Capítulo 1 Mamá ya vendrá. #2
Años atrás, Darío había trabajado en una imprenta, un lugar gris y monótono donde el aire olía a tinta vieja y aceite de máquinas.
Era un oficio que no amaba, pero que le permitía pagar el alquiler de su pequeño y mugriento apartamento en las afueras de la ciudad.
Cualquier sitio siempre sería bueno si no estaba en el radio de acción acusador de su madre.
Fue en ese lugar donde su vida cambió drásticamente.
Un día, mientras ajustaba los rodillos de una prensa, un fallo mecánico lo dejó con un dedo menos.
El meñique de su mano izquierda quedó atrapado entre los engranajes, y aunque el dolor físico fue intenso, lo que siguió fue una serie de eventos que moldearon su destino.
Después de años de demandas y trámites legales, consiguió una indemnización considerable.
No era riqueza, pero para alguien como Darío, acostumbrado a la precariedad, aquel dinero era casi un milagro.
Con esos fondos, decidió cumplir su sueño de publicar su primera novela.
Pagó de su propio bolsillo la edición de La Ciudad de los Cuchillos, un thriller policiaco oscuro y lento que pasó completamente desapercibido.
Las librerías apenas lo distribuyeron, y los pocos que lo compraron se quejaron de su trama confusa y personajes olvidables.
Pero para Darío, aquello no importaba. El simple hecho de tener un libro con su nombre en la portada era suficiente.
Durante un tiempo, incluso creyó que su vida estaba encaminándose hacia algo mejor.
Todo cambió cuando conoció a Horacio Maldonado, un agente literario con la sonrisa fácil de un vendedor de coches usados y una reputación que oscilaba entre "visionario" y estafador.
Horacio lo encontró en un pequeño evento literario, donde Darío, nervioso y tímido, intentaba repartir copias gratuitas de su novela a cualquier persona que quisiera escucharlo.
Maldonado lo observó desde el fondo de la sala, ajustándose los puños deshilachados de su traje caro pero desgastado, evaluando al escritor como un depredador que calcula cuánto esfuerzo requerirá su próxima presa.
Horacio era un personaje peculiar. Su bigote fino y perfectamente recortado parecía diseñado para desviar la atención de su expresión calculadora.
A menudo pasaba la mano por encima del bigote cuando mentía, como si ese gesto pudiera borrar sus palabras y dejar solo una vaga impresión de carisma.
Sus trajes, aunque alguna vez elegantes, estaban llenos de pequeños defectos: manchas grasientas en las solapas, costuras gastadas en los puños, vestigios de arrugas mal planchadas.
Siempre olía a una colonia dulzona y barata, una mezcla empalagosa de vainilla que, tras unos minutos, resultaba tan invasiva como su personalidad.
Darío había contratado a Horacio Maldonado porque, sencillamente, no tenía más opciones.
Su segundo libro estaba a punto de languidecer como un cadáver olvidado en la morgue literaria, y las puertas de las editoriales más respetables se cerraban incluso antes de que pudiera terminar de explicar quién era.
El agente literario, con su sonrisa de vendedor de sueños y su bigote impecablemente recortado, apareció en el momento justo, extendiéndole la mano como si realmente creyera en su talento.
Pero Darío sabía, en el fondo, que el agente no lo había elegido por su potencial.
Horacio tenía un olfato especial para detectar a los escritores mediocres, aquellos que estaban desesperados, agotados y dispuestos a aceptar cualquier trato, por desfavorable que fuera.
Su método era sencillo: recolectar autores olvidados, empujar sus libros al mercado de forma rápida y barata, y esperar que, de alguna manera, uno de ellos lograra explotar.
No era cuestión de fe, sino de probabilidades.
Y Darío no era especial; era una apuesta más en la ruleta a la que jugaba el oscuro agente.
Bajo la dirección de Horacio, el escritor publicó su segunda novela, El Reflejo del Crimen, a través de Ediciones Argos, una editorial de bajo presupuesto conocida por aceptar prácticamente cualquier manuscrito mientras hubiera un contrato desventajoso de por medio.
La novela fue un esfuerzo más refinado que su primera obra, un intento de mezclar el suspense con un enfoque más introspectivo.
A pesar de esto, tampoco logró destacar.
Las críticas fueron tibias, y las ventas apenas alcanzaron para cubrir los costos básicos de promoción.
Horacio, sin embargo, siempre tenía excusas.
"Es el mercado, Darío," decía mientras aplicaba compulsivamente una capa de crema a sus manos brillantes, dejando manchas en los contratos.
"Pero no te preocupes, el próximo libro será el éxito que necesitas. "
Aun así, Darío no podía deshacerse de él.
