57. Jude
Jude
Jude se despertó despacio. Sus pensamientos se desplegaron en cintas mullidas, que se enredaron, se desenredaron y volvieron a enredarse.
Parpadeó con pereza mientras el calor se difundía hacia abajo a sus extremidades.
La luz de color amarillo mantecoso daba sobre el edredón gastado, se quedaba en los huecos entre sus cuerpos.
La satisfacción entró sigilosamente por entre los agujeros de las cortinas vaporosas sobre la brisa del mar.
Maeve estaba acurrucada debajo de su brazo, tenía la mejilla cómodamente apoyada sobre su pecho desnudo.
La luz del sol del amanecer jugaba con avidez sobre su pelo con hilos dorados.
El delicado rubor de la noche anterior había vuelto su piel luminiscente, un tenue brillo aún se aferraba a sus pómulos.
Dentro del pecho, en el lugar reservado solo para ella, se le estrujó ligeramente el corazón.
Nunca se había considerado alguien que necesitara a otra persona, pero la necesitaba a ella.
Necesitaba su risa, sus suspiros. La necesitaba discutidora y la necesitaba comprensiva. Tal como no sabía cuánto necesitaba que ella apoyara la cabeza contra su pecho hasta que estuvo allí, Jude no se había dado cuenta de cuánto anhelaba que alguien fuese suyo hasta que ella estuvo frente a él.
Los recuerdos de la noche anterior lo invadieron, lanzando una ola de calor por su cuerpo.
Maeve tenía razón, la vulnerabilidad era algo hermoso. Había permanecido desnudo frente a ella con cada tatuaje maltrecho a plena vista, cada centímetro disponible para su mirada firme. Y había sido liberador de formas en las que no se había imaginado que fuesen posibles.
Le acarició la curva de la espalda con el dorso de los dedos, con suficiente suavidad como para que ella no despertara.
La deseaba otra vez, con más intensidad ahora que sabía lo que estaba pidiendo.
Lo que él daría. Se tocó la marca que su boca le había dejado en el pecho, el suave dolor que había dejado.
También necesitaba eso. Un signo de amor grabado en su piel, pedido libremente y dado libremente.
No había tenido el privilegio de llamar suyas demasiadas cosas, pero si el feroz anhelo de fundirse en la piel de Maeve y no irse nunca más le decía algo, era que el don de amarla no sería uno que dejaría escapar por entre los dedos.
Movió la boca hacia su sien.
—Maeve.
Ella se movió, rodó hasta quedar de espaldas contra el pecho de Jude. Las piernas de ambos quedaron enredadas. Él apoyó la frente contra la nuca de Maeve. «Penitencia —pensó él—. De la verdadera.»
—Buenos días —susurró ella, con la voz ronca por el sueño.
Se giró en los brazos de Jude, pasó una pierna sobre su cadera. Un destello del calor de la noche previa hizo que él la hiciera rodar sobre la espalda y le besara el cuello en una línea hacia abajo. Le lamió la clavícula, presionó los labios contra su pulso.
—Buenos días.
—Qué manera de despertar —murmuró ella, con una sonrisa en la voz.
La amaba así, acalorada por el sueño y afectuosa. Ella le enterró las manos en el pelo, tiró para acercarle la cara a la suya. Jude accedió feliz. Su boca era cálida y dulce. Podría besarla eternamente.
Un tiempo después, Maeve se apartó.
—Anoche... —Su rubor se hizo más intenso.
—¿Estuvo bien?
Ella asintió con la cabeza.
Le besó en la comisura de la boca, le presionó los labios contra la oreja.
—Siempre seré bueno contigo.
La mañana se les pasó volando. Pronto, el amanecer se hizo más brillante y llenaba la habitación con la luz clara del día.
Con la cabeza apoyada en el vientre de Jude, Maeve se giró para mirarlo.
Deslizó los dedos sobre su antebrazo, con un roce tan suave que significaba más para él de lo que podía decir con palabras.
Sin aliento, la observó, con una necesidad de confesarse más fuerte que nada de lo que había conocido jamás.
Las palabras se le quedaban en la punta de la lengua prometiéndole alivio en cuanto las soltara al aire.
La luz del sol se refractaba en los ojos oscuros de Maeve, los pintaba en los tonos más intensos de esmeralda y cuarzo.
«Amada», le facilitó su mente.
No podía esperar más...
—Te amo.
Los ojos de Maeve parpadearon hasta cerrarse.
—Jude.
Nunca se cansaría de oír su nombre en labios de ella. Maeve le envolvió la parte de atrás de la cabeza con las manos mientras enterraba el rostro en su cuello.
—Yo también te amo —susurró contra su piel. Se movió para besarle la comisura de los labios. Una, dos veces—. Claro que te amo.
Le dolía la cara de lo mucho que estaba sonriendo. Cada latido de su corazón era solo para ella.
Él no quería moverse nunca más, pero, con el tiempo, el rugido sordo que hizo su estómago provocó que se apartaran. Maeve le pasó los dedos por la mandíbula. Sus narices se tocaron.
—¿Listo para levantarte? —preguntó ella.
—Todavía no.
Un gesto de reflexión ensombreció la frente de Maeve.
—¿Cómo te sientes?
Jude se acomodó hacia atrás. Quería verle bien la cara mientras mantenían aquella conversación. Era necesario que ocurriera, pese a cuán poco quería preocuparse por eso. La Abadía. El fuego. Los recuerdos y los santos y la brillante magia de oro. Ezra.
—Me siento... —Dudó. Las palabras llegaban como en un goteo lento—. Liviano. Como si no hubiese nada de qué preocuparse. Solo estamos tú y yo. Y lo que queramos hacer a continuación.
La comisura de la boca de Maeve se curvó hacia arriba, aunque tenía los ojos pesados. Apartó la mirada hacia la ventana. Las nubes se movían deprisa en lo alto y emergían algunos puntos azules en el revoltijo gris.
—Ezra murió —murmuró Jude, observándola con cuidado—. Debo decírselo a Elden.
—Oh. —Su único gesto fue una breve tensión en la boca—. ¿Cómo?
—Un candelero le atravesó el cuello. Era demasiado tarde para hacer nada cuando llegué hasta él.
—Hum.
Jude no sabía qué más decir. Casi con desesperación, le preguntó:
—¿Y tú? ¿Cómo te sientes?
Ella suspiró.
—Igual, creo. Más a la deriva que otra cosa.
El incendio era necesario, y estoy feliz de que haya ocurrido, aunque hubiese preferido que no te forzaran a subir al altar.
Me alegra que hayamos recuperado nuestros recuerdos y que la Abadía ya no esté apoderándose de nuestra magia.
Que podamos hacer lo que queramos, ser lo que queramos, es un regalo que no dejaré nunca de agradecer. Es solo que... —Hizo una mueca.
—No estás acostumbrada a vivir sin una guía —repuso Jude.
—Algo así. No es tanto el aspecto religioso, sino más bien el apoyo. La idea de que hay alguien allá fuera cuidándome. Escuchándome cuando rezo.
El corazón de Jude dio un golpe inestable. Se había acostumbrado tanto a vivir sin una red de seguridad que volver a traer una de regreso a su vida era algo que lo asustaba más que seguir solo. Donde Maeve veía una red de contención, él veía cadenas.
—¿Alguna vez te conté qué significa el nombre de mi casa? —preguntó él de repente.
Maeve le lanzó una mirada.
—¿Ánhaga?
—Significa un ser solitario —explicó—. Una morada para uno.
Ella frunció el entrecejo.
—¿Por qué alguien le pondría semejante nombre a una casa?
—No lo sé. —Debajo de la manta, entrelazaron los dedos—.
Pero me hizo pensar. Si fue construida para ser un lugar sin una comunidad, sin compañía...
, ¿qué pasa cuando se convierte justo en eso?
¿La casa pierde su nombre? ¿Su identidad?
¿O el significado de Ánhaga se reescribe para ser algo completamente nuevo?
Maeve parpadeó.
—Sus raíces se mantienen iguales, pero el crecimiento toma una nueva dirección.
Jude sonrió.
—Exacto. Como contigo y conmigo, Maeve. Nuestros cimientos son la Abadía. Lo bueno y lo malo. Pero eso no quiere decir que nuestro futuro no pueda crecer como algo nuevo.