58. Jude
Jude
—Mirad quiénes han decidido honrarnos con su presencia —comentó Elden con una sonrisa pícara cuando bajaban las escaleras. El olor a beicon frito les dio la bienvenida, recordándole a Jude que esa era una de las pocas comidas que a Elden le salían deliciosas.
—¿Huevos también? —preguntó Jude, mientras se hacía con una tira de beicon. Apoyó la espalda contra la encimera—. ¿A qué hora has salido esta mañana?
—Bastante temprano. —Elden deslizó los huevos fritos a los platos que esperaban en la encimera—.
Conocí a mi tía abuela. También a algunos primos.
—Sonreía, aunque la tristeza aún se mantenía alrededor de sus ojos—.
Estaban sorprendidos de verme y felices de saber que Brigid sigue viva y que planea visitarlos pronto.
Nos han invitado a cenar mañana, si queremos.
Fue... —Soltó un suspiro—. Bonito. Estuvo bien. Muy bien.
Jude luchó para responder con una sonrisa mientras se debatía sobre cómo contarle a Elden lo de Ezra. Antes de que pudiera hacerlo, Elden ya estaba hablando.
—Ya lo sé..., que murió. Ezra. Mi... padre.
Maeve se levantó a medias de su asiento, se detuvo cuando Elden alzó una mano.
—No, no os preocupéis. No había sido un padre en mucho tiempo.
Quizá nunca. Ni cuando me apartó de mi madre, ni cuando se dio cuenta de que yo no poseía la magia que él quería que yo tuviera y decidió dedicarse a Jude en lugar de a mí.
Ni cuando decidió que yo podía ser alguien a quien podía usar.
—Tragó con fuerza y Jude percibió que había muchas cosas que no estaba diciendo.
Aunque Ezra lo había tratado muy mal, había sufrido mucho más Elden—.
No quiero que sintáis pena por mí. No lo necesito, ¿está bien?
Esperó a que Jude y Maeve asintieran con la cabeza antes de aflojar la expresión que tenía en el rostro. Señaló hacia Felix con la sartén.
—Los dos hemos ido al pueblo. He pensado que Felix debía echar un buen vistazo a Little Westworth.
Felix mantuvo la mirada en la taza mientras la hacía girar y girar sujetándola del asa.
Jude todavía no sabía bien cómo hablar con Felix, no cuando su amistad de la infancia pesaba con fuerza sobre ambos, no cuando aún sentía amargura en la lengua por su participación en la manipulación de Elden.
Habían pasado años desde entonces, años en los que Jude había creído falsamente que era su enemigo. Ahora, eran casi extraños.
Levantó su plato y fue a sentarse al lado del exsanto. Quizá podía dar un paso en la dirección correcta.
—¿Por qué lo dices? —preguntó.
Felix le echó una mirada antes de regresar a su taza. El té negro se arremolinaba en el fondo, olía a bergamota y cítrico amargo.
—Quizá me quede un tiempo por aquí. Elden me lo ha ofrecido y bueno...
—Dudó, se acomodó en su asiento—. Creo que la tranquilidad me hará bien.
Después iré a ver qué pasó con el Goddenwood.
Brigid dijo que allí es adonde iría, y quiero unirme a ella.
Ver qué pasó con mi madre. Quizá pueda...
—Se le cortó la voz—. Quizá pueda enterrarla.
Elden se sentó a su lado, le sonreía con calidez en los ojos. Se estiró y le dio unos golpecitos en la muñeca, la mano se quedó ahí un rato antes de apartarse. Felix registró el movimiento.
—Sí —dijo Elden—. Le he dicho que puede quedarse todo el tiempo que quiera. E iré con él al Goddenwood cuando esté listo. También quiero pasar más tiempo con Brigid. —Bajó la voz—. Con mi madre.
Maeve se aclaró la garganta, el tenedor hizo ruido contra el plato cuando cortó su huevo.
—Nosotros partimos mañana por la mañana, si no os importa. Mi familia vive solo a unas pocas horas de caminata hacia el norte. Han pasado algunos años desde que estuve allí, pero creo que recuerdo el camino. —Le sonrió a Elden—. Quizá puedas prestarme un mapa.
Elden asintió.
—Seguro, tengo uno por aquí en algún sitio.
Jude comenzó a dar cuenta de su desayuno.
Habían hablado de sus planes antes y habían decidido tomarse su tiempo hasta llegar junto a la familia de Maeve.
Ninguno de ellos tenía demasiada experiencia en el mundo fuera de la Abadía y la casa de Jude, y deseaban conocer más.
Después de pasar tiempo con la familia de ella, regresarían a su casa. El hogar de ambos . Ánhaga.
Mientras Elden comenzaba a describir la granja junto a la que pasarían, que ofrecía panecillos recién horneados todas las mañanas, Jude observó a Maeve.
Aunque sonreía y hacía bromas cuando era necesario, sus dedos tamborileaban sobre la mesa al lado de su taza abandonada.
No dejaba de echarle miradas a Felix. Jude se preguntó si estaba pensando en su conversación de antes acerca de la religión.
Finalmente, Maeve respiró hondo, aplanó las manos sobre la mesa.
—Felix.
Este levantó la mirada.
—¿Sí?
Debajo de la mesa, Jude le apoyó una mano sobre el muslo a Maeve.
—Me estaba preguntando... —comentó ella—. ¿Todavía crees? En los santos. —Cuando él alzó las cejas, ella se apresuró a agregar—: No como lo hacía la Abadía, sino..., bueno, en los rezos, supongo. En alguien que escucha cuando pides por algo.
Elden se puso de pie, recogió los platos y los dejó con su conversación. Jude deseaba que se hubiese quedado, pensando que quizá a Elden le vendría bien hablar sobre su relación con la Abadía, pero decidió quedarse callado. Él abordaría el tema en sus propios términos.
—Sí y no —respondió Felix lentamente; cada palabra, el resultado de una cuidadosa reflexión.
»Si bien pienso que el poder de los santos, es decir, el poder de todos nosotros... —hizo un gesto que abarcó a los tres—, es algo muy real y muy potente, no lo veo como la Abadía siempre nos enseñó a creer.
Jude se encontró preguntando:
—¿Cómo lo ves, entonces?
—Bueno, para responder del todo tu pregunta, será mejor que examinemos cómo la Abadía disecciona y usa el poder de los santos y, por consiguiente, cómo ha enseñado a sus acólitos a verlo durante generaciones —respondió Felix, con su voz manchada por el humo.
La boca de Jude se crispó ante la familiaridad de su tono académico, al recordarlo en más de unas pocas lecciones durante su juventud.
Felix sostuvo dos dedos en alto.
—Primero, la Abadía ve la habilidad de los santos para acceder a los recuerdos y modificarlos como una mercancía. Un intercambio. El rezo es igual a poder. Nunca fue más que un recipiente. Algo que verter a los íconos y alimentarlos, lo que, a su vez, amarraba a los santos a la Abadía.
Bajó un dedo.
—Segundo, su foco nunca estuvo en hacer que los acólitos se sintieran escuchados . Siempre se trató de control. Si convences a la gente de que, para que sus plegarias sean respondidas, deben dar algo de sí: su devoción, su tiempo y su dinero; entonces tienes un método de control.
Bajó el segundo dedo.
—Entonces, ¿rezar prácticamente no tenía ningún sentido desde un punto de vista más general, más allá de alimentar la magia de los íconos? —preguntó Maeve. Tenía el rostro muy pálido, los ojos muy oscuros. Jude le presionó el costado de la pierna con la suya.
Felix se encogió de hombros.
—Puedes verlo así.
—¿Tú no?
—No exactamente. Aunque los santos nunca escucharon los rezos, aún veo su devoción, la devoción de todos nosotros, como algo digno de ser honrado.
Es algo hermoso, soltar los contenidos más profundos de tu corazón al universo con la esperanza de que alguien esté escuchando.
—Le sonrió a Maeve—. Yo aún rezo, ¿sabes?
Ella parpadeó.
—¿En serio?
—Sí, todo el tiempo. —Felix apoyó las manos abiertas sobre la mesa, observó los huecos entre sus dedos—.
La fe y la institución no están casadas.
Pueden existir separadas la una de la otra.
Todavía puedo rezar, quizá no a los santos, pero a cualquiera que pueda estar escuchando, llámalo universo o energía o lo que quieras, y mantener esa fe separada de la Abadía.
Ella asintió despacio con la cabeza. El ángulo rígido de su espalda se relajó al igual que la mirada perturbada que había tenido durante la mayor parte de la conversación.
Jude vio en su rostro el refugio que Felix le había ofrecido al alentarla a rezar.
Al verla reconstruir parte de su identidad, se le había desatado una de las sogas que le rodeaban el pecho a Jude.
—Gracias —murmuró Maeve—. Incluso en la Abadía... Tu carta. Tu advertencia. Puedo ver ahora que me estabas protegiendo.
Felix negó con la cabeza.
—No fue suficiente. Ni siquiera para distraer a Ezra. No te protegí del exilio. —Miró a Jude a los ojos—. Ni a ti.
Algo vital se sacudió dentro de Jude ante sus palabras.
—No —enfatizó Jude—. No puedes poner ese peso sobre tus hombros, Felix. Apenas eras un adulto cuando me exiliaron. Y solo puedo adivinar la clase de vida que te obligaron a vivir en la Abadía como santo. Hiciste todo lo que pudiste.
Felix le lanzó una mirada, de ruego y de culpa a partes iguales.
—La casa... Ánhaga. Fui yo quien decidió que allí sería adonde debían enviarte.
Jude se quedó inmóvil. Se le revolvió el estómago de una forma extraña, vertiginosa.
—¿Qué?
—Era la casa de mi padre, que era un sabio. Yo nací ahí.
Jude hizo una pausa, intentando unir la casa que lentamente había comenzado a llamar suya con lo que Felix le estaba contando.
Y —se sintió mareado al pensarlo— la biblioteca .
Se frotó el cuero cabelludo con la mano, mientras ordenaba sus pensamientos.
Tenía sentido. Siempre se había preguntado si la casa pertenecía a alguien de la Abadía.
Recordaba la extraña sensación que a veces tenía en la biblioteca, como si alguien más estuviera allí, sus recuerdos grabados en las paredes.
—Los libros. —Jude no pudo por menos que suspirar—. Sabías sobre la biblioteca.
—Así es —confirmó Felix—. Aunque no había regresado a Ánhaga desde que era niño, recordaba la colección de mi padre, tanto de los libros de la Abadía como de los cuadernos de bosquejos.
Creí que tal vez podías encontrar algo útil ahí dentro…
—Tamborileó con los dedos contra la mesa—. ¿Lo había? ¿Algo útil?
Jude sonrió.
—Podría decirse eso. Mi magia... —Vaciló, se preguntó cuánto contar—. Encontraba una salida en esos libros. En los... cuadernos de bosquejos, supongo. En las páginas en blanco.
Felix sonrió.
—Entonces, tú tienes tus libros, la magia de Maeve ama sus pinturas y yo tengo los pájaros.
—¿Los pájaros? —repitió Jude, con la voz ligeramente débil.
Él asintió con la cabeza.
—Es diferente a como se manifiesta vuestra magia.
Es menos una salida y más un recordatorio.
Puedo llevar los recuerdos al avistamiento de un pájaro.
Es... complicado. Difícil de describir y más difícil aún de demostrar.
Es como cuando cierto olor te recuerda un evento, en cierto modo.
—De repente, sus ojos se dispararon a los de Jude—. ¿Estás bien? Estás pálido.
Jude se imaginó uno, dos, tres pájaros en el horizonte. El corazón le dio un salto tembloroso.
—Estoy bien —murmuró.
Felix le sostuvo la mirada. Una corriente familiar los atravesó, haciéndoles rememorar travesuras de niños y secretos compartidos entre amigos.
—Me lo puedes contar otro día —repuso Felix. Una sonrisa tímida, poco usual, le estiró los labios.
—¿La quieres recuperar? —preguntó Maeve. Tenía las mejillas un poco sonrojadas—. La casa.
Felix alzó una ceja.
—¿Ánhaga? No, en absoluto.
Maeve se rio.
—No eres fan de las casas viejas que se están viniendo abajo, supongo.
Él soltó una risita y negó con la cabeza.
—Ni del fantasma de mi padre.
—Es comprensible —comentó Jude—. Aun así...
, gracias. Tanto por enviarme allí como por dejar que nos quedemos.
Sé que ha pasado mucho tiempo, Felix, pero eh...
—Se aclaró la garganta, al sentirse de algún modo incómodo.
Felix se había puesto a observar las vetas de la mesa—.
Es bueno haber recuperado esos recuerdos.
Quizá podamos regresar a ellos algún día.
Felix levantó la vista. Sonrió.
—Eso me gustaría.
Maeve se estiró sobre la mesa para apretarle la mano a Felix.
Una oleada de determinación los recorrió a los tres.
Los habían herido, pero estaban sanando.
La vida se extendía frente a ellos en un gran abanico de posibilidades, de una forma en la que nunca antes lo había hecho.
La Abadía se desvanecería, sus defensores se escabullirían para curar sus heridas y buscar formas de reconstruir lo que habían perdido, pero a fin de cuentas no tenía comparación con lo que ardía intensamente dentro de ellos.
La esperanza.