El Espejo de Los Dementes Capítulo 3 Feliz cumpleaños, Papá #3
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Capítulo 3 Feliz cumpleaños, Papá #3

Cuando su hijo no estaba, el anciano se aventuraba hasta la cocina con la misma cautela de un ratón husmeando en territorio de un depredador.

Abría el armario con manos temblorosas y sacaba dos rebanadas de pan de molde, el tesoro que ocultaba con cuidado para los días en que podía comer algo que no lo hiciera sentir como un animal.

Pero incluso aquella pequeña victoria tenía su precio.

Sus dedos hinchados y deformes luchaban por separar las rebanadas sin desgarrarlas, la rigidez de la artritis volviendo cada movimiento en una prueba de paciencia y dolor.

Intentaba untar la mantequilla con la torpeza de quien maneja herramientas demasiado pesadas para sus manos frágiles, viendo cómo el cuchillo resbalaba, dejando más grumos que una capa uniforme.

Al final, cuando lograba colocar la triste loncha de queso sobre el pan, sentía que había librado una batalla.

Pero cuando Hugo estaba, no tenía esa opción.

Su hijo le dejaba el plato frente a él, con carne para perros que compraba en barras plastificadas.

Aquello despedía un olor penetrante y denso, una mezcla entre grasa rancia y sangre vieja coagulada.

Había un matiz ferroso persistente, como monedas oxidadas dejadas demasiado tiempo bajo la lluvia.

Al abrir el envoltorio, el hedor se intensificaba, liberando una pestilencia agria, con notas de cartílago molido y vísceras procesadas.

El olor tenía una cualidad pegajosa, se adhería a la piel y a las fosas nasales como una película aceitosa, imposible de ignorar.

Para el anciano, cada bocado era un recordatorio de su miseria, un sabor entre lo salado y lo pútrido que le revolvía el estómago y le llenaba la boca de una textura pastosa y repulsiva.

"Si ellos pueden, tú también", murmuraba su hijo cuando se sentaba a su lado a la mesa, con ese tono frío que no era burla, sino algo peor: una certeza inquebrantable.

Y allí permanecía: silencioso, viendo la televisión, con la mirada perdida en su propia demencia, hasta que su padre se terminaba el plato.

Lo peor no era la comida. Ni el hambre. Ni el miedo constante.

Lo peor era la suciedad.

El hedor se aferraba a su piel, a su ropa, a la cama donde dormía sobre sábanas sin lavar durante meses, incluso cuando la incontinencia vencía su débil control y la humedad se volvía parte de sus noches.

Había implorado por sábanas limpias una vez.

Solo una vez. Hugo lo miró en silencio, sin parpadear, y al día siguiente, el agua de la cisterna dejó de correr.

El padre tenía su propio cuarto de baño adyacente al dormitorio, y a veces le cortaban el agua durante días o semanas.

Tiempo en el que vivía en sus propias inmundicias, atrapado en aquel rincón de la casa que había sido su prisión durante años.

Los pasos de su hijo resonaron en el pasillo. Se detuvieron frente a su puerta. El anciano contuvo la respiración. No podía verlo, pero sentía su presencia al otro lado de la puerta, un peso invisible que llenaba la habitación de un frío indescriptible.

El pomo giró.

La puerta se abrió con un crujido.

Hugo se quedó en el umbral, inmóvil, con los ojos oscuros explorando la penumbra del dormitorio. Su silueta se recortaba contra la luz del pasillo, alta, delgada, como un espectro que regresaba de entre los muertos. Inspiró profundamente y frunció la nariz con una expresión de asco.

—Vaya… —murmuró, con una sonrisa ladeada y repulsiva—. En la perrera huele mejor que aquí.

El anciano bajó la mirada. Su respiración era un jadeo apagado, contenido, como si temiera que hasta el aire que expulsaba pudiera provocar una reacción peor.

El hijo avanzó con paso pausado, dejando la puerta abierta a sus espaldas.

Algo en su mirada era diferente esa noche, un brillo inquietante, casi expectante.

Ladeó la cabeza y chasqueó la lengua, como si estuviera considerando algo.

—Creo que hoy es tu cumpleaños —dijo con una sonrisa que no tenía ni rastro de calidez—. Y te he traído algo especial.

El anciano sintió una descarga helada recorriéndole la espina dorsal.

Sus manos artrósicas temblaban al ritmo del horror.

Hugo dejó caer su mochila sobre la cama con un golpe sordo.

Se inclinó sobre ella y la abrió con calma, rebuscando en su interior como quien desenvuelve un regalo con cuidado meticuloso.

Primero sacó el martillo.

El metal estaba aún manchado de sangre, pequeñas costras oscuras adheridas a la cabeza del arma. Lo sostuvo un instante entre las manos, balanceándolo con familiaridad, como si lo estuviera pesando. Luego lo dejó a un lado y volvió a meter la mano en la mochila.

El anciano ya no respiraba.

Sacó una bolsa de plástico, deshizo el nudo y extrajo de su interior un bulto de tela arrugada. Lo sostuvo en el aire, dejando que el objeto se desplegara en toda su miserable crudeza.

Unos calzoncillos.

Usados y manchados por los estertores de un cadáver que afloja sus esfínteres.

El padre tenía el rostro desencajado de terror. Aquella no era la primera vez y por eso, cuando Hugo se acercó, muy despacio, con una sonrisa que se extendía de un lado a otro de su rostro, supo lo que venía a continuación.

Sabía que era absurdo pedir clemencia, porque era lo que alimentaba la maldad de aquel hijo. De hecho, él jamás se la mostró cuando era un tirano que apaleaba a un pobre niño y le impedía hacer sus necesidades durante el día. Pero era tal la repulsa que sentía que murmuró con un hilo de voz:

—No…

Pero Hugo ya está sobre él. Los calzoncillos húmedos y fríos se estrellan contra su cara con un golpe seco.

El hedor lo envuelve de inmediato, un aroma pútrido, acre, una mezcla de orina rancia y heces descompuestas que le hace dar arcadas al instante.

Intenta apartar la cabeza, pero Hugo se lo impide, sujetándolo por la nuca con una mano firme.

—No te resistas, papá. Saborea tu regalo.

Aprieta la tela contra su boca, forzándolo a inhalar, a absorber cada partícula de aquel horror impregnado en el tejido. Restriega la prenda lentamente, firme contra el rostro del anciano, quien intenta forcejear débilmente, pero su cuerpo apenas responde.

—Lámele los restos —susurra Hugo, con una dulzura repulsiva—. Vamos. No seas desagradecido.

Presiona más fuerte, hasta que el anciano siente la tela empapada metiéndose entre sus labios. Un sollozo se ahoga en su garganta. Sus ojos arden, no solo por el hedor, sino por la humillación devastadora.

Cuando Hugo por fin retira los calzoncillos, el anciano se deja caer hacia un lado, respirando entre espasmos, con el estómago revuelto y la dignidad hecha trizas. Lágrimas silenciosas ruedan por su rostro marchito.

Su hijo lo observa un momento con la cabeza ladeada, como si estuviera evaluando su obra. Luego se gira hacia la cama, guarda la ropa interior y el martillo en la mochila y se dirige a la puerta con indiferencia.

—Feliz cumpleaños, Papá.