El Espejo de Los Dementes Capítulo 4 Un portal hacia sus pesadillas
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Capítulo 4 Un portal hacia sus pesadillas

Darío se dejó caer sobre el colchón con el peso de un cuerpo grande y pesado, sintiendo el calor del alcohol aún ardiéndole en la sangre. La erótica del escritor, pensó con ironía, observando el reflejo en el espejo del dormitorio tenuemente iluminado.

Su imagen no era la de un amante de novela. Torso ancho, vientre prominente, piel pálida salpicada de marcas de una vida poco generosa. No era el cuerpo de un galán, pero allí estaba, desnudo, en la cama de una mujer hermosa que lo miraba con deseo. Eso debía significar algo.

Después de la tertulia le había propuesto tomar una copa en algún sitio y ella había accedido.

Quién iba a pensar que un día tan desastroso iba a acabar tan bien coronado.

Ahora se encontraba en los dominios de ella.

Un dormitorio con un ligero aroma bohemio: algunas telas ligeras colgadas de la pared, fotografías enmarcadas de viajes y momentos especiales; sobre la mesita de noche y el escritorio había velas aromáticas, pequeñas figuras de madera y un par de piedras supuestamente exóticas que había ido coleccionando.

Entonces la muchacha, sonriéndole más con los ojos que con la boca, tiró de él con dedos juguetones, y pronto volvieron a enredarse entre las sábanas.

Las caricias, el calor de la piel ajena, el roce húmedo de sus bocas.

Todo era un borrón febril impulsado por el alcohol y el ansia de sentirse vivo.

El alcohol le daba audacia. Se movía con una confianza que rara vez poseía, controlando el ritmo, prolongando el juego, hundiéndose en el placer con la falsa seguridad de quien está más suelto de lo normal.

Los gemidos de ella le alimentaban el ego.

Sus manos exploraban, su boca reclamaba, y por un momento, se sintió dueño de la situación, del momento, del cuerpo ajeno.

Y entonces, un pensamiento.

Un error.

En un intento estratégico de desviar su mente del presente buscando la letanía del orgasmo, recordó la imagen del imbécil del fular.

Y con ella, el regocijo de haberle quitado la presa.

Pobre gilipollas, se dijo, embriagado aún por el éxito de la conquista.

Pero la figura de aquel perdedor arrastró consigo otro recuerdo: una grieta en la realidad, un eco de algo dicho en la tertulia, una frase que ahora se colaba entre los gemidos de la mujer debajo de él.

"Transcribió sus pesadillas…"

Darío cerró los ojos. ¿Cómo se llamaba aquel escritor al que se referían? Sí, Germán Laredo.

"Escribió una obra maestra de terror…"

Se vio a sí mismo escuchando con atención a aquel hombre en la tertulia. ¿Qué fue lo que dijeron?

"Se fue a una especie de casa mística que le conectó con su subconsciente…"

Algo así. El ritmo de su cuerpo se volvió más lento. Intentó reconstruir su recuerdo. Había leído que existían lugares con un magnetismo especial… lugares que podían conectar con la mente humana de una manera única…

¿Existen sitios así?

¿Y si era eso lo que llevaba toda su vida buscando? Un portal hacia sus pesadillas. Un umbral donde la frontera entre el sueño y la realidad se desmorona, permitiéndole sumergirse en el abismo de su propia mente?

Abrió los ojos.

Tomó conciencia de dónde estaba y, sobre todo, de a quién había dejado de prestar atención. Ella lo miraba desde abajo, con el ceño ligeramente fruncido, interrogándolo sin palabras.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Darío se dio cuenta de que su erección empezaba a desvanecerse. Se había desconectado del presente y de ella.

Mierda.

Intentó reconectar con la situación, avivar las ascuas.

Pero estaba nervioso. Por primera vez se percató del color de las sábanas, de color turquesa.

Después reparó en un cojín horriblemente estampado, lo cual venía a evidenciar que su mente había cortocircuitado.

Y entonces el olor llegó de repente. Un olor que no existía.

Pintura caliente. Pintura caliente amarilla.

¿Amarilla? ¿Era posible oler un color? Al parecer, para Darío no sólo era posible, sino que era un problema.

Su pecho se tensó. Conocía aquella situación, cuando empezaba a percibir olores que no estaban.

Era la señal de que su mente estaba empezando a embotarse, a derretirse en una espiral de pensamiento y pánico.

El estrés lo estaba paralizando. La ansiedad se disparó en su pecho como un latigazo.

Intentó retomar la cadencia de penetración, aferrarse de nuevo a la inercia sexual.

Entonces le vino un recuerdo de alguna de sus pesadillas. Apenas un parpadeo en su mente. Un chispazo en las sombras, o quizá una sombra en la luz.

Una cuna.

Unas manos decrépitas, con uñas amarillas, largas, descuidadas, agarrando el borde.

Una nana grotesca, silbada entre un aliento podrido.

Una madre arrastrándose por un pasillo con un cuchillo clavado en la espalda.

El olor a pintura se incrementó. La mirada de ella era ya una acusación.

Aquello era demasiado.

—¿Te pasa algo? —insistió la mujer.

El calor del momento se disipó. En su lugar quedaron la vergüenza, la frustración, la sensación de haber arruinado algo que tenía en sus manos. Darío apretó la mandíbula, maldijo en voz baja y rodó hacia un lado de la cama, lejos de ella. Allí todo había concluido.

Se quedó quieto, boca arriba, con los ojos fijos en el techo. Con la cabeza ardiendo de pensamientos y el cuerpo frío de fracaso.

***

El amanecer se filtraba a través de los edificios, tiñendo la ciudad con un resplandor mortecino.

En algún momento había llovido, y las calles aún conservaban el rastro de la noche, marcadas por charcos oscuros que reflejaban la silueta de Darío mientras caminaba sin rumbo fijo.

Su reflejo era un espectro deformado en la superficie temblorosa del agua sucia.

Con cada paso, sentía el desgaste del insomnio y la resaca disipándose, dejando solo un cansancio seco, profundo, incrustado en los huesos.

A su alrededor, la ciudad despertaba con la rutina mecánica de cada mañana.

Barrenderos avanzaban con sus escobas arrastrando hojas, colillas y papeles olvidados por la fiesta de la noche anterior.

Algunos comerciantes subían persianas metálicas con estrépito, bostezando mientras se preparaban para otro día de trabajo.

El aire tenía ese olor característico de la madrugada en la ciudad: mezcla de humedad, gasolina y café barato.

Darío se pasó una mano por la cara, sintiendo la piel tirante de agotamiento.

La americana, algo arrugada, colgaba doblada de un antebrazo.

Había dejado la casa de la mujer hacía poco.

Todo se había enfriado. Entre disculpas torpes y su evidente incomodidad, la conexión que habían tenido en la tertulia se desvaneció en la incomprensión y la decepción mutua.

No hubo intercambio de teléfonos, ni promesas de verse otra vez.

Solo un adiós sin convicción y la sensación de haber arruinado algo.

Y lo peor de todo era que ella tenía razón en su decepción.

Pero su mente ya estaba en otra parte. En Germán Laredo.

En la historia de aquel escritor envuelto en misterio, cuya única novela era un caos de terror y pesadillas.

Darío la había leído cuando era joven, pero su falta de madurez intelectual en aquel entonces le impidió comprenderla del todo.

Recordaba fragmentos sueltos, imágenes perturbadoras que se le quedaron grabadas, pero el conjunto de la obra se le escapaba como una sombra esquiva.

Decidió comprar un ejemplar. Se dirigió al centro de la ciudad, donde una librería grande dominaba la esquina de una avenida. Al llegar, la encontró cerrada. Suspiró. No le quedaba otra que esperar.

Cruzó la calle y entró en un bar de aspecto viejo pero acogedor.

Se sentó junto a la ventana y pidió un desayuno abundante: café solo, tostadas con mantequilla y, por puro antojo, un cruasán.

El hambre de toda la noche en vela lo golpeó de repente, y comió despacio, con verdadero apetito.

El sobrepeso no se mantiene solo, pensó para sí, no sin cierto humor sarcástico.

Fuera, la librería seguía cerrada, pero los empleados comenzaban a moverse dentro, preparándola para la apertura.

Cuando finalmente las puertas se abrieron, Darío fue el primer cliente en entrar. Allí lo conocían bien. No solo como cliente habitual, sino también como escritor; incluso había presentado uno de sus libros en aquel mismo lugar. Una presentación para olvidar, por cierto.

Aquel día su agente, Horacio Maldonado, había estado allí, merodeando entre el público con su bigote reluciente y su colonia empalagosa.

Horacio, siempre con sus trajes caros pero gastados, con los puños deshilachados y las solapas marcadas por sus manos grasientas, pasó más tiempo intentando seducir a una joven lectora que promoviendo la obra de Darío.

Ella, una mujer de mirada aguda y paciencia limitada, soportó sus gestos exagerados y su falsa sonrisa hasta que, harta, le dijo que tenía novio.

Horacio, lejos de rendirse con elegancia, lanzó una risa nasal y aseguró que él también tenía pareja, como si la broma pudiera salvar la situación.

Solo consiguió que ella hiciera una mueca incómoda y desapareciera entre los estantes.

Darío apartó ese recuerdo con un suspiro y fue directo al grano:

—Busco Los Cantos de las Corrientes, de Germán Laredo.

El encargado frunció el ceño, como escarbando en la memoria. Luego asintió lentamente.

—Sí, creo que nos queda un ejemplar. Déjame ver...

Mientras el encargado buscaba, Darío recorrió con la mirada las estanterías llenas de títulos, sintiendo la familiaridad del papel y la tinta vieja.

Las librerías siempre habían sido un refugio para él, un mundo donde las palabras daban forma a lo mágico, a lo abstracto, a cualquier universo por crear.

El librero le entregó el ejemplar con cuidado, como si le pasara una herida abierta, y antes de que Darío pudiera guardarlo en la mochila, murmuró sin mirarlo: