55. Jude
Jude
Elden los llevó a una cabaña a unas pocas horas de distancia de la Abadía.
Una estructura pintoresca desgastada por el mar enclavada en una tranquila caleta a las afueras de Little Westworth que aseguraba haber pertenecido a su abuela, la madre de Brigid.
Tenía un pequeño muelle que llegaba al mar, donde flotaba un bote para dos personas, con un artilugio para pescar oxidado en la parte trasera.
Los costados de la cabaña eran de yeso encalado; el techo, la puerta y el marco de las ventanas, de madera oscura.
Cuando Elden abrió la puerta y los hizo pasar al interior, Jude sintió que algo se desprendía y se soltaba.
Este era el hogar de Elden. No la casa de Jude. No Ánhaga, aquí.
Todo era de él, desde el montón de edredones cosidos a mano en la canasta al lado del desgastado sillón extragrande a la madera rayada de la pequeña mesa para comer. Olía a flores secas y brisa de mar y algo inconfundiblemente muy Elden.
Lo habían obligado a dejar todo esto para ir con Jude. La culpa le clavó las garras en el estómago.
Elden se dejó caer en el sofá con un quejido, apoyó los pies con calcetines sobre la mesa que tenía frente a sí.
Una sonrisa satisfecha en los labios. El resto de ellos se quedó de pie en la pequeña cocina, intercambiando miradas confusas entre sí, mientras él se preparaba para dormir una larga y bien merecida siesta.
—¿Qué os parece si...? —Maeve no terminó la frase. Se dio la vuelta, abrió una alacena al azar. Había tazas de vidrio en una hilera ordenada, cubiertas por una tenue capa de polvo—. Bueno.
Jude observó los movimientos poco naturales de Maeve y se le hizo un nudo en la garganta.
Ella había estado... rara de camino hasta aquí.
Felix les había preguntado a ambos cuáles eran sus planes ahora que se habían librado de la Abadía, a lo que Maeve había respondido que le gustaría encontrar a su familia tan pronto como pudiera.
De inmediato, a ser posible. Lo había dicho de un modo terminante; con un énfasis en su individualidad que él no estaba seguro de haber imaginado.
Había dado vueltas a las palabras en su cabeza una y otra vez, toqueteándolas como a un diente dolorido.
Él quería que se quedaran juntos. Más que nada.
Pero necesitaba que ella eligiera... Que le eligiera a él.
Para quedarse o irse o cualquier cosa intermedia.
Él era completamente de ella. Había sentido lo que era estar a punto de ser despedazado y había salido de la situación como un hombre cambiado.
Ella había conocido a alguien irremediablemente destruido y dejaría atrás a alguien...
no del todo entero, pero que estaba en proceso de estarlo.
Era más de lo que él hubiera deseado cuando pensaba en cómo sería su recuperación.
Ya no huiría, ya no se escondería. Jude la quería a ella. En cualquier forma que ella quisiera. Y entonces, cuando Felix le había preguntado cuáles eran sus planes, había respondido de la forma más simple que pudo. Quería ir a su hogar .
Su hogar era Ánhaga; su hogar era Maeve.
Si ella quería oírle rogar que se quedara o le permitiera ir con ella a buscar a su familia, lo haría. Con gusto se arrodillaría y le daría cualquier cosa que ella pidiera.
Solo tenía que mirarlo primero.
—Debería haber algo de comer en algún lugar por aquí. —Elden se puso de pie con un quejido—. Iré al pueblo mañana y traeré algo que no esté en conserva.
Desapareció por la puerta trasera. A continuación se oyó el sonido de frascos que chocaban unos contra otros y un murmullo apagado.
Maeve se mantuvo ocupada llenando el hervidor con agua, haciendo té con movimientos cortos, bruscos.
Felix la miró alzando una ceja después de que ella cerrara la alacena con una fuerza alarmante.
Antes de que pudiera pensar una respuesta, Elden regresó con las manos llenas.
Pronto, estaban devorando platos de espesa avena cocida y masticando trozos de bacalao en salazón.
La avena prácticamente no tenía gusto a nada sin leche ni azúcar, pero les calmó el dolor en el estómago.
