El Espejo de Los Dementes Capítulo 1 Mamá ya vendrá.
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El Espejo de Los Dementes

El Espejo de Los Dementes

Por ALEJANDRO MENCALSTEIN

© inepub.com

Capítulo 1 Mamá ya vendrá.

La cuna se balancea con movimientos rápidos, irregulares, que hacen crujir la madera.

Él tiene dos años y ya no debería estar en una cuna, pero allí está, tumbado, mirando al techo con ojos abiertos como platos.

A su alrededor hay penumbra, apenas rota por una lámpara en la mesita de noche que proyecta sombras deformes en las paredes desnudas.

La mujer está allí. No es su madre, lo sabe con absoluta certeza, aunque no entiende por qué Mamá no está.

La figura que lo mece es vieja, encorvada, con un rostro que parece estar hecho de papel arrugado.

Su cabello blanco cuelga en mechones grasientos, y su boca, apenas sostenida por pocos dientes amarillentos, forma una sonrisa que debería reconfortarlo pero que lo llena de miedo.

‘Shhh... duérmete, mi niño’, canta con una voz ronca y desafinada. El ritmo de su canto se tropieza, como si estuviera olvidando la letra de una canción que nunca fue suya. Su aliento es cálido y agrio, lleno de algo que huele a carne podrida y humo viejo.

Pero lo peor es la sangre. Hay un rastro de rojo seco que recorre su mejilla desde la comisura de la boca, pasando por el mentón hasta perderse en su cuello arrugado.

‘No llores’, dice la mujer al ver el temblor en sus labios. Sus ojos turbios y desiguales se fijan en él, vacíos de cualquier ternura. ‘Mamá ya vendrá’, añade, pero su sonrisa no coincide con sus palabras.

El niño siente una opresión en el pecho.

¿Dónde está Mamá? La pregunta flota en su mente, pero no puede decirla, no sabe cómo.

Un instinto le grita que algo está mal, que Mamá no vendrá.

Quiere llorar, pero no lo hace. Se queda inmóvil, apretando los dedos contra su viejo peluche, viendo cómo la mujer sigue cantando y balanceando la cuna con un ritmo torpe, ajeno a lo humano, como si aquel movimiento no fuese un arrullo, sino un hechizo lento, un intento de desatarlo suavemente de la realidad y llevarlo lejos, a un lugar donde las canciones no terminan nunca.

‘No pasa nada, pequeño’, murmura mientras acaricia su rostro con una mano huesuda. Las uñas largas y sucias rozan su piel, y él cierra los ojos, apretándolos con fuerza. Pero incluso con los ojos cerrados, la siente allí. Y huele ese olor: sangre, sudor y un rastro de flores marchitas…

***

Un grito, un intento desesperado de arañar el cielo.

Darío Salvatierra se incorporó de golpe en su cama, jadeando como si acabara de escapar de un incendio.

El sudor frío le empapaba la frente y las sábanas, las cuales se pegaban a su piel como una segunda capa húmeda e incómoda.

Su pecho subía y bajaba rápidamente, mientras sus manos enormes y torpes buscaban a tientas el borde del colchón, como si necesitaran algo tangible para anclarse a la realidad.

Otra vez.

No recordaba la pesadilla. Nunca lo hacía.

Pero su cuerpo sabía que allí había ocurrido algo.

Las ojeras moradas bajo sus ojos eran testimonio de un sufrimiento que no podía explicar, de algo que lo acechaba en los rincones más oscuros de su mente cada noche.

Se pasó una mano temblorosa por el rostro.

Rápidamente se giró buscando un cuaderno negro que había en la mesilla junto a la cama, abierto en una página llena de garabatos y palabras incoherentes.

¿Qué había sido? Intentó recordar. Le vino algo sobre una cuna. Una canción de cuna tal vez. Pero los recuerdos se le escapaban entre las tinieblas de su memoria. Como si intentara sujetar agua con las manos.

—Mierda —musitó ante el cuaderno, con el bolígrafo en la mano, estéril, sabedor de que no podría anotar nada.

Aún le temblaban las manos en una coreografía de miedo y agotamiento, como ramas golpeadas por un viento espectral que solo él podía sentir. El cuaderno abierto mostraba sus últimas anotaciones, crípticas, imprecisas, inconexas:

"Manos que no son manos."

"Pasos en el techo."

"Una figura colgada en una soga frente a una iglesia".

“Una caja de música con dos dedos amputados dentro.”

Una colección de horrores apenas entrevistos, fragmentos de algo mucho más vasto y monstruoso de lo que su memoria se atrevía a conservar.

Frunció el ceño. El cuaderno era su único intento de dar forma a esos fragmentos de terror, pero todo era tan abstracto que a veces se preguntaba si esas palabras eran suyas o si algo se las dictaba en la oscuridad. Cerró de golpe el cuaderno y lo dejó a un lado, frustrado.

