El espacio entre nosotros Epílogo. Jude #2
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Epílogo. Jude #2

—¿Por qué te detienes? —La besó ligeramente entre las piernas, decidiendo no responder. Ella intentó acercarlo con una pierna—. Eso no está bien.

—Muy bien.

—Jude. Por favor.

Jude decidió que le gustaba la desesperación en su voz y se inclinó para volver a saborearla.

De inmediato, las piernas de Maeve comenzaron a temblar, intentaron abrirse más.

Él sintió que ella le tocaba la coronilla, se deslizaba para ponerle la mano en la base del cráneo.

Tiró para acercarle más la boca, gimiendo. Demasiado cerca.

—Jude, estoy...

Él se sentó hacia atrás sobre sus talones.

—No, no... ¿Por qué? —gimoteó Maeve. Tenía los ojos enardecidos—. Creí que me tocaba a mí decirte cuándo parar. ¿Cómo puedo hacerlo cuando tú no...?

Él volvió a pasar la lengua sobre ella, sin parar esta vez.

El silencio de la habitación se volvió más intenso alrededor de ellos, solo lo quebraban los jadeos de ella y el crepitar del fuego.

Él no notaba ni le importaba que le dolieran las rodillas contra las tablas de madera del suelo.

Solo importaban ella, su sabor, sus sonidos, sentir que llegaba al orgasmo en su lengua.

Las piernas de ella quedaron sin huesos cuando bajó a la tierra.

—Te has tomado demasiado tiempo —masculló Maeve, que se las arregló para sonar malhumorada incluso frente al desastre que le había dejado en la cara. Se desplomó de nuevo en la silla, se cubrió los ojos con el recodo del brazo.

Jude le besó la rodilla.

—Mmm.

La miró recuperar lentamente la respiración, relajar el cuerpo. Con una pierna todavía sobre su hombro. Deslizó los ojos hacia abajo, donde todavía estaba abierta para él.

—Creo que todavía no has terminado.

Ella movió el brazo para mirarlo, mientras él reanudaba el deslizamiento de su pulgar arriba y abajo. Maeve dejó caer la cabeza hacia atrás. Intentó cerrar las piernas, los hombros de Jude se lo impidieron. Mantuvo el contacto suave, el ritmo constante, cuando la cara de ella se frunció.

Él había hablado en serio cuando dijo que se detendría cuando ella se lo pidiera.

—¿Otro? —le preguntó, mientras las mejillas de Maeve se enrojecían cada vez más. Ella respiró hondo, contuvo el aire. Se le arqueó la espalda. Él no varió su caricia, feliz de ver cómo ella se deshacía.

Y deshacerse, se deshizo.

Él apenas fue consciente de que tenía la boca sobre ella otra vez. Cerró los ojos, se estiró hacia abajo para presionarse a sí mismo, posponiendo el final. «Mierda.» Podría quedarse así para siempre.

Le dio vueltas la cabeza. Embriagado, casi.

Al final, Maeve lo apartó. Se veía completamente extenuada mientras él se limpiaba la boca contra la muñeca.

—Eso... —Maeve hizo una pausa para recuperar el aliento— fue suficiente.

Jude sonrió con satisfacción.

Ella puso los ojos en blanco.

—Me burlaría de tu expresión engreída, pero... supongo que te la has ganado.

Jude le apoyó la cabeza en el muslo para esconder cuánto se le ampliaba la sonrisa.

La tarde pareció detenerse, una silenciosa reverencia cayó sobre la habitación mientras Maeve le pasaba los dedos por el pelo, tirando con suavidad. Quizá era hora de dejarlo crecer más otra vez.

—Vamos arriba —pidió ella, rompiendo el silencio cómodo—. Quiero meterme en tu cama.

Jude le presionó un último beso en el muslo antes de ponerse de pie, luego se inclinó hacia abajo para llevar los labios cerca de su oreja.

—Te pensé ahí, Maeve. Muchas muchas veces.

Maeve se puso de pie, lo tomó de la mano.

Sus risas llenaron la casa mientras subían corriendo las escaleras, dándoles vida a las paredes. Jude se detuvo de camino a su dormitorio para abrir la puerta del estudio de Maeve. Sonrió frente a lo que contenía.

—¿Maeve? —Le atrapó la mano, la atrajo de un tirón—. Mira.

Ella se acurrucó a su lado, sonriéndole, hasta que él le indicó que mirara dentro de la habitación con una sacudida del mentón. Ella se giró en sus brazos. Le llevó un momento asimilar lo que llenaba la habitación. Entonces...

—Ay. ¡Jude! —chilló y dejó sus brazos para correr hacia el caballete—. ¿Cuándo ha llegado esto?

Maeve se agachó al lado del caballete de roble sólido ubicado junto a la ventana para examinar la bandeja de pinturas al óleo, el vaso lleno de pinceles sedosos que había al lado.

Todo nuevo, hecho a mano por un artesano en Oakmoor o enviado desde una de las ciudades cercanas más grandes.

Jude lo había organizado todo a través de una carta a Bethan, que había enviado mientras estaban con la familia de Maeve.

Todo para este preciso momento: la sonrisa en su rostro, mejor de lo que él había imaginado.

—¿Te gusta? —le preguntó, mientras se acercaba para pasarle los dedos por el fino cabello de su sien—. Creí que tal vez quisieras algo nuevo con que pintar.

—Me encanta —respondió Maeve, que se puso de pie para abrazarlo—. Muchísimo. Gracias.

—De nada. —Se apartó, le tomó las manos entre las suyas—. Bethan me contó que hay un grupo en Oakmoor que se encuentra cada cierto tiempo para pintar juntos, por si quisieras unirte a ellos. Su madre participa.

Se le iluminaron aún más los ojos.

—Me encantaría. —Se giró, abarcando con la mano toda la habitación y la vista más allá—. Quiero pintar esto: nuestro hogar. Nuestra vida. Todo esto.

A Jude se le hizo un nudo en la garganta.

—No puedo esperar para verlo.

Ella le apretó las manos con fuerza, tiró de él para arrastrarlo del estudio al dormitorio. Jude se rio.

—Estamos un poco ansiosos, ¿no? Creí que habías aprendido la lección acerca de la paciencia.

Maeve le lanzó una mirada mientras abría la puerta de un empujón y lo lanzó bruscamente hacia la cama. Los ojos le brillaban cuando lo vio despatarrado sobre las sábanas.

—¿Crees que provocarme es una buena idea ahora mismo?

—Pero funcionó tan bien la última vez —respondió él, alzando una ceja sugestivamente.

Ella frunció los labios mientras jugaba con el botón de los pantalones de Jude.

Los dedos le rozaron la piel desnuda de la parte inferior del abdomen.

Él se estremeció. Que un contacto tan pequeño lo afectara de forma tan radical era incomprensible.

Ella ladeó la cabeza, lo miró desde abajo de las pestañas.

—¿Me muestras?

—¿Que te muestre qué?

Desabrochó el botón.

—Dijiste que pensabas en mí...

Jude tragó, asintiendo con la cabeza.

—Quiero ver qué hacías cuando me imaginabas aquí.

«Oh.»

Tenía una sonrisa pícara, gatuna. A Jude el corazón le latía en los oídos. De alguna forma, esto lo hacía sentir muchísimo más vulnerable que nada de lo anterior. Tocarse y pensar en ella, sabiendo que ella estaba mirando... Solo de pensarlo casi le abrumó hasta la inacción.

Pero confiaba en ella.

Le daría lo que pedía.

Le temblaron los dedos cuando los apoyó en el siguiente botón de sus pantalones.

Al mismo tiempo, Maeve se quitó el jersey por la cabeza, así que se quedó en camisola y falda.

Antes de que pudiera desabrochar otro botón, ella se había despojado de la falda y la había dejado en el suelo.

La luz atravesaba el fino material de la camisola, iluminando la curva de sus pechos, la pendiente de su cintura, como lo había hecho todos esos días atrás en su dormitorio.

Esas malditas camisolas. Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Jude se empujó los pantalones hacia abajo, muy consciente de la atención extasiada de Maeve.

Despacio, se envolvió con la mano. Maeve siseó, su respiración era temblorosa cuando la respiración de Jude comenzó a acelerarse.

No podía dejar de mirarla a la cara. Había algo reverencial en sus ojos oscuros, casi incrédulo.

Cuántas veces la había imaginado aquí; quizá no así, con ella mirándolo mientras él se tocaba, pero aquí .

Deseándolo. Si ella no podía terminar de creer lo que había florecido entre ellos, él estaba igual. Abrumado y completamente deshecho.

Se le tensó el abdomen y cerró los ojos.

—Mierda.

—¿En qué pensabas? —Maeve tenía la voz grave, rasposa.

—En ti. Aquí. —Su voz, ronca, entrecortada.

Maeve apoyó la mano en su muñeca, apresurando el movimiento.

—¿Qué más? Dime.

—En cómo sería tu sabor. En cómo serían tus ruidos. En si cerrarías los ojos o si los mantendrías abiertos. —Se atragantó cuando ella incitó a su mano a ir más rápido. Él la miró a la cara con desesperación—. ¿Quieres, quieres que...?

Abruptamente, ella le detuvo la mano.

—No. Todavía no.