56. Maeve
Maeve
Los encuentros amorosos no eran algo desconocido para Maeve.
Aventuras rápidas, con frecuencia apresuradas y rara vez satisfactorias.
Nada más que una picazón rascada. La mayoría de los hombres con los que había estado le habían gustado lo suficiente como para compartir esa parte de sí con ellos, lo suficiente como para arriesgarse al castigo de la Abadía si la atrapaban.
Pero jamás había dejado que ningún tipo de vulnerabilidad se infiltrara en la ecuación.
Pero eso, permanecer completamente desnuda mientras Jude la miraba con reverencia en los ojos, era algo que jamás había experimentado.
Ella estudió cómo se le entreabrían los labios, cómo la luz de la luna lo pintaba con un toque delicado.
Los ojos de Jude se encendieron con un brillo desenfocado al recorrerla con la mirada, que viajó a través de su clavícula, se quedó en sus pechos, bajó a su ombligo, continuó bajando aún más.
Ladeó la cabeza, encontró los ojos de Maeve mirándola desde abajo de las pestañas.
A ella se le crisparon los dedos a los costados del cuerpo. Quería tocarlo. Desesperadamente.
Despacio, él comenzó a desabotonarse la camisa.
A ella no se le pasó por alto su valentía, sabía que le resultaba difícil.
Tenía el torso lleno de tatuajes, intensas capas en la parte interior de los brazos y en la delicada piel de la parte que sobresalía de las caderas, conteos en líneas parejas sobre su bajo vientre.
Maeve dio un paso adelante y con suavidad le apartó las manos de la camisa, para hacerse cargo de la tarea de desabrochar los botones.
Le acarició el pecho con las yemas de los dedos, se quedó sobre el tatuaje de «santo».
El pulso le latía en la garganta a Jude, un tamborileo rápido justo debajo de la piel.
Maeve le presionó los labios contra el cuello, le succionó con suavidad la piel. Él inhaló con fuerza. Ella soltó una risita, se apartó cuando la camisa cayó al suelo.
—Vamos a la bañera.
Se metió despacio, siseando frente al ardor que le provocaba el agua sobre los varios rasguños y quemaduras.
Se pasó rápido, el calor le calmaba la tensión de los músculos.
Juntó agua en las palmas, se frotó para quitarse los restos de humo y sudor, para darle a Jude privacidad mientras terminaba de desvestirse.
El suave sonido de la tela al desprenderse le erizó la piel de la espalda.
—Muévete hacia delante —murmuró él, mientras entraba en la bañera detrás de ella.
Obedeció, el agua chapoteó casi hasta el borde cuando él se metió.
Las yemas de sus dedos le rozaron la columna vertebral antes de sujetarle la cadera.
Sintió su boca al lado de la oreja, su olor en la nariz—. Ahora, acércate.
Sentía el corazón listo para despegar desde la garganta mientras se movía hasta que su espalda quedó contra el pecho de Jude, sus piernas entre las de él.
La sensación de la piel desnuda de Jude era febril.
Abrumadora. Él le presionó un largo beso en donde el hombro y el cuello se unen. Maeve sintió un escalofrío.
—¿Jude?
Él movió una mano hacia su muslo derecho, la otra a su vientre, donde trazó lentos círculos con las yemas de los dedos.
Le rozó el cuello con la punta de la nariz mientras inhalaba su olor.
El deseo la transformó en líquido. Se le entrecortó la respiración.
Maeve presionó sus muslos con fuerza para aliviar algo del deseo.
—Sabes que podemos hacer lo que quieras —dijo. Rogó que la desesperación no se le notara en la voz—. Me gustará. Cualquier cosa. Lo que sea.
—¿Y si quiero hacer todo? —preguntó él con la boca todavía contra su piel. La mano sobre su vientre se movió ínfimamente más abajo.
Ella tragó.
—Lo dicho...
Le rozó la parte de abajo del pecho con el dorso de los dedos.
Maeve apoyó la mano sobre la de él debajo del agua, trazó los delicados huesos de sus dedos, las formas elevadas de sus venas y los contornos de su muñeca.
La imagen de sus manos sobre ella amenazaba con destruir el poco control que todavía tenía.
—¿Estás...? —Jude comenzó a preguntar, acomodándose detrás de ella. Se le había quedado el pecho inmóvil.
Ella le echó un ojo por encima del hombro y captó un asomo de duda en su mirada.
—¿Estoy qué?
—El té —respondió él, de manera concisa.
Tardó un poco en entender a qué se refería. Cuando lo hizo, se rio, plantó una mano en la pierna doblada de Jude y se empujó para darse media vuelta y enfrentarlo. La mirada de Jude rápidamente se disparó hacia su pecho y de regreso a su cara, como si temiera que ella lo atrapara mirando.
—¿Te refieres a si estoy protegida contra el embarazo?
Él asintió.
—El té dura un mes. Y todavía no he tenido mi siguiente período, así que...
Él soltó un ruido suave desde el fondo de la garganta, giró a Maeve y la apretó contra su pecho.
—Eso es... bueno. Muy bueno.
