Capítulo 3 Feliz cumpleaños, Papá #2
— Exacto —el hombre sonrió con autosuficiencia—. Por eso los sueños son tan inquietantes. Porque nos muestran cosas que nuestro consciente se niega a aceptar.
La frase quedó flotando en el aire un segundo, y fue entonces cuando alguien más, desde el fondo de la sala, habló por primera vez.
—No hay mejor novela de terror que una pesadilla.
El comentario cortó el aire con un filo inesperado. Darío, cuya mente divagaba entre su copa de ron y la posible capacidad amatoria de la chica, aterrizó al presente. Su instinto le obligó a rebobinar aquella conversación y aguardar el desenlace.
Todos se giraron hacia la figura que hasta ahora había permanecido callada. Era el hombre calvo, quien garabateaba algo en su cuaderno. Su expresión era neutra, y su mirada era cansada, cercada por arrugas y proyectada desde unos ojos hundidos en cuencas.
El del fular sonrió con aire condescendiente, como si estuviera encantado de que alguien hubiera mordido su anzuelo.
—Eso fue exactamente lo que hizo Germán Laredo en Los Cantos de las Corrientes.
Algunos en la sala asintieron, otros fruncieron el ceño, tratando de recordar si conocían la obra. Darío sintió un cosquilleo en la nuca.
—Cuenta la leyenda —prosiguió el hombre del fular, disfrutando su momento de erudición, sin dejar de tratar de enredar su mirada con la de la muchacha— que Laredo se retiró a una casa…
una casa mística, encantada, maldita, como quieran llamarla.
Un sitio apartado del mundo. Y que allí conectó con su subconsciente y se dejó consumir por sus pesadillas hasta que pudo transcribirlas todas en su libro.
El nombre de Germán Laredo golpeó la memoria de Darío como un eco lejano, algo enterrado en su mente desde hacía años.
Había leído Los Cantos de las Corrientes cuando era joven, cuando aún se esforzaba por entender el significado del verdadero terror en la literatura.
Era una obra laberíntica, para muchos una obra maestra, un rompecabezas de palabras cuya complejidad bordeaba la locura.
La primera vez que lo tuvo en sus manos, sintió que estaba sosteniendo algo más que un libro.
La prosa de Laredo no fluía de manera convencional; era un océano de frases entrecortadas, imágenes que se repetían como un delirio, pasajes que parecían escritos en estados alterados de conciencia.
El libro no contaba una historia, sino muchas, y todas estaban envueltas en una sensación asfixiante, como si algo terrible se escondiera entre sus páginas, esperando a ser descubierto.
Transcribir sus pesadillas.
¿No era eso lo que él estaba buscando?
Iba a profundizar más en todo lo que sabía de Laredo, de su obra, intentando recordar pasajes, cuando, de repente, la muchacha se levantó.
Lo hizo con naturalidad, sin interrumpir la conversación, dejando su copa sobre la mesa con un movimiento delicado.
Se deslizó entre las sillas y caminó hacia el baño con la misma gracia despreocupada con la que había escuchado a todos los presentes.
Darío la siguió con la mirada sin pensar en nada más.
Bajo esa ropa ancha, podía adivinarse una silueta apetecible.
Entonces, todo lo demás dejó de existir: Laredo, los cantos, la casa maldita, las pesadillas, la incomodidad de la tertulia.
Todo se ahogó bajo la sensación cálida y nebulosa del ron en su sistema, dejando en su mente un único pensamiento: llevar a aquella mujer a la cama.
***
El auto avanzaba por la carretera desierta, devorando la distancia en un silencio solo interrumpido por el traqueteo monótono del motor. La noche era un manto negro sobre los campos, y en la lejanía, apenas distinguible en la penumbra, se alzaba la finca.
Hugo Santacruz conducía con la mirada fija en la línea blanca que se deslizaba bajo los faros.
Su respiración era estable, su pulso tranquilo.
En el asiento del copiloto, la mochila descansaba como un cadáver inofensivo.
Dentro, el martillo aún tenía rastros de sangre, manchas resecas del color de la muerte.
Pero el martillo no era lo importante.
No esta vez.
El verdadero regalo estaba también en la mochila, dentro de una bolsa hecha una bola en sí misma. No era un obsequio improvisado. De hecho, no era el primero.
Disciplina.
La palabra envenenaba su mente.
Los recuerdos emergieron como cadáveres flotando en un río oscuro.
"Si los perros pueden aguantarse, tú también."
Tenía siete años cuando su padre impuso aquella gran lección.
Todo había comenzado aquella tarde. Su única tarea era sencilla: sacar a los perros al exterior para que hicieran sus necesidades.
Lo había hecho cientos de veces. Pero ese día se distrajo.
No recordaba en qué. Tal vez en mirar a través de la ventana, tal vez en un pensamiento fugaz, en imaginarse lejos de esa casa.
En imaginarse que otra vida era posible.
Pero se olvidó. Y los perros, sin más opción, ensuciaron la alfombra del salón.
Su padre los encontró primero. Hugo escuchó el grito desde la cocina, un rugido de ira que hizo temblar las paredes. Luego, los pasos. Luego, el golpe. Una bofetada violenta, salvaje, animal.
El primer golpe lo tumbó en el suelo. Luego varias patadas a una criatura que se ovillaba sobre sí misma intentando minimizar aquella tormenta de violencia. En algún sitio, su madre inválida escuchando todo.
Pero su padre no se conformó con la paliza.
No.
"Si los perros pueden aguantarse, tú también."
Ese fue su castigo.
No podría usar el baño en todo el día. No hasta la noche. Para que aprendiera. Para que empatizara con el sufrimiento de los animales mientras aguantaban sus esfínteres.
Para su padre, su dolor valía menos que la vejiga de un animal.
Aquel día, el pequeño Hugo trató de aguantar.
Lo intentó con todas sus fuerzas. Pero su cuerpo no era el de un adulto.
No tenía el control de sus necesidades. El ardor se convirtió en espasmos, en calambres que lo hacían doblarse sobre sí mismo.
Sus intestinos rugían, se retorcían, su vejiga era un nudo insoportable.
No lo logró.
Y se orinó encima. Pudo sentir el calor extendiéndose por su pantalón, la humedad pegándose a su piel. Entonces su padre lo miró, ya no solo con ira, sino también con asco. Luego una bofetada, una patada o un golpe de correa.
Y el castigo se alargaba por no cumplirlo. Una semana entera. Durante siete días no podría usar el baño hasta que llegara la noche.
Hugo trataba de contenerse. Pero su cuerpo lo traicionaba. Cada vez que su control fallaba, la correa hablaba. Cada vez que su estómago se rendía, su padre lo hacía pagar.
La regla también incluía la prohibición de defecar.
Y no siempre podría cumplirla tampoco.
Entonces los golpes se sucedían. Los castigos se alargaban.
Golpe tras golpe. Castigo tras castigo.
Cada día, cada maldito día, debía contenerse hasta que su padre lo permitiera. Hasta la noche. Si fallaba, la penitencia se multiplicaba. Si suplicaba, la correa de cuero hablaba por él.
La noche se convirtió en su única tregua y su peor tortura. Para cuando finalmente podía usar el baño, el dolor era tan insoportable que su cuerpo entero se sacudía en espasmos.
Hasta que Hugo dejó de llorar.
Al principio sí, pero entendió que las lágrimas solo lo hacían más débil. Así que dejó de llorar. Dejó de suplicar.
Y con el tiempo, dejó de sentir.
Años después, cuando su madre le susurraba "No llames la atención, haz lo que hacen los demás", no lo decía por su padre.
Lo decía por el resto del mundo.
Porque para entonces, Hugo ya no era un niño.
Era algo más.
Su locura siempre estuvo allí, dormida, hasta que su padre le entregó las llaves y la dejó salir.
***
El sonido de un motor en la distancia hizo que el anciano se estremeciera.
Se aferró con dedos temblorosos al brazo de la hamaca, como si aquel pedazo de madera pudiera salvarlo de lo inevitable.
La vibración del vehículo trepó por la tierra reseca del camino y se deslizó por el suelo de la vieja hacienda como un escalofrío, avisándole que su hijo estaba de vuelta.
Quiso levantarse, pero sus rodillas ya no le respondían como antes.
Su cuerpo era una cáscara quebradiza, agotada por los años y el miedo.
La televisión murmuraba imágenes sin sentido ante sus ojos nublados, pero no prestaba atención.
Solo contaba los segundos, escuchando el traqueteo de las ruedas al acercarse.
Su respiración se volvió un jadeo silencioso. Apretó los labios.
El motor se apagó. Un portazo. Pasos.
Su hijo estaba en casa.
Se quedó inmóvil en la hamaca, con la mirada fija en la pantalla como si aquello pudiera hacerlo desaparecer.
Sabía que a Hugo no le gustaba verlo deambulando por la casa.
"Los viejos deberían estar en sus tumbas", había dicho una vez con una sonrisa neutra.
Así que él permanecía allí, en su cuarto, fingiendo no existir.
Desde afuera, se escucharon los ladridos ansiosos de los perros.
Siempre lo recibían con un escándalo de patas arañando la tierra y gruñidos de emoción contenida.
El anciano cerró los ojos al escuchar cómo sus collares tintineaban al saltar sobre su hijo, moviendo las colas con energía.
Si alguna vez su hijo demostraba algo de humanidad, era con aquellos animales.
Una venganza intrínseca por el cariño que siempre le fue privado: tratar a los animales como familia y a él como un perro.
O peor.