56. Maeve #3
Luchando contra un temblor, bajó la mano por el centro de su abdomen y lentamente la cerró alrededor de él.
Él soltó un gemido y la agarró de la cintura cuando ella movió la mano arriba y abajo.
Un ligero brillo de sudor le roció el pecho.
Ella lo frotó con el pulgar, sonrió cuando él gimoteó.
Se movió más cerca, lo deslizó contra la humedad que tenía entre las piernas.
Luchó contra un resuello propio al sentirlo, ante la forma en que él echó la cabeza hacia atrás con un gemido.
—Jude —susurró Maeve.
La garganta de él se movió al tragar con esfuerzo.
—¿Qué?
—¿Es esto lo que quieres?
—Sí —respondió en una inhalación, asintiendo con la cabeza—. Por favor.
Apoyando una mano en el pecho de Jude, Maeve se alzó sobre sus rodillas y lentamente se hundió en él.
Los dedos Jude convulsionaron sobre sus caderas, los tendones del cuello se le tensaron con fuerza.
Ella hizo una pausa ahí, dejando que ambos se adaptaran.
Deseó que hubiera más luz, el sol, una vela, lo que fuera.
Quería verlo, ver donde estaban conectados.
Finalmente, él dejó salir una larga exhalación, movió las caderas debajo de ella y presionó la cabeza hacia atrás con más fuerza contra el colchón.
Quería que ella se moviera. Ella no lo haría...
, todavía no. En lugar de eso, se inclinó hacia delante, deslizó la nariz hacia arriba por su cuello y le succionó un beso en la suave piel debajo de la oreja, con fuerza pero no la suficiente como para dejarle marca.
—¿Está bien?
Todo su cuerpo se sacudió en respuesta. Ella se echó hacia atrás para mirarlo, preocupada de haber hecho algo que no le hubiese gustado, pero tenía la cara relajada, los labios entreabiertos.
Él deslizó ambas manos por la línea de su columna vertebral, una se detuvo en la parte de atrás de su cabeza y la acercó para juntar sus frentes.
—¿Puedes hacer eso de nuevo? —preguntó, rozándole los labios.
Tenía el entrecejo fruncido con fuerza, los ojos entreabiertos, casi con dolor. Un intenso rubor se le extendía hacia abajo por el cuello. Ella rotó la cadera un par de veces, solo para verlo estremecerse. «Por los santos», qué bien se sentía.
—¿Hacer qué?
Se rozó debajo de la clavícula con la punta de los dedos.
—Marcarme. Aquí. —Su voz tomó una cadencia suave, suplicante—. Quiero verla más tarde.
Fue su turno de estremecerse, al inclinarse para presionar la boca exactamente donde él se había tocado, succionó hasta que una marca violeta intenso floreció en la piel.
—¿Así? —preguntó.
Jude asintió con la cabeza. Apoyó la palma ahí cuando ella terminó, se le relajó la cara, como si ella hubiera desatado algo dentro de él.
Antes de que ella pudiera regresar a desarmarlo por completo, las manos de Jude estaban sobre sus caderas, moviéndola sobre él.
Le temblaron las piernas del esfuerzo. Apoyó las manos sobre el pecho de Jude, inclinándose hacia él.
Tenía la mirada despejada, el rostro a centímetros del de ella.
Maeve no podía concentrarse en nada que no fuera él. En la forma en que él se sentía dentro de ella, la delicada presión de su pecho resbalando contra el de él. El calor líquido que viajaba por sus extremidades era más de lo que podía soportar.
—Maeve. —Jude dejó escapar un sonido reprimido desde el fondo de la garganta, casi un quejido. El sudor le rociaba el pecho, el cuello. La marca que ella le había dejado—. Maeve, tú... —Tragó—. Por favor. Por favor.
—Lo sé —murmuró ella, luchando por controlarse tanto como él.
Jude la acariciaba con las manos temblorosas arriba y abajo por los costados, empujando la cabeza hacia atrás contra la almohada.
Estaba cerca, pero no lo suficiente. Ella quería verlo deshacerse.
Total y completamente, solo para ella. Llevó los labios a su oído.
—Puedes hacerlo. Para mí.
Todo el cuerpo de Jude se tensó antes de dejar escapar medio gemido contra su oreja. Ella se echó hacia atrás solo lo suficiente para verle la cara. El rubor en sus mejillas, sus ojos cerrados con fuerza. La forma en que atrapaba los labios entre los dientes.
Maeve sintió que se le hinchaba el corazón con una vibrante ola de emoción al caer sobre el pecho de Jude, enterró el rostro contra el costado de su cuello.
La simple realidad de él era suficiente para quitarle el aliento.
Suficiente para hacerle agradecer, más de cien veces, el regalo del hombre entre sus brazos.
Un regalo que abrazaría mientras tuviera fuerzas.
Durante un largo rato, el único sonido fue el de sus respiraciones, el suave raspado de la piel. Entonces Jude se rio, eufórico y perplejo, antes de hacerlos rodar y acomodarse sobre ella.
—Pesas mucho —murmuró Maeve, resoplando una risa, mientras jugaba a empujarlo.
Jude le plantó un beso final donde el cuello se unía con el hombro, antes de moverse lo suficiente para que ella se acurrucara a su lado.
Maeve se giró para mirarlo. Ambos hoyuelos estaban a la vista. Él la abrazó, le besó el pelo.
—Sabía que serías mi perdición —murmuró Jude—. De una forma u otra.