entraron en su alma sin pedir permiso.Y nunca se fueron.

¿Cómo vivir una vida normal después de haber visto eso?

Dani miró al abismo cuando aún estaba en una cuna.

Y el abismo lo reconoció.

Por eso se quedó a vivir allí.

***

Las puertas de metal del ala este se cerraron tras él con un ruido pesado, como si el hospital mismo se tragara su presencia.

Isaías Albuquerque avanzaba por el pasillo central del Hospital Psiquiátrico Rocablanca con la cadencia serena de quien conoce cada grieta en el suelo y cada sombra en las esquinas.

Su andar era firme, ceremonioso, casi ritual. Aquel era su reino.

Los enfermeros lo saludaban con una mezcla de respeto y recelo.

"Doctor", decían, inclinando ligeramente la cabeza, mientras él les respondía con un leve asentimiento y una mirada que parecía atravesarlos.

Sin levantar la voz, daba instrucciones, firmaba formularios que le extendían sin apenas leerlos y desviaba preguntas con respuestas breves, cargadas de una autoridad que no admitía réplica.

—Firme aquí, doctor, es sobre el paciente de la 204.