Después de que lavaran los platos, Elden sacó mantas de un armario debajo de las estrechas escaleras desvencijadas que llevaban a un altillo.
—Ten. —Empujó un edredón a las manos de Jude, disparó los ojos entre él y Maeve—. Tengo una habitación, está el sofá y la antigua habitación de mi abuela... —Movió el mentón señalando las escaleras—. Allá arriba.
—Yo dormiré aquí abajo —dijo Felix rápido. Los ojos le bailaban con un ligero gesto divertido frente a la firme distancia entre Jude y Maeve. Ella se movió, bajó la mirada al suelo.
—Yo estaré en mi habitación, al final del pasillo —sostuvo Elden—. Vosotros dos...
Jude se tragó el nerviosismo que había empezado a acumularse en algún lugar detrás del esternón.
¿Quería Maeve estar sola con él? Se arriesgó a echar una mirada en su dirección.
No había alzado la vista del suelo. Un rubor había empezado a recorrerla por el cuello y desaparecía por la parte delantera de su hábito manchado de hollín.
—Hay un baño arriba, si queréis usarlo —continuó Elden, rompiendo el frágil silencio. Con eso, dio media vuelta y desapareció por el pasillo, claramente queriendo escapar de la evidente tensión.
Maeve se sobresaltó con el suave chasquido de la puerta que se cerró a continuación. Jude se giró hacia ella.
—Puedo dormir aquí en el suelo si prefieres estar sola.
Ojos oscuros encontraron los suyos, ligeramente vidriosos bajo la luz de las velas.
—¿Por qué querría eso?
Jude se encogió de hombros sin saber qué decir.
La vela que ella sostenía entre dedos apretados arrojaba un brillo meloso sobre las escaleras mientras subían.
Le recordó a Jude su primera noche juntos.
Una noche llena de tormentas, internas y externas.
Cómo ella había estado en su vestido traslúcido por la lluvia, con fuego en los ojos.
Cómo él había sabido, desde ese momento en adelante, que estaba completa e irrevocablemente jodido.
Maeve abrió la puerta con lentitud. La habitación era más grande de lo que él esperaba. El techo se alzaba en punta en el centro; las tablas de madera, de un blanco desgastado. Una ventana daba al mar, justo debajo, iluminada por un rayo de luz de luna. Había una sola cama grande.
A través de una puerta a la izquierda, pudo ver un baño con un lavabo, un espejo oxidado en los bordes y una bañera de cobre ubicada debajo de una ventana redonda. Era un objeto lujoso para una cabaña marinera, lo bastante grande, calculó, como para que él pudiese recostarse a lo largo.
Se arrodilló junto a la bañera y giró uno de los grifos. Después de un gruñido agitado y una preocupante cantidad de borboteos, el agua bramó para golpear la base de la bañera. La evaluó con los dedos, ajustó los grifos hasta que la mezcla que salía alcanzó una temperatura agradable.
Un roce de ropa detrás de él. La luz de la luna tornaba el chorro plateado.
—Jude.
La voz de Maeve no era más que un susurro, pero él se sobresaltó.
Creyó que la conocía para entonces. Conocía sus expresiones, sus hábitos. Cómo sonaba su voz cuando estaba nerviosa o enfadada o alegre. Pero ahora... no tenía ni idea de qué esperar de ella.
—Jude —repitió más fuerte.
Sus pasos se acercaron. Él permaneció aferrado a la bañera con las dos manos, la cabeza gacha en el espacio entre ellos. Cerró los ojos cuando los dedos de Maeve acariciaron su nuca.
—Quiero que vengas conmigo a buscar a mi familia. Y después quiero ir a casa contigo. —La exhalación de Maeve hizo que a Jude le recorriera la espalda un escalofrío de arriba abajo ida y vuelta—. Si eso es lo que quieres también.
El alivió lo inundó.
—¿Tú quieres?
—No quiero ir a ningún lado sin ti —confesó ella.
El calor de su cuerpo le acarició el costado y Jude quería mirar, lo quería de verdad, pero el feroz nudo que tenía en la garganta lo mantenía en su lugar. Había tanto que deseaba decirle, pero solo de pensar en mirarla a los ojos mientras lo hacía lo aterraba más que ninguna otra cosa.
