Capítulo 1 Mamá ya vendrá. #3
Se levantó de la silla y fue al baño. Se miró en el espejo. Las ojeras estaban más profundas de lo normal, su cabello era un desastre y su camiseta estaba arrugada y manchada de sudor. Y ahora, también de tomate.
Necesitaba una ducha. Un café. Una pastilla que proporcionara ganas de vivir. Y, sobre todo, necesitaba que esa noche terminara antes de empezar.
***
El traqueteo del tranvía resonaba en los huesos de Darío, un ritmo monótono que se fundía con el murmullo bajo de los pasajeros y el crujir ocasional de las viejas vías bajo las ruedas metálicas.
Afuera, la ciudad se deslizaba entre luces anaranjadas y sombras alargadas, la tarde muriendo lentamente sobre los edificios y calles mojadas.
Él iba sentado junto a la ventana, la espalda recta, las manos entrelazadas sobre sus rodillas.
Se sentía extraño dentro de su propia piel, incómodo en la chaqueta americana que apenas usaba, con el cuello de la camisa rozándole la garganta.
Se había afeitado con exagerada precisión, tanto que la piel ardía enrojecida bajo la capa de colonia barata que lo envolvía como un sudario afrutado y artificial.
Demasiada colonia. Horacio siempre decía que había que “crear presencia”. Ahora sentía que su presencia apestaba.
Cada sacudida del tranvía hacía que los cuerpos se balancearan en una coreografía involuntaria, los pasajeros aferrándose a los tubos de acero con manos sudorosas o simplemente dejándose llevar, como si ya hubieran aceptado ser parte del mecanismo gastado de la ciudad.
El reflejo en el vidrio le devolvía una imagen imprecisa de sí mismo. A veces, en el reflejo, su mirada se cruzaba con la de algún otro pasajero, quien, sumido en una espiral de tedio, miraba a la ventana evitando cualquier sociabilización.
Hasta ese punto, todo parecía rutinario: la habitual procesión de pasajeros ensimismados, atrapados en la monotonía de un viaje sin rostro.
Pero había algo más.
Algo que… ¿quería salir?
Darío recorrió el vagón con la mirada, como un náufrago en busca de un faro, tratando de atrapar lo invisible, de hallar el origen de esa opresión que le estrujaba el pecho como una mano espectral.
Los pasajeros eran sombras atrapadas en la rutina, figuras marchitas por la monotonía del viaje.
Un hombre de traje arrugado y corbata torcida dormitaba con la cabeza ladeada, los párpados temblorosos, como si en sus sueños aún estuviera atrapado en una oficina sin ventanas.
A su lado, una mujer con el rostro cetrino mascaba chicle con insistencia, el ritmo seco de su mandíbula marcando el pulso de su impaciencia.
Más allá, un joven con capucha y auriculares desgastados tamborileaba los dedos sobre su mochila, absorto en un ritmo que solo él escuchaba.
Frente a él, una anciana con el cabello teñido de un rubio artificial apretaba un bolso de cuero sobre su regazo, con los nudillos pálidos y tensos, como si temiera que alguien, o algo, se lo arrebatara en cualquier momento.
Pero Darío apenas los veía como individuos. Eran parte del paisaje gris del tren, de ese cuadro de cansancio colectivo que se repetía en cada vagón. Sin embargo, algo se rompía en esa monotonía. Un detalle fuera de lugar, una presencia que su mente no lograba enfocar.
De repente, notó que estaba sudando. La americana parecía encerrarle el cuerpo. Cerró los ojos, su mano aferrada a la baranda con todas sus fuerzas.
El traqueteo del tranvía se volvió un susurro lejano, como meciéndolo en una cuna.
La cuna.
Algo sobre una cuna, en su pesadilla de esa noche.
Abrió los ojos, como si hubiera recibido una descarga repentina. Instintivamente, buscó su cuaderno para anotar el recuerdo que le venía, pero descubrió que no había ninguno. Mierda, murmuró. Es posible que tuviera más de cien cuadernos en casa, y ahora que necesitaba uno…
Una voz que canturreaba palabras a medias.
"Shhh… duérmete, mi niño."
Un escalofrío subió por su espalda.
Un olor inexistente empezó a invadirlo.
Hojas de olivo, secas, machacadas.
El tranvía pasó bajo un túnel breve. La luz pareció titilar. En el reflejo de la ventana, por un segundo demasiado largo, creyó ver otra cosa.
Un rostro. Pálido. Arrugado. Una sonrisa que no era suya.
Dos dientes amarillentos asomando en la penumbra.
Sintió un vacío helado en el pecho. Un relámpago de pavor le cruzó el cuerpo.
Las hojas secas se intensificaron.
Parpadea, respirando hondo. El túnel queda atrás, la luz regresa, y de repente, nuevamente, solo está él en el reflejo.
Su propio rostro ojeroso, su expresión tensa.
El recuerdo se desvanece de su mente, el mundo vuelve a ser el que era.
Intenta retenerlo para apuntarlo después, pero una vez más, su pesadilla se disipa como si nunca hubiera existido.
Y, sin embargo, se alegra de no poder adentrarse en aquel momento en los calabozos de su memoria.
Alza la vista al cartel luminoso. Solo quedan dos paradas para La Casona de Ockham. Lanza una sonrisa irónica para un público compuesto por él mismo. Lo único peor que esas pesadillas es la idea de hablar de su libro frente a desconocidos.