El Espejo de Los Dementes Capítulo 3 Feliz cumpleaños, Papá
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Capítulo 3 Feliz cumpleaños, Papá

La Casona de Ockham era un lugar que pretendía ser bohemio, pero que en realidad olía a humedad y a café requemado.

La luz era tenue, con lámparas de pantalla amarillenta que colgaban del techo como frutos enfermos, proyectando sombras difusas sobre los muebles viejos y los estantes llenos de libros que casi nadie leía.

Darío entró con el ceño fruncido, la chaqueta ya le molestaba; de hecho, el mundo le molestaba en aquel momento.

En una sala apartada, preconcebida para reuniones de corte intelectualoide, se iba a celebrar la charla acerca de sus obras.

Apenas había ocho personas repartidas entre un par de mesas mal acomodadas, cada una con su copa o su café en la mano, hablando en un tono que pretendía ser intelectual, pero que no ocultaba la falta de verdadero interés.

Un hombre con gafas redondas y un fular color vino se inclinaba hacia una joven, sonriendo con la autosuficiencia de quien cree que cada palabra suya es una perla de sabiduría.

Él rondaría los cincuenta y tantos, con el cabello peinado hacia atrás y la barba arreglada con esmero.

Hablaba con una cadencia pausada, como si saboreara cada sílaba, mientras la miraba con un brillo mal disimulado en los ojos.

Darío lo catalogó como un escritor frustrado que tenía tanta facilidad para criticar la obra de los demás como cobardía en exponer algún trabajo suyo.

Ella, en cambio, parecía cómoda en su papel de musa casual.

Era joven, orbitando los treinta años, con el cabello largo y ondulado, adornado con pequeñas trenzas y abalorios.

Vestía una blusa holgada de colores terrosos y una falda larga que rozaba el suelo.

Su sonrisa era amplia, fácil, y asentía de vez en cuando, aunque su mirada deambulaba por la habitación como si buscara una ruta de escape.

En la otra esquina, un hombre delgado y calvo garabateaba algo en una libreta con expresión concentrada, pero cada tanto alzaba la vista y espiaba a la chica, como si su inspiración dependiera de ella.

A su lado, una mujer con el pelo recogido en un moño tenso bebía un café con gesto severo, escuchando a medias la conversación del fular mientras tamborileaba los dedos sobre la mesa con impaciencia.

Darío suspiró. Se adentró en la sala y fue saludando y agradeciendo uno por uno a todos los asistentes.

Interceptó a un camarero descuidado al que pidió vitaminas para aguantar aquello: un ron con cola en copa de balón.

No era especialmente paciente en ceremonias sociales y tendía a anestesiar su sentido de la realidad a fuerza de combinados de ron con Coca-Cola hasta emborracharse.

En palabras suyas, alguna vez había confesado a algún amigo que él era un oso que se pasaba la vida invernando en su guarida y solo salía de allí de vez en cuando para emborracharse y, si era viable, aparearse con alguna hembra.

Se sentó en la mesa central, donde lo esperaban para hablar de su obra, como rodeado por el enemigo en todos los frentes.

Sabía lo que venía: preguntas que ya había escuchado antes, comentarios obvios, intentos de analizar su escritura con más profundidad de la que realmente tenía.

No le interesaba explicar sus libros, no porque fueran complejos, sino porque en el fondo sentía que eran un fraude.

Un conjunto de palabras armadas con torpeza, sin alma, sin verdad.

El moderador de la tertulia, un hombre con chaqueta de pana y expresión indulgente, se aclaró la garganta y tomó la palabra.

—Bienvenidos a una nueva noche de literatura en La Casona de Ockham.

Hoy tenemos con nosotros a Darío Salvatierra, autor de El Reflejo del Crimen y La Ciudad de los Cuchillos.

Su obra ha sido descrita como un thriller de atmósfera inquietante, con un estilo que recuerda a los grandes clásicos del género negro.

Darío apretó los dientes al escuchar esa última parte. Descrita por quién, pensó con ironía. Cuando leía una crítica positiva de su obra, no podía evitar sentirse como un impostor, como un advenedizo en el terreno de la verdad.

—Darío —continuó el moderador—, cuéntanos un poco sobre tu proceso de escritura.

El escritor miró la copa de ron frente a él. El hielo flotaba lentamente en el líquido oscuro, derritiéndose como su paciencia. Se aclaró la garganta y respondió con voz grave y cansada.

—Mi proceso de escritura no tiene ningún misterio. Me siento frente al teclado y trato de escribir algo decente. A veces lo logro. A veces no.

Hubo una pequeña risa incómoda en la sala.

El hombre del fular sonrió con condescendencia, como si ya esperara esa respuesta.

La joven de la blusa holgada apartó la mirada, quizás decepcionada por su falta de entusiasmo.

Darío se maldijo por no haber preparado alguna respuesta brillante, o al menos haber intentado improvisarla; de hecho, la palabra era su herramienta de vida.