El olor llegó de repente.

Primero fue un leve rastro, como el eco de algo que no debería estar ahí.

Tierra mojada, oscura, con un matiz casi dulce que lo hacía sentirse incómodo.

Lo olió con más fuerza y sintió una punzada de náusea.

¿Era real? Sabía que no. Ese olor, cualquier olor de algo que no existiera, siempre lo atacaba en momentos como este, cuando su mente estaba más frágil, más vulnerable.

Fantosmia, lo llamaban los médicos. Propensión a percibir olores inexistentes, generalmente en situaciones de estrés.

Cada mañana al despertar de sus pesadillas, por ejemplo.

Se levantó de la cama rápidamente, casi tropezando con una pila de cuadernos que bloqueaba el paso hacia la puerta. Los había dejado allí anoche, después de otro de sus impulsos de compra en la papelería de la esquina. Algunos aún tenían las etiquetas de precio pegadas.

En el espejo del pasillo vio su imagen grotesca, un hombre grande, con sobrepeso, cabello rubio castigado por grandes entradas, descalzo y tambaleante, en calzoncillos y camiseta interior de tirantes aún húmeda del sudor, caminando hacia la habitación vacía al final del pasillo.

Su santuario.

Su prisión.

La puerta emitió un sonido que solo el eco del vacío produce.

Dentro, el espacio estaba completamente desnudo.

Las paredes eran blancas, o lo pretendían en una penumbra tras una luz jamás encendida y una persiana jamás alzada, como esas pinturas de las que se teme que la claridad pueda deteriorarlas.

No había muebles, no había cortinas, ni siquiera una alfombra.

El aire allí dentro era más frío, más seco.

Cerró la puerta detrás de él y se dejó caer al suelo, apoyando la espalda contra la pared.

Su respiración seguía siendo irregular, el corazón le redoblaba en el pecho, pero el silencio y el vacío del lugar empezaron a calmarlo poco a poco.

Cerró los ojos.

Pasaron minutos —¿y si fueron horas?— hasta que su respiración volvió a ser constante.

Como el animal que, prudente, no abandona la cueva hasta que en el aroma del aire deja de haber peligro.

Salió de la habitación, dirigiéndose tambaleante hacia la cocina.

La luz del sol ya entraba tímidamente por las ventanas, haciendo que la casa pareciera más vacía de lo normal.

Preparó café sin mucho esmero, derramando agua sobre la encimera al tratar de llenar la cafetera.

Maldecía en voz baja. La torpeza habitual de sus manos le parecía un recordatorio cruel de lo poco que podía controlar en su vida.

Mientras el aroma amargo del café comenzaba a invadir el espacio, él seguía sintiendo ese otro olor.

Tierra mojada. Quizás flores podridas. Tal vez ambas.

Se sentó frente a su escritorio abarrotado, donde las pilas de cuadernos desordenados se mezclaban con tazas de café vacías y bolígrafos olvidados.

El teclado del portátil estaba gastado, con las letras medio borradas de tanto usarlas, aunque la pantalla brillaba con una intensidad incómoda en la penumbra de la habitación.

Abrió el último documento en el que había estado trabajando: su cuarta novela policiaca.

El cursor parpadeaba en el párrafo donde se había quedado, un espacio vacío que parecía desafiarlo, como un abismo en blanco que se negaba a llenarse.

Leyó la última línea escrita: "El cuerpo fue hallado en la ribera, con los brazos dispuestos en una posición grotesca, como si señalara algo que no estaba allí.

" De repente le pareció mediocre y no le faltaba razón.

Y, sin embargo, algo dentro de él se resistía a aceptar que se hubiera secado por completo.

Porque dormido era diferente.

En sueños no existía el cursor parpadeante ni aquella miserable sucesión de palabras muertas.

Allí, en algún lugar al otro lado del sueño, su imaginación parecía abrir los ojos.

Darío alcanzaba a intuir un mundo de una belleza terrible, imposible de contemplar sin miedo y demasiado hermoso para apartar la mirada.

Quizá eso era lo más cruel: saber que, en algún lugar dentro de él, habitaba un talento deslumbrante al que solo tenía acceso mientras dormía y que, al despertar, jamás conseguía recordar.

***

Con su carácter taciturno y solitario, Darío Salvatierra encontró en la escritura un refugio, convencido de que podría ser su salvación.

Sin embargo, en el fondo sabía que su carrera era menos el resultado de su talento y más el producto de una cadena de accidentes fortuitos.

Tenía dos novelas publicadas; ambas, fracasos de ventas y crítica, pero que lograron arrancarle un rincón pequeño y sombrío en el mundo literario.

A pesar de su pasión por escribir, su primer gran avance no llegó por méritos creativos, sino por un golpe —literalmente— de mala suerte.