Epílogo. Jude
Epílogo
Jude
Solo habían pasado quince días desde la última vez que Jude había visto Ánhaga, pero se sentía un hombre completamente distinto a la figura a medio formar que había partido de allí.
Solía imaginar que le daba la espalda por completo, con amargura en la boca y los dientes apretados.
Se había imaginado cómo daría un portazo al portón de hierro y se iría a grandes zancadas con el viento en los talones y la libertad en los pulmones. Para nunca más regresar.
Y, sin embargo, ahí estaba. Regresando. Y no solo eso, con entusiasmo. No como un perro que vuelve a su amo violento, sino como un ave migratoria que regresa al nido después de un largo invierno.
No solo, sino con ella.
El hombro de Maeve rozó el suyo, con suavidad al principio, con más fuerza después, a propósito. Jude captó el borde de su sonrisa antes de que ella la guardara bajo la lana roja de su bufanda.
—¿Qué piensas? —le preguntó, cuando Jude empujaba el portón para abrirlo.
Él se movió a un lado para dejarla entrar primero.
—¿Acerca de qué?
—De volver a casa.
Echó una mirada por encima de la cabeza de Maeve.
La casa se erguía alta e imponente, las ventanas imposiblemente oscuras.
La hiedra crecía hacia arriba en tentáculos que se extendían como dedos sobre la curva de la puerta de entrada.
La escarcha se aferraba al camino estrecho que serpenteaba hacia la casa, crujía bajo sus pies. Sonrió.
Casa.
El primer lugar al que se dirigió fue la cocina.
—¿En serio? —La voz de Maeve sonaba risueña—. ¿ Esta es tu prioridad?
—Es en lo único que podía pensar —refunfuñó, mientras volcaba todo el contenido del cajón de los cubiertos en la encimera.
Cucharas, cuchillos y tenedores se desparramaron por todos lados con un estruendo metálico.
Volvió a acomodar el divisor en el cajón y reemplazó ordenadamente los cubiertos en sus secciones correspondientes.
No habría más cuchillos y cubiertos mezclados por culpa de Elden, que los tiraba dentro del cajón así sin más. Iba a ponerse firme.
Maeve se acercó por atrás, le apoyó las manos en la cadera y colocó el mentón sobre su hombro.
—Creí que la cocina sería mi territorio ahora que estamos solo nosotros dos. Como, en verdad, nunca te he visto cocinar...
—Muy graciosa. Podemos compartir. Si respetas la santidad del espacio, por supuesto.
—Desde luego.
Le apoyó la mejilla entre los omóplatos. Su respiración le calentó la piel a través del jersey fino, le erizó la piel donde tenía la palabra grabada. Jude cerró los ojos. Podía quedarse ahí para siempre, disfrutando del calor de Maeve, un refugio de paz.
Le rugió el estómago.
Maeve se rio y se apartó.
—¿Tostadas?
Poco después, estaban sentados frente al fuego que ardía alegremente en la sala de estar, comiendo pan fresco que la hermana de Maeve, Una, les había hecho para el viaje, con tanta miel que rebosaba de la gruesa corteza.
Las tazas de té estaban apoyadas en el suelo, con las asas juntas.
Además de Elden, solo faltaba Olive en la imagen de felicidad.
Él iría a recogerla de la casa de Bethan al día siguiente.
El calor del fuego se adueñó del rostro de Jude.
Fuera, el suave golpeteo de la lluvia trazaba riachuelos en las ventanas.
Había divisado una formación de pájaros pasando a toda velocidad sobre la manta de nubes, alas abiertas que se curvaban en punta contra el viento.
Quizá la biblioteca le diría qué significaba una docena de pájaros.
Quizá simplemente le preguntaría a Felix.
Jude dejó la tostada a medio terminar sobre su taza para calentarla.
—Qué extraño es no tener nada que hacer. Que no haya ninguna presencia al acecho o una tarea sombría que terminar. —Maeve levantó una ceja y él suspiró—. Estoy feliz por eso, sin duda..., pero es raro. Es como que necesito aprender a relajarme.
—Estoy segura de que encontrarás en qué ocupar tu tiempo. Verduras y esas cosas. Quizá puedas tejer. —Soltó una risita, mientras inclinaba la cabeza para atrapar una gota de miel que se le deslizaba por la muñeca.
Jude se llevó una rodilla al pecho. Se le contrajo el estómago.
Bueno. Había una cosa que podían hacer.
Solo habían tenido una noche juntos, grabada para siempre en su memoria.
Pensaba que nada podía borrar el sabor de Maeve.
Lo único que lamentaba era la severa falta de tiempo a solas desde que se habían ido de casa de Elden.
Después de encontrar a la familia de Maeve, se habían quedado poco más de una semana en la casa de Una y su esposo, habían dormido en dos sofás separados en la sala principal de la pequeña casa.
No era exactamente un lugar propicio para continuar sus estudios sobre Maeve y sus suspiros.
Pero ahora... estaban solos. Su dormitorio estaba apenas un par de pisos arriba. Demasiado lejos, en verdad.
¿Por qué no había puesto una cama aquí, al lado del fuego?
Quería ver cómo la llama naranja le doraba la piel y sacaba a relucir los hilos dorados de su pelo, el esmeralda que se escondía en sus ojos.
Le dolían los dedos con el deseo de tocarla.
Sabía que ella al menos había disfrutado un poco la última vez, pero ¿aceptaría sus caricias otra vez? ¿Lo miraba y deseaba , como él a ella?
Jude estaba enloqueciendo de deseo. Solo de que ella lo conociera. Lo viera, lo tocara.
Bebió un sorbo tembloroso de té. La miel permaneció en su lengua. Dulce, tan dulce. No podía mirarla, por temor a que ella viera el deseo desnudo en su cara. No quería asustarla con su intensidad.
Una caricia suave en su muñeca. Un fino temblor de dedos. Él levantó la mirada.
Los ojos de Maeve estaban oscuros, los labios entreabiertos y húmedos.
—Vamos arriba.
—¿Arriba? —Su voz sonaba débil, incluso en sus propios oídos.
Maeve asintió, se inclinó más hacia él, de forma casi imperceptible, y él cayó en la cuenta de que mientras había estado luchando con su deseo por ella, ella había estado haciendo lo mismo. Deslizó la mano hacia arriba por el brazo de Maeve y lo apretó.
—No —murmuró—. Arriba es demasiado lejos.
No estaba seguro de quién besó a quién primero, solo que un momento después los labios de Maeve estaban contra los suyos, la respiración de ella en sus pulmones. Cayó hacia atrás despatarrado, sin ningún tipo de elegancia, y rio contra su boca mientras ella le envolvía las caderas con las piernas.
—No podía esperar —confesó ella, mientras le besaba la sensible comisura de la boca, debajo de la oreja—. Días, Jude. Días. Ya no lo soporto más.
A Jude el corazón le saltó a la boca.
—No tienes ni idea.
Ella se echó hacia atrás para meterle las manos por debajo de la camisa. Tenía las palmas tan calientes que eran como hierro candente sobre su piel. Él quería sus uñas, sus dientes. La marca que le había hecho en el pecho se había desvanecido hacía tiempo.
—Creo que tengo algo de idea —repuso ella, moviéndose contra él.
Jude tembló, ya estaba demasiado cerca, y le inmovilizó las caderas impacientes. Se incorporó sobre los codos, señaló la silla frente al fuego con la cabeza.
—Siéntate en la silla.
Un rubor oscuro se deslizó hacia abajo por el cuello de Maeve, resaltando el rosa de sus labios, cuando se puso de pie y se sentó en la silla. Cruzó una pierna con fuerza sobre la otra mientras observaba cómo él iba hacia ella.
Bueno. Eso sin duda no funcionaría.
Apoyó las manos en los apoyabrazos de la silla y se inclinó hacia abajo. Ella lo miró con ojos vidriosos de deseo. Un zumbido embotado se instaló en lo profundo de su cráneo para borrar todo lo que no era ella.
—Esto es lo que va a pasar —explicó él, que se sumergió para pasarle la nariz por el cuello y sentir su aroma—. Me voy a poner de rodillas. Me vas a decir cuándo parar. ¿Está bien?
No estaba seguro de si ella respiraba cuando asintió. No estaba seguro de si sus propios pulmones estaban funcionando. Sin importar de dónde viniera esta confianza sin experiencia, iba a usarla mientras estuviera aquí.
Un recuerdo flotó hasta la superficie cuando bajó al suelo.
Semanas atrás, arrodillado frente al sagrario de Oakmoor.
Con la mano de Maeve en el cuello, los muslos le habían temblado mientras la lluvia los cubría a ambos.
Cómo había pensado, desesperado y débil, que haría lo que fuese para quedarse arrodillado a sus pies.
Tantas cosas habían cambiado..., pero eso no. Eso nunca.
Jude le deslizó el vestido hacia arriba por los muslos, le besó las pantorrillas cubiertas por medias negras.
Se quedó mirando la curva de la piel encima de la media en el muslo, fascinado por un momento.
La última vez, esto había ocurrido rápido.
No había tenido tiempo de conocerla de verdad, como él quería.
Al bajarle la media, frotó la barba recién crecida de su mandíbula contra ella hasta hacerla suspirar; la piel enrojecida.
De algún modo, verle los muslos desnudos fue lo que acabó con él.
—Jude —susurró ella, con la voz tensa.
Él le separó más las rodillas antes de levantar la vista.
—¿Sí?
—Date prisa.
Le besó el muslo.
—¿Sabes?, no creo que lo haga.
Sonrió frente a su resoplido de frustración, le quitó la última capa, dejó caer la delgada tela detrás de él. Apoyó una pierna sobre su hombro, se inclinó hacia delante y se detuvo.
—Jude. —La pierna de Maeve se tensó sobre la espalda de Jude—. Deja de provocarme.
Ella tenía la piel húmeda, con un brillo fino. La trenza larga le caía por el costado del cuello, dorada por la luz del fuego. Jude no podía dejar de mirarle la boca. Quería besarla. Estaba de rodillas por ella. Ella le rogaba que la tocara con palabras bajas, murmuradas.
«Mírate», quería decir.
En lugar de eso, le dio lo que ella quería.
No le llevó demasiado tiempo que los muslos se contrajeran contra sus orejas, apenas puso la boca entre sus piernas. Recordó lo que le había gustado la última vez, inclinó la cabeza, deslizó los dedos adentro de ella. Se obligó a sacarlos cuando ella gimió.
Ella abrió los ojos de golpe.