—¿No quieres hijos? —preguntó Maeve mientras él comenzaba a lavarle el pelo con un frasquito de jabón que habían encontrado apoyado en el alféizar. El olor a menta de verano invadió el aire. Atrapó un suspiro entre los dientes mientras Jude frotaba los mechones para hacer espuma.
—Nunca lo he pensado realmente, para ser honesto.
—Yo tampoco. Quizá algún día, pero no a corto plazo.
Él le besó la nuca en respuesta.
—Cuando llegaste, aunque me enfurecías...
—Jude soltó una risita, mientras le pasaba las manos por toda la extensión del pelo—.
Me enfurecías tanto, no podía dejar de pensar en ti.
No podía hacer nada para evitar imaginarme tu rostro, tu pelo y la forma en que te brillaban los ojos cuando me lanzabas una mirada furiosa.
Toda tu frustración y, con el tiempo, tus sonrisas. Esas jamás las podría olvidar.
Ella sonrió entonces, no lo pudo evitar. Jude presionó la cara contra su cuello mientras hablaba.
—Y todos esos vestidos, Maeve. Los camisones. —Gimió—. Estuvieron a punto de matarme. ¿Eras consciente de cuán transparentes eran?
—Quizá.
—Eso pensé.
Giró la cabeza para besarlo debajo de la mandíbula.
A diferencia de veces pasadas en las que había experimentado felicidad, la veta que sentía aquí, ahora , era de una variante más sólida.
Como si sus extremidades estuviesen bañadas en oro, un revestimiento firme de algo que no sería fácil de quitar.
Con frecuencia se había preguntado si encontraría a alguien que viera todos sus rincones oscuros y aun así la quisiera; un sueño que rara vez se permitía soñar.
El miedo de que nunca se hiciera realidad era difícil de soportar, así que lo empujaba al fondo de su mente, al espacio que ocupaban las horas vulnerables entre dormir y despertarse.
No había mentido cuando le había dicho a Jude que le gustaría cualquier cosa que hiciesen.
No podía imaginarse nada que pudiera pasar entre ellos como otra cosa que una representación perfecta de todo lo que sentía por él hecho realidad.
Como la sensación emocionante que sentía con su magia cuando pintaba, algo casi religioso en la fuerza de su alegría, tan eufórica que entregaría su vida a ello en un instante.
Se turnaron para lavarse en el silencio cómodo, lento, de la bañera iluminada por la luna.
Él todavía tenía que besarle los labios, aunque había mapeado su cuello y sus hombros lo suficiente como para hacerla estremecer de deseo cada vez que su boca le tocaba la piel sobrecalentada.
Él parecía feliz de tomarse su tiempo para explorar su cuerpo, con su usual, cuidadosa, observadora precisión.
Por fin, cuando creía que ya no podía soportar más las estimulaciones, Jude le deslizó una mano hacia arriba por el muslo. Maeve soltó un suspiro.
—Has tardado bastante.
Él soltó una risita, un sonido mordido que viró a un suspiro cuando deslizó los dedos a través de ella, lentos y lánguidos. Detrás de ella, su pecho se quedó inmóvil.
—Maeve —susurró—. Mierda.
Ella cerró los ojos y abrió más las piernas, le movió la mano adonde la quería.
La otra mano le sujetó con fuerza la cadera para mantenerla quieta.
Sus respiraciones agitadas llenaban el silencio.
Maeve le clavó las uñas en la piel, incluso cuando ya no necesitaba guiarlo.
Todo el tiempo, él le susurraba contra el pelo, le decía cuán hermosa le parecía, lo bien que lo estaba haciendo.
La regañaba cuando apartaba la mirada de donde estaban conectados.
—Eso es —murmuró él contra su cuello cuando ella dejó caer la cabeza hacia atrás al sentir sus dedos deslizándose adentro de ella.
Maeve se estiró hacia él, le sujetó la nuca con fuerza con una mano.
Necesitaba tocarlo mientras llegaba al orgasmo; el éxtasis, una ola lenta que la dejó jadeando y temblando.
Sus respiraciones quedaron agitadas durante un buen rato.
Jude siguió tocándola como si no supiera bien cómo detenerse: caricias lentas, perezosas, con las manos sobre los muslos, los pechos, un roce como de pluma entre las piernas donde la había llevado a la perdición. Ella se estremeció en sus brazos.
Con el tiempo el agua que se había enfriado los alentó a separarse.
Él le envolvió los hombros con una toalla y le besó la frente antes de tomar una para sí.
Maeve aprovechó la oportunidad para observarlo moverse, como artista y como amante.
Sabía que era alto y esbelto, con extremidades elegantes y cierto aire distinguido que había disfrutado capturar en su pintura, pero no había estado preparada para la realidad.
Se humedeció los labios mientras recorría con la mirada sus caderas estrechas, la larga extensión de sus piernas, la sutil definición de su pecho y abdomen.
Las líneas ásperas de sus tatuajes solo enfatizaban su belleza; su existencia, un recordatorio tangible de todo lo que había sobrevivido.
Envalentonada, se acercó, le puso una mano abierta sobre el pecho, directo sobre el tatuaje de «santo», y le besó el cuello.