56. Maeve #2
Jude se quedó inmóvil. Inhaló con fuerza, ajustó más la toalla alrededor de sus caderas.
Maeve siguió un camino descendente, presionó los labios contra la línea de la clavícula, la parte voluminosa del pecho, que subía y bajaba. Le pasó los dedos sobre las costillas, las partes suaves del interior de los brazos.
—¿Está bien así? —murmuró mientras se ponía de rodillas.
Jude la miró, con los ojos tan abiertos que era casi gracioso. Ella le ocultó su sonrisa contra el borde de su cadera. Si lo había leído bien, iba a gustarle aquello. Tenía la boca abierta, pero no salía nada de ella.
—¿Jude? —preguntó Maeve, le besó la piel suave justo arriba de la toalla, con toques ligeros como la pluma sobre las marcas de tinta en su abdomen inferior.
Presionó la lengua contra la punta de su cadera, a punto de soltar un gemido al sentir el sabor.
Él enredó los dedos en su pelo a la altura de la nuca para inclinarle la cabeza y encontrar su mirada.
—Yo... —Tragó con fuerza—. Quiero decir... ¿sí? Por favor.
Antes de que pudiera perder el coraje, le quitó la toalla y lo llevó a su boca.
Nunca antes había hecho esto, nunca había querido, pero quería ver a Jude perdiendo el control, sabiendo que ella era responsable.
Quería oír los sonidos que le salían de la boca mientras le clavaba los dedos en el cuero cabelludo, las inhalaciones profundas, rápidas, cuando ella lo llevaba más hondo.
Sintió que él la apartaba cuando estaba cerca.
—No quiero... —Negó con la cabeza, mientras la guiaba para que se pusiera de pie. Tenía las mejillas sonrojadas, una estela de color que se le extendía hasta el pecho—. Todavía no.
—Bueno, esa es una manera de mantenerte cerca —reflexionó Maeve, sonriendo, cuando él la atrajo con fuerza contra su pecho. Su respiración todavía tenía que desacelerarse.
—Ven —le dijo contra el cabello.
La despojó de la toalla y la acostó sobre la cama.
Ella se rio, deslizó las palmas de las manos hacia arriba y hacia abajo por los costados de Jude mientras él se movía para quedar sobre ella y accidentalmente apoyaba una mano sobre su pelo suelto en el proceso. Le tiró del cuero cabelludo con fuerza.
—Ay... —se quejó, tirando de su pelo atrapado.
Jude se apartó tan rápido que casi se cae.
—¿Estás bien? —Le masajeó la cabeza con las yemas de los dedos, tenía los ojos llenos de preocupación.
Maeve luchó contra una sonrisa mientras tiraba de él para que quedara sobre ella.
—Sobreviviré. Creo.
La sonrisa en respuesta apareció rápido en los labios de Jude.
—Qué graciosa —murmuró, deslizando la mano por su cabello a la altura de la nuca para inclinarle el rostro hacia el de él.
Sus miradas se encontraron y se sostuvieron, algo embriagador pasó entre ellos.
La emoción se acumuló en el pecho de Maeve al verlo así: siendo libre, sin preocuparse por nada que no fuera el momento presente. Se inclinó hacia arriba y lo besó.
Cuando él movió una mano para envolverle el costado del cuello, poniéndole el pulgar contra el pulso, Maeve se dio cuenta de que este no se parecería en nada a su último beso.
El beso en la posada había sido pura desesperación y una necesidad desenfrenada de conexión.
Habían estado sedientos el uno del otro, habían querido un momento de felicidad en medio de una realidad que se desmoronaba con rapidez.
Con razón había terminado como lo había hecho.
Siempre que había pensado en besar a Jude, en dormir con él incluso, había imaginado algo lento. Casi reverente.
Una vez había admitido para sí, cuando había perdido la cabeza por los celos al pensar que él y Bethan eran amantes, que Jude se tomaría su tiempo.
Cuando los labios de él se movieron sobre los de ella, su muslo la presionó entre las piernas y se deslizó hacia arriba, la fricción más que perfecta, ella supo que tenía razón.
Él iba a hacer un estudio lento de ella y ella iba a permitírselo.
Jude le soltó la boca para besarle el cuello, luego a lo largo de la clavícula.
Le presionó la nariz en la parte inferior del pecho, le puso los pulgares en los huecos de las caderas.
Deslizó la lengua sobre sus pezones hasta que ella empezó a jadear, entonces comenzó a besarle las costillas y el esternón, cada roce ligero como una pluma.
Bebía cada una de sus reacciones, se quedaba donde ella se arqueaba contra él, moviendo los labios contra su piel.
El amor, pensó ella mientras él catalogaba con cuidado cada lugar donde podía llegar, era todo y nada, indefinible en un mundo que ella intentaba mantener contenido y a salvo.
El amor era esto: sacrificio y supervivencia.
Maeve lo observó ir hacia abajo, intentando controlar sus pulsaciones.
Nunca había ansiado los ojos de un amante de esta forma.
Definitivamente no durante , cuando estaba vulnerable, abierta, con él entre las piernas.
Pero cuando Jude le besó el hueco donde la cadera se unía con el muslo y levantó la vista para mirarla, no deseó nada más que a él.
Que la memorizaba con los ojos y con la boca.
—Tendrás que enseñarme —susurró Jude.
—Creo que... —Se quedó callada, cerró los ojos con fuerza cuando él le presionó la nariz contra la parte interna del muslo, luego con la lengua—. Creo que lo harás bien.
Ella le deslizó los dedos por la cabellera corta, sintió cómo él se estremecía en respuesta.
La desesperación la colmó mientras él permanecía en su cadera, besándole la piel con contactos que apenas eran roces.
Él se inclinó hacia atrás para observarla, le pasó los dedos con delicadeza entre las piernas hasta que ella se retorció.
—Jude —dijo Maeve, con una voz más suspirada de lo que hubiese querido—. Por favor.
Él sonrió, murmuró algo contra su piel que sonó sospechosamente a «paciencia». Ella memorizó la imagen de la cabeza de Jude entre sus piernas, los dedos dejándole marcas en la cadera. La respiración jadeante contra el lugar donde ella más lo necesitaba.
Ya no podía soportarlo más.
Maeve le pasó una mano sobre la cabeza para llevar su boca más cerca.
Se le cerraron los ojos cuando él por fin presionó la lengua contra su piel.
Su cuerpo estaba tenso y deseoso, el corazón le latía al ritmo en el que él la tocaba.
Por un momento que pareció infinito, fue como si ella no habitara su cuerpo en absoluto.
Era solo Jude, con la boca entre sus piernas, los dedos dentro de ella y el peso pesado de la mano que apoyaba en su muslo.
Como en la bañera, ella lo guio con una mano en el pelo, se le arqueaba la espalda hacia arriba cuando él presionaba la cara más cerca y gemía contra ella.
No frenó hasta que ella terminó rendida, con la respiración agitada y entrecortada.
Incluso entonces, ella tuvo que apartarlo y se echó a reír cuando él se quejó y le dio un último beso con la boca abierta entre los muslos.
—Realmente muy gratificante —comentó, mientras le envolvía la cintura con los brazos y enterraba la cara en su vientre—. Magnífico.
—¿«Magnífico»? —Maeve se rio, un sonido sin aliento—.
No has usado nunca esa palabra en tu vida.
—Estiró los dedos para quitarse el agarrotamiento que le había causado aferrarse al edredón mientras él soltaba una risita y le frotaba la barba incipiente de la mejilla contra la piel, hasta que ella se retorció—.
Aunque me complace mucho que pienses así.
Extraordinariamente complacida, incluso.
Él se movió hacia abajo.
—¿Otra vez, quizá?
—Hay otras cosas, ¿sabes? —comentó ella, tirando de él hacia arriba y lamentándolo al mismo tiempo.
—¿Ah, sí?
La voz de Jude era liviana, burlona. Maeve no creyó haber visto nunca su sonrisa tan desenfadada.
Le besó en la comisura e hizo que Jude rodara para quedar acostado de espaldas.
Sus ojos color avellana estaban despejados y oscuros cuando la miró.
El flequillo que formaban sus pestañas los cubrió cuando inclinó la cabeza para observar, con los labios entreabiertos, cómo las puntas de los dedos de Maeve caminaban por los planos de su abdomen.
Ella delineó el tatuaje rúnico en el hueco de su cadera derecha, se detuvo cuando él reprimió un siseo.
—Está sensible —reconoció él—. Pero no te detengas.
Ella aplanó la mano, cubrió las líneas antes de pasarle la palma por el costado y trazar el tatuaje más grande sobre su pecho: un semicírculo rodeado por tres líneas como rayos de un sol.
El signo de la Abadía, marcado para siempre en su piel, tal como estaba marcado en sus corazones y mentes.
Quizá nunca los dejaría del todo, pero quizá pudiesen reapropiárselo.
Se agachó y lo besó. Jude se estremeció.