Capítulo 2 ¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
La pregunta flotó en el aire, envuelta en el lejano bullicio de la feria.
Aquella pregunta danzaba en su lengua, un susurro apenas audible, un juego privado que lo entretenía más de lo que debería.
Fingió preguntárselo a un transeúnte que se perdía en la distancia, pero este nunca se giraría. Nunca la escucharía.
Así que no.
No quería ser asesinado.
La gente reía, bebía, se abrazaba con efusión etílica. La carpa principal de la Feria del Vino ardía en luces y música. El olor a uva fermentada y carne asada se mezclaba con el sudor espeso de la multitud.
Pero él estaba fuera. En la penumbra. En su sitio.
Hugo Santacruz aguardaba en la sombra, sentado en un escalón a las afueras de la carpa, allí donde la oscuridad lo disolvía lentamente, convirtiéndolo en un fragmento más del paisaje nocturno, una silueta sin nombre sostenida por la penumbra.
Con la espalda erguida y los codos apoyados en las rodillas, observaba.
Una mochila preparada entre las piernas.
Bajo la visera de la gorra, sus ojos iban de un rostro a otro, buscando algo muy concreto.
Cada tanto, cuando un candidato se alejaba en solitario del bullicio, sus ojos lo perseguían y sus labios esbozaban la pregunta.
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
El murmullo de su propia voz lo entretenía.
Era como tirar un anzuelo en un lago en calma.
Esperar a que algo, alguien, mordiera el anzuelo.
Sus labios apenas se movían cuando alzaba al viento la pregunta, como si la estuviera ensayando en silencio.
Nadie lo escuchaba. Nadie le prestaba atención. Y eso estaba bien.
Un hombre pasó tambaleándose cerca, con la camisa desabotonada y el vaso de vino inclinado de más. Hugo lo observó sin mover la cabeza, con la calma de un depredador oculto entre la maleza.
Demasiado joven.
No. No era el indicado.
Lo dejó marchar, ignorante este de lo cerca que había tenido la guadaña de la muerte junto a su cuello.
Las luces titilaban en la carpa principal.
Dentro, la música subía de intensidad. Afuera, la gente se dispersaba poco a poco, en grupos de dos o tres, buscando aire o simplemente alejándose de la algarabía.
Una pareja pasó a su lado, la mujer riendo con la cabeza echada hacia atrás, el hombre sosteniéndola por la cintura con manos torpes.
Hugo los siguió con la mirada, sintiendo algo frío en el fondo de su pecho. Un eco distante.
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
La pregunta danzó en su cabeza como un juego siniestro. Pero aquel hombre tampoco cumplía los requisitos; además, iba acompañado. Otro grupo salió de la carpa, riendo entre empujones torpes. Automáticamente descartados.
La espera era un arte. Un ejercicio de paciencia, de control.
Cazar no era solo elegir una presa y lanzarse sobre ella. No. Cazar era comprender el ritmo de la noche, escuchar el pulso de la multitud y aprender a deslizarse en su cadencia sin alterar nada. Era como hundirse en el agua sin provocar ondas, como ser parte del aire mismo.
Hugo lo sabía. Lo sentía en los huesos.
No era la primera vez que esperaba. Había aprendido a hacerlo con la dedicación de un monje, con la precisión de un relojero.
Sabía cuándo un cuerpo estaba lo suficientemente ebrio para no poner resistencia.
Sabía leer los titubeos en el andar de los hombres que buscaban la oscuridad.
Sabía distinguir entre quien solo necesitaba aire y quien realmente se alejaba lo suficiente como para no ser encontrado.
Definitivamente, la espera era el momento más puro. El instante donde el mundo aún no había cambiado, donde todo seguía en equilibrio, donde la sangre aún no había sido derramada.
Era el último respiro antes de la caída.
Y Hugo lo saboreaba.
***
A veces, en el centro mismo de la espera, Hugo recordaba a su madre cuando lo miraba como si viera algo que no quería ver. Como si en sus ojos, tristes, a veces amoratados de los golpes del salvaje de su marido, se reflejara la inevitable transformación de un niño normal a otra cosa.
Como si, desde que tenía memoria, ella hubiera sabido algo que él mismo aún no comprendía del todo. Algo que no se atrevía a nombrar, pero que flotaba en el aire cada vez que él entraba en una habitación.
Estaba en la forma en que lo miraba de reojo cuando creía que él no la veía. En la manera en que su voz bajaba un tono cuando le hablaba.
“Hugo… hay cosas que no debes mostrar. Nunca. Ni siquiera cuando estés solo.”
“Pasa desapercibido, hijo. Siempre. Es lo más seguro para todos. Incluso para ti.”
Nunca supo a qué se refería exactamente. Pero con los años… empezó a sospecharlo.
Y luego, a entenderlo.
Y ahora, en noches como aquella, entre el bullicio lejano y la oscuridad que lo abrazaba, esas palabras regresaban, tibias y punzantes, como una advertencia.
“Sonríe cuando los demás sonrían. Haz lo que los demás hacen. Y nunca muestres lo que realmente piensas.”
Ella lo quería. A su manera, silenciosa y temerosa, pero lo quería. Era su único vínculo con algo parecido al afecto, a la ternura. La única grieta por donde la luz de una vida normal, una vida humana, parecía filtrarse.
Y aunque nunca fue una madre cálida —no podía serlo, no después de todo lo que había vivido con el animal de su marido—, su presencia bastaba para mantener algo dormido dentro de Hugo. Algo que no tenía nombre, pero que él sentía a veces, latiendo bajo su piel como un animal contenido.
Cuando ella murió, cuando lo dejó solo con el monstruo que era su padre, el mal dentro de él se desató.
No fue un estallido ruidoso. Fue un derrame lento, inevitable.Como una grieta que por fin cede bajo la presión del abismo.
***
Entonces lo vio.
Un hombre mayor, orondo, terriblemente borracho, sucio, que se alejaba, deslizándose entre las sombras más allá de la carpa, hacia la zona menos iluminada del recinto. Un campo de tierra baldío lleno de matorrales secos que se perdía en la oscuridad.
Hugo se tensó. Dedujo que el borracho se alejaba seguramente a mear. Demasiado orgulloso para hacerlo junto a los demás, demasiado reservado para seguir la euforia del vino y la música. Un hombre que buscaba soledad.
Perfecto.
Hugo se levantó con lentitud, sacudiéndose el polvo invisible del pantalón.
Era la señal que había estado esperando.
Se ajustó la chaqueta, deslizó la capucha sobre su cabeza con un movimiento fluido, un gesto ensayado cientos de veces.
La tela rozó su nuca, envolviéndolo en la sombra.
Bajó la mirada, la visera de la gorra oculta bajo la capucha, y se puso en marcha.
Comenzó a andar tras él, con pasos medidos, silenciosos, como si la sombra lo reclamara como suyo.
Esquivó con naturalidad cualquier presencia humana, evitando los charcos de luz, desviando su trayectoria cada vez que un grupo se acercaba demasiado.
Finalmente, una ojeada al contorno le confirmó que nadie reparaba en él, solo era una figura más que cruzaba una calle para adentrarse en el solar.
—¿Quiere usted ser asesinado esta noche?
Esta vez, la pregunta no fue un juego. Esta vez, en su interior, ya tenía la respuesta.
Hugo sintió un escalofrío placentero.
La espera había terminado.
***
A lo lejos, la figura del hombre mayor se deslizaba más y más hacia la oscuridad.
La camisa de cuadros ondeaba apenas con el viento nocturno, los tres botones desabrochados revelaban un pecho cubierto de vello húmedo de sudor.
En su muñeca, el reflejo dorado de un reloj parpadeó por última vez antes de extinguirse en la negrura.
Hugo se adentró en el terreno siguiendo sus pasos.
El hombre arrojó el vaso sin mirarlo caer. No necesitaba más vino. Solo necesitaba alejarse, encontrar la intimidad de la noche para dejar que su cuerpo se librara del exceso. Su andar era torpe, guiado por la vergüenza, por el deseo de no ser visto en su miseria.