Aquel empalagoso agente era su única conexión con un mundo literario que se negaba a abrirle las puertas.
Por muy grasiento, decadente y falso que fuera, Horacio le daba algo que él no sabía cómo conseguir por sí mismo: la esperanza de que algún día podría escapar de su mediocridad.
Ahora, mientras se sentaba frente al portátil para trabajar en su cuarta novela, Darío no podía evitar pensar en su agente.
La idea de que Horacio volviera a leer su manuscrito y lo destrozara con críticas llenas de falsedad le provocaba un nudo en el estómago.
El cursor seguía parpadeando en la pantalla, y el olor a tierra mojada parecía intensificarse.
Cerró el ordenador y volvió a encerrarse en la habitación vacía.
***
La olla de pasta con tomate burbujeaba lentamente en el fogón cuando el sonido de un mensaje entrante interrumpió el denso silencio del departamento.
El día había sido poco productivo. El cansancio acumulado y la falta de inspiración lo habían dejado exhausto.
A pesar de ello, el hambre era un recordatorio físico de que el tiempo seguía avanzando, aunque él sintiera que su vida estaba estancada en un ciclo interminable de fracasos y desvelos.
Darío, con movimientos automáticos y pesados, revolvió la salsa sin mucho interés antes de tomar el móvil.
Miró la pantalla con el ceño fruncido. Un mensaje de Horacio.
Dio un resoplido. Qué querrá ahora el imbécil.
"Finalmente no voy a poder asistir a la tertulia de hoy. Espero que disfrutes y que despliegues todas tus artes."
El mensaje se quedó flotando en su mente, como si le costara procesarlo del todo.
—¿Tertulia? —susurró, sintiendo cómo el estómago se le encogía.
De pronto, el cansancio se transformó en ansiedad.
No recordaba ninguna tertulia. Maldijo en voz baja y rebuscó entre los mensajes anteriores, intentando hallar alguna pista.
La encontró. Dos semanas atrás, Horacio le había confirmado su participación en la tertulia literaria de La Casona de Ockham, una cafetería de aires bohemios, frecuentada por escritores novatos, críticos frustrados y académicos que hablaban más de lo que leían.
Supuestamente, él era el artista invitado de la noche.
—No puede ser…
El hambre se evaporó. Los macarrones recalentados burbujeaban aún en el fogón, pero ya no le importaba.
Odiaba estas reuniones. La idea de sentarse en una cafetería llena de intelectuales pretenciosos, forzado a hablar de su propia obra con entusiasmo falso, lo asqueaba.
No era un buen orador, no sabía encantar a la gente con su presencia ni hilar frases brillantes al vuelo.
No le interesaban los elogios vacíos ni las preguntas obvias de quienes apenas habían hojeado sus libros antes de la reunión.
Su agente siempre insistía en que eran necesarias, que debía hacer presencia, venderse, ser encantador.
Pero Darío no era encantador. No tenía carisma, no sabía sonreír en el momento adecuado ni soltar frases inspiradoras sobre el oficio de escribir.
Siempre terminaba sintiéndose como un farsante, un fraude sentado frente a un público que esperaba que dijera algo brillante.
No era más que un ser cada vez más taciturno, retirándose poco a poco del contacto humano, como si la presencia de los demás le resultara físicamente invasiva.
Cada vez soportaba menos las conversaciones vacías, los rostros anodinos, la gente gris cuyo único impulso vital parecía ser extender su propia mediocridad, contagiarla como una enfermedad lenta, hasta que todo a su alrededor adquiría el mismo tono muerto de sus vidas.
Dejó el móvil sobre la mesa, con una sensación de resignación pegajosa trepándole por la nuca.
No tenía escapatoria. Horacio no estaría allí para rellenar los silencios incómodos con su labia de vendedor, para tomar el control con su sonrisa grasienta y sus frases prefabricadas.
Darío estaría solo, en una trampa social en la que nunca quiso caer.
La salsa de tomate salpicó lo suficiente para mancharle la camiseta, ayudándolo a salir de su ensimismamiento. Apagó el fuego y se sirvió un plato con desgana. La comida tenía el sabor de la obligación. Masticó sin ganas mientras miraba la pantalla de su portátil apagado.
Tertulia de mierda.
Tiró el tenedor al plato con un golpe seco y se pasó las manos por la cara.
No podía faltar. Su agente estaría recriminándoselo durante lustros.
Y aunque no lo hiciera, la culpa lo atormentaría después.
Su carrera estaba estancada. Cualquier oportunidad, por mínima que fuera, podía marcar la diferencia.