Pero un largo sorbo a su copa daba por cerrada su mediocre respuesta.

El moderador asintió, intentando mantener la conversación en marcha.

—Tus novelas tienen un tono oscuro, casi opresivo. ¿De dónde viene esa inspiración?

Darío jugueteó con el fuste de su copa. De repente, deseó encerrarse en su habitación vacía durante horas, días, eras.

Pensó en sus pesadillas. Aquellas que lo atacaban cada noche.

Sus amaneceres, empapado en sudor, el corazón martilleándole el pecho, las sábanas revueltas como si hubiera estado forcejeando con algo en la oscuridad.

Sabía que soñaba con cosas terribles, pero los detalles se deshacían en su mente apenas abría los ojos, como tinta diluyéndose en el agua.

Solo quedaba la sensación de haber estado en un lugar donde no debería, de haber visto algo que su conciencia se negaba a retener.

Siempre intentaba aferrarse a los fragmentos sueltos, atraparlos antes de que se evaporaran.

Por eso tenía el cuaderno en su mesilla, esperando con las páginas abiertas como un testigo silencioso de su propio horror.

Se obligaba a escribir en él, aunque fueran solo palabras sueltas, imágenes inconexas, sensaciones vagas que se disolvían en cuanto intentaba darles sentido.

Pero sus notas no eran recuerdos, sino jirones de una historia que se resistía a ser contada.

“Manos que no son manos.”“Pasos en el techo.”“Una caja de música con dos dedos amputados dentro.”“Una mano extraña meciendo la cuna.”

Leía esas frases por la mañana y sentía un escalofrío en la columna.

¿De verdad las había escrito él? ¿Qué significaban?

¿Eran recuerdos de su sueño o algo más? A veces tenía la inquietante sensación de que no era él quien anotaba esos fragmentos, sino alguien más, algo más, susurrándole en la oscuridad.

La impotencia de no recordar lo volvía loco.

Era como si su propia mente conspirara contra él, ocultándole aquello que más necesitaba entender.

Y, sin embargo, en el fondo, sospechaba que era mejor así.

Aun así, había algún remanente de ese terror nocturno que permanecía con él cuando escribía, aunque nunca escribiera sobre ello.

Pero no iba a hablar de eso.

—Supongo que me sale natural. —Se encogió de hombros—. No soy muy bueno escribiendo historias felices.

La tertulia continuó, avanzando entre preguntas previsibles y respuestas que Darío lanzaba con desgano. Cada tanto, se llevaba la copa a los labios, dejando que el ron le quemara la garganta, aferrándose a la anestesia que le proporcionaba el alcohol.

***

En el futuro, Darío meditaría sobre la importancia vital de aquella noche.

Cómo aquella insulsa tertulia cambiaría su vida para siempre.

Cómo un simple comentario lanzado al aire es capaz de alterarlo todo.

Cómo, si en ese momento hubiera estado en el baño —una de las tres veces que fue a orinar las cuatro copas de ron que tomó—, todo se habría evitado.

Pero no.

El dedo invisible del azar tocó una simple palanca.

Y toda la maquinaria del destino empezó a mover sus engranajes, uno tras otro, cada uno más grande que el anterior.

Y desembocaría en un remolino de caos, sangre, horror y locura.

La tertulia avanzaba con la inercia de un tren viejo y oxidado, sacudiéndose entre comentarios vacíos y observaciones previsibles.

El moderador trataba de mantener el interés con preguntas que sonaban más a fórmulas ensayadas que a verdadera curiosidad, mientras los asistentes alternaban entre sorbos de café y miradas furtivas a sus teléfonos.

Darío, por su parte, estaba en otra parte de su mente.

Sentado en su silla, con la espalda encorvada y los dedos jugueteando con el borde de su copa vacía, se dedicaba a observar.

Había aprendido hacía tiempo que en este tipo de eventos lo mejor era dejar que los demás llenaran el silencio con su propio ego.

Hubo un momento en que la joven de la blusa holgada le aguantó la mirada un segundo extra.

De repente, todo aquello tomaba otro cariz; quizá pudiera sacar algo positivo de aquella noche.

Su instinto animal le cosquilleó, a la espera de que ella le diera más pistas.

Pero el hombre del fular también parecía querer impresionar a la chica.

Y, a diferencia de Darío, no se limitaba a observar.

Dominaba la conversación, ya descaradamente dirigiéndose a ella casi todo el tiempo a pesar de que aquello se suponía que era una tertulia abierta.

—Es fascinante cómo el suspense se construye con lo que no se dice —dijo él, apoyando un codo en la mesa, inclinándose apenas para acortar la distancia con la joven—. Lo que se insinúa, lo que se deja en el umbral de lo comprensible. ¿No crees?

Ella sonrió con educación, pero no respondió de inmediato. Dio un sorbo a su copa de vino, pensándolo, y finalmente asintió.

—Sí… supongo que lo que más miedo da es lo que no podemos entender del todo.