Ese pudor iba a costarle la vida.
Se detuvo. Sus hombros se encogieron, sus manos se aferraron a las rodillas y, con un gemido gutural, empezó a vomitar.
Un espasmo, un borbotón de líquido espeso estrellándose contra la tierra seca.
Arcadas violentas sacudieron su cuerpo mientras maldecía en voz baja, escupiendo restos de alcohol y comida a medio digerir.
Hugo abrió la mochila de forma metódica. Su mano se cerró sobre el mango de madera y sacó el martillo de cabeza metálica. Lo sostuvo con firmeza, sintiendo su peso, acomodándolo en su palma como un viejo amigo.
El hombre jadeó, su respiración rota entre arcadas. No sintió la presencia que se deslizaba detrás de él. No escuchó el sigilo con el que la muerte se acercaba.
Con el cuerpo aún inclinado, las manos sobre las rodillas, seguía ocupado expulsando su miseria, indefenso.
Hugo alzó el martillo con ambas manos.
Y lo descargó con furia sobre su nuca.
El sonido fue seco, un golpe fuerte seguido de un cuerpo desplomado sobre su propio vómito.
Hugo se quedó quieto, la respiración contenida. Sus ojos recorrieron la oscuridad, escaneando cada rincón, buscando testigos en la noche. Pero nadie lo había visto. Nadie lo había oído.
A lo lejos, junto a la carpa, figuras borrosas se movían bajo la luz. Demasiado lejos. Demasiado ajenas.
Se agachó junto al cuerpo, apoyó una rodilla en la tierra. Y con la misma meticulosidad con la que había esperado, levantó el martillo una vez más.
El segundo golpe fue brutal.
El tercero, metódico.
El cuarto, innecesario.
Pero, aun así, continuó.
***
El martillo, aún sin limpiar, descansa dentro de la mochila. En sus manos, los guantes de nitrilo negros, estirados sobre su piel como una segunda capa, se mimetizan con aquel ecosistema de oscuridad y muerte.
Hugo está sentado sobre una piedra lisa, con la espalda relajada y las piernas ligeramente abiertas.
Observa el cadáver con interés, como quien analiza una obra en proceso, evaluando el resultado de su trabajo.
Mira su reloj. Han pasado quince minutos.
Suficiente. Se incorpora con calma. Se inclina sobre el cuerpo y lo gira con ambas manos hasta dejarlo boca arriba.
Empieza con el cinturón.
Desabrocharlo es fácil. Lo desliza con un tirón seco, escuchando el cuero rozar la tela con un siseo. Luego se agacha y desata los zapatos. Los retira con un movimiento preciso, uno tras otro.
Después, con la misma meticulosidad, toma una pierna por el tobillo y tira del pantalón hasta liberarla.
Luego la otra. El cadáver se mueve con la rigidez creciente de la muerte, lo que hace la tarea más engorrosa.
Vestir a un muerto es una tarea complicada.
Desvestirlo, más aún. Pero Hugo tiene paciencia.
Cuando los pantalones están fuera, se toma un momento para observar el cuerpo.
La desnudez parcial lo transforma: ya no es un hombre, sino un volumen inerme, una forma silenciosa entregada al suelo.
La piel pálida refleja la luz de manera desigual, como si aún conservara ecos de vida.
Hugo lo contempla sin prisa, dejándose llevar por una calma extraña, casi respetuosa, como quien observa el final de un proceso inevitable.
Luego, sin dudar, le quita los calzoncillos.
Son grandes, grises, sucios. Los sostiene unos segundos en la mano enguantada, examinándolos con la misma fascinación con la que un coleccionista estudia su última adquisición.
El rigor mortis ha hecho su efecto. Los esfínteres del cadáver se han abierto.
Mejor.
Camina hasta la mochila, la abre con una mano y saca una bolsa de plástico. Introduce la prenda en su interior, la envuelve con cuidado, asegurándose de que queda bien sellada. Luego, la guarda en la mochila.
La caza ha terminado.
Ya tiene su botín.