El espacio entre nosotros Epílogo. Jude #3
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Epílogo. Jude #3

Una risa sin aliento se escapó de Jude.

—Esto es un castigo, ¿no? Por lo de antes.

La sonrisa de Maeve se volvió más afilada, más felina.

—¿Por qué dirías eso?

—Qué cruel —respondió Jude.

—Merecido.

Él se rio, se incorporó para besarla. Había demasiada tela entre ellos. Expresó su problema y poco tiempo después no quedaban más que capas de expectativa. Maeve le rascó la espalda con las uñas, mientras le susurraba al oído:

—Amo esto. Te amo a ti.

Jude le acarició el rostro pasándole el pulgar por la línea de la mandíbula, le besó la parte superior de las mejillas, los párpados, la punta de la nariz. Se preguntó si la felicidad tenía un límite y, de ser así, si su cuota era más grande que la de todos los demás. Sin duda se sentía así.

Le rozó la oreja con los labios, sonriendo cuando ella se estremeció. Ella le envolvió la cintura con las piernas. Sentirla contra él era suficiente como para hacer que dejara de funcionarle el cerebro.

Ella movió las caderas con impaciencia.

—¿Quieres hacerlo de una vez?

—Estás muy demandante hoy —comentó él y le dio lo que ella quería.

El calor, la presión... eran casi demasiado.

No estaba seguro de cuánto duraría. Los párpados de ella aletearon hasta cerrarse.

Él perdió la noción de todos los lugares donde se tocaban.

Las pestañas de Maeve eran oscuras contra sus mejillas rosadas.

—Quedémonos así para siempre —susurró ella.

Él buscó una respuesta.

—Eso... no sería práctico.

Ella llevó las piernas más arriba por la espalda de Jude para envolverle el costado del cuello y atraerlo hacia sí para que sus frentes quedaran pegadas.

Él gozaba con cada pequeña respuesta, las atesoraba como una piedra preciosa.

El roce de la respiración de ella contra su boca, la forma en que se le tensaban los muslos alrededor de su cintura.

Cómo sonaba su nombre al salir de sus labios en un gemido.

No importaba nada más. Podía pasar décadas memorizándola y aun así encontrar algo nuevo para descubrir, que era exactamente lo que planeaba hacer.

Jude se despertó con Maeve acurrucada sobre su pecho; la respiración, lenta por el sueño.

La luz de la luna trazaba un lazo color marfil sobre el edredón.

La noche estaba en el punto más oscuro, sin embargo, él, de repente, estaba completamente despierto.

Algo lo llamaba, le cubría la vista con partículas plateadas como motas de polvo bailarinas.

Parpadeó. Un recuerdo flotó hasta ponerse al frente.

Nuevo, pero... no. Tan frágil como una perla e igual de raro.

En el recuerdo, estaba sentado en el marco de una ventana a medio abrir, con una pierna colgada sobre la empinada caída hacia el mar debajo, la otra doblada cerca del pecho.

El aire frío le golpeaba la cara. Cuando se lamió los labios, sintió la sal.

Pese al viento que se escabullía por las olas espumosas debajo y los helados ladrillos de piedra caliza contra su espalda, estaba calentito. Tenía el corazón lleno.

Detrás de él, la puerta de su dormitorio chirrió al abrirse y ahí estaba Maeve. Jovencita, quizá trece o catorce.

«Solo te queda un año.»

Jude apartó la preocupación mientras ella se acercaba.

Su rostro estaba lleno de juventud, sus ojos tan brillantes como en su mejor versión.

Su camisón de franela gruesa rozaba la parte superior de los calcetines que tenía en los pies.

Llevaba las manos ahuecadas con cuidado delante de ella, como si tuviera miedo de lo que sostenía entre las palmas.

—¿Qué es? —se oyó preguntar.

Maeve frunció la nariz, mientras extendía las manos hacia él.

—Abre más la ventana.

Metió la pierna en la habitación, se deslizó adentro desde el alféizar e hizo lo que ella le pidió.

El hierro estaba frío debajo de sus dedos demasiado calientes.

Maeve lo dejó atrás para mirar el cielo nocturno.

Las estrellas titilaban contra la negrura entintada.

Creyó que nunca había visto nada tan hermoso.

Lentamente, ella abrió las manos.

Había un pequeño pájaro amarronado posado entre sus manos. Sus plumas sedosas estaban moteadas con delgadas líneas negras, su pequeño pico era afilado como una aguja cuando inclinó la cabeza para mirarlos. Jude contuvo la respiración, se preguntó si Maeve estaba haciendo lo mismo.

—Un chochín —susurró ella—. Lo encontré en el pasillo. Fue sorprendentemente fácil atraparlo.

—Creo que le gustas —respondió él, con la voz igual de baja. Si Ezra la veía en su dormitorio, ambos estarían en problemas, pero, por ahora, solo estaban ellos y el pajarito.

El chochín abrió las alas de golpe. Casi demasiado rápido como para seguirlo, se alzó en el aire y desapareció en la noche. Ella le rozó los hombros con los suyos al exhalar. Alzó una mano para despedirse de la silueta apenas visible del chochín.

—Sabes lo que le gusta decir a Felix de los pájaros, ¿no?

Él negó con la cabeza.

Maeve le sonrió, le apretó la mano una vez antes de soltarla.

—Un pájaro para el coraje.