Pero tenía que decir algo. Tenía que entrar en ese pozo oculto de valentía, por ella.
—Maeve —comenzó. Mantuvo los ojos cerrados con fuerza, incluso cuando la mano de Maeve se movió para apoyar la palma sobre la parte de atrás de su cabeza y sus uñas rascaron los mechones de pelo corto. Era la única a quien dejaría tocarlo ahí—. Sobre la posada...
—No, por favor, espera —lo interrumpió—. Quiero disculparme. Te presioné más de lo que debía esa noche. No debería haberme arrojado sobre ti...
—Sí quería... Sí quiero eso contigo —aseguró Jude—. Quiero todo. Solo tenía miedo. Estaba abrumado. No estaba seguro de cómo manejarlo. Y... —Dudó, resopló una breve exhalación—. Yo no lo he hecho antes. Nunca.
Aunque quería mirarla a la cara con desesperación, el peso de su silencio mantuvo sus ojos cerrados.
El aire cambió cuando Maeve se sentó a su lado. Por fin se permitió mirarla. Tenía los ojos bien abiertos, la boca entreabierta. La profundidad de los sentimientos en su cara fue suficiente para quitarle el aliento.
—¿Tienes idea de lo que significas para mí? —murmuró ella—. Aunque no quisieras ir más allá que sujetarnos las manos... —Jude rio por la nariz, negó con la cabeza, pero ella insistió—. Sería suficiente. Tú eres suficiente.
Él le besó el dorso de la mano que descansaba junto a la suya. Las pestañas de Maeve aleteaban contra sus mejillas.
—No quiero decepcionarte —susurró él. Dolía admitirlo, pero no quería nada entre ellos, ni siquiera algo tan incómodo como sus inseguridades.
—Eso es imposible. —Su boca estaba solo a un suspiro de distancia—.
Confía en mí. Yo nunca... jamás he querido a nadie como te quiero a ti.
Nunca deseé a nadie más de lo que te deseo a ti.
También me da miedo, ¿sabes? —Él alzó una ceja, y ella asintió con la cabeza—.
Es algo aterrador, abrirse a ese tipo de vulnerabilidad con otra persona. Pero también es un regalo.
—Quiero eso —susurró Jude.
Maeve se puso de pie. Se había quitado el hábito en la habitación y se había envuelto los hombros con el edredón en su lugar.
Lo sostenía con una mano agarrada entre los pechos.
La luz de la vela doraba su piel pálida, se deslizaba en cada hueco, en cada plano suave de la misma forma en que Jude quería hacerlo. Con las manos, con la boca.
La luz era dorada, pero este era un tipo diferente de magia.
Ella sonrió.
—¿Recuerdas cuando solíamos escabullirnos en las cocinas todos los jueves para robar galletas de miel?
Siempre me ponía nerviosa que nos atraparan, y esa vez que lo hicieron...
—Se rio, cubriéndose la boca con la mano—.
Le dijiste a la cocinera que creías haber oído ratas en tu habitación y querías hojas de menta para deshacerte de ellas porque odiaban el olor.
Hojas de menta, Jude. De todas las cosas posibles.
—Pero funcionó, ¿no? —repuso él, sonriendo—. No nos metimos en problemas. Y si no recuerdo mal... —Se puso de pie y avanzó hacia ella. La respiración de Maeve se entrecortó cuando él se acercó—. De todas formas, conseguiste tus galletas, ¿no?
—Sí. Y revisaron toda la Abadía en busca de ratones.
—Suena a que todo salió perfecto, entonces.
Su sonrisa se agrandó.
—Sí, así fue.
Él se acercó otro paso más. Se dejó envolver por completo en el momento, en la realidad de ella.
Todo lo que había soñado y todo lo que finalmente se permitiría tener.
Sin culpa o miedo o inseguridad; cualquiera de esas emociones detestables que se habían estado pudriendo en el fondo de un pozo sin luz junto a él.
Había vivido tantos años en la oscuridad. Ya no.
Llevó las manos al cuello de su túnica. Cada momento parecía fluido, