El Espejo de Los Dementes Capítulo 4 Un portal hacia sus pesadillas #2
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Capítulo 4 Un portal hacia sus pesadillas #2

—Viendo la angustia que desprende este libro… no me extraña cómo terminó su autor.

Algo dentro de Darío le impidió preguntar a qué se refería.

La curiosidad estaba allí, punzante, pero su intuición se alzó como un escudo contra la verdad.

No quería saberlo. No todavía. Como si ponerle palabras al destino de Laredo pudiera mancharlo a él también.

Darío sostuvo el ejemplar con ambas manos.

Era una edición antigua y estaba usado; la portada era austera, casi anónima, con letras gastadas que apenas se leían.

Pasó los dedos sobre la cubierta y sintió un escalofrío leve, especialmente en el muñón de su dedo inexistente.

***

Pagó y salió de la librería con el ejemplar en una bolsa perfectamente planchada.

Caminó en dirección al tranvía, pero al llegar a la esquina de la calle principal, algo lo detuvo.

Estaba a pocas calles del edificio donde vivía su madre.

Lo supo con ese tipo de reconocimiento que no pasa por el pensamiento, sino por el cuerpo: el nudo en el estómago, la tensión en la mandíbula, la necesidad de torcer la ruta y evitar el encuentro.

Pero esta vez no lo hizo. Se desvió. No sabía bien por qué.

El barrio le resultaba cada vez más ajado, aunque su madre seguía repitiendo que vivía en un sitio estupendo.

Edificios caducos, locales cerrados, pintadas vandálicas, parques descuidados.

En el recibidor del edificio, panfletos de publicidad estéril asomaban por la boca de los arcaicos buzones de latón, algunos con nombres borrados, otros reescritos y otros apenas legibles como el que indicaba el piso de Encarnación Cifuentes, su madre.

Subió las escaleras de siempre, atravesó el mismo pasillo cargado de olores rancios y recuerdos empaquetados en silencio.

Intentó abrir la puerta con sus llaves, pero estaba echada por dentro. Llamó con los nudillos, dos veces. Pasos arrastrados. Un cerrojo girando con desgana. Finalmente, la puerta se abrió unos centímetros.

—Mira quién es —dijo ella, sin entusiasmo—. Pensé que te habías olvidado de que tenías madre.

No esperó respuesta. Dio media vuelta y volvió al salón, donde la televisión bramaba con un programa de cotilleos a todo volumen. Se dejó caer en el sofá con un suspiro teatral, cogió el mando y bajó apenas uno o dos puntos el volumen.

Larry, el gato, estaba en el pasillo, tumbado al sol que entraba por la ventana. No se levantó, ni se molestó en mirar. Cuando ella pasó junto a él e intentó acariciarlo, se apartó con pereza, como si esquivara algo desagradable. Como si percibiera lo pérfida que era su dueña.

—Él por lo menos me quiere —murmuró ella—. No como otros, que vienen cuando les da la gana.

Era evidente que aquel gato no quería a nadie, pero sobre todo a ella. Pero le servía como manido arquetipo para reprochar algo mediante la comparación, en una competición de cariño entre el animal y los hijos. Una competición que, de celebrarse, terminaría empatada a cero.

Vivía en una primera planta con una pequeña terraza enrejada.

Junto a la cocina. Darío se acercó a por un vaso de agua que le aplacara la resaca y le diera unos segundos de tregua sin la presencia de su madre.

Allí pudo observar la reja de la terraza que, como siempre, colgaba abierta, oxidada, vencida.

—Deberías cerrarla —le decía cada vez que la visitaba.

—¿Y para qué? —respondía—. Aquí no pasa nada —añadía, refiriéndose al barrio y al edificio, con una seguridad que no admitía discusión, como si la humedad en las paredes y las baldosas sueltas fueran prueba de estabilidad y no de abandono.

En aquel momento, sentados frente a frente, en silencio, en una coreografía social de hastío y reproche, la conversación derivó pronto en Marta, su hermana.

—Desde que se fue a esa empresa en el extranjero, no hay manera de encontrarla. Un país distinto cada mes, como si no tuviera casa.

Hizo una pausa. Luego, con voz más baja:

—Se fue después de aquella discusión. Se enfadó, sí, pero tampoco era para tanto. Miró de reojo a Darío.

—Vosotros sois tan sensibles…

El escritor se limitó a asentir. Había pensado mucho en aquello, en cómo su hermana había terminado marchándose sin mirar atrás.

Y lo entendía. Marta no huía de un conflicto puntual, sino de una madre ingrata, incapaz de dar afecto sin reproche, que nunca les apoyó y que siempre les hizo sentir culpables de su cansancio, de su infelicidad, incluso, de forma velada, de la huida de su marido, aunque Darío y su hermana apenas fueran unos niños cuando sucedió.

Y si él seguía visitando a su madre de vez en cuando no era por afecto, sino por costumbre, por inercia.

Por su parte, su hermana Marta apenas telefoneaba dos veces al año a su madre, y de paso, tampoco a Darío, como si él formara parte del mismo pasado del que había querido escapar. Un daño colateral. Eso era. Nada más.

—¿Y tú qué? —preguntó su madre—. ¿Cómo va el trabajo?

Darío abrió la boca para responder, pero ella ya había desviado la mirada hacia la pantalla.

—A ver si algún día encuentras un trabajo de verdad —añadió, sin mirarle—. Lo tuyo no es trabajar. Lo tuyo es… escribir cosas raras. Quién va a querer leer esas cosas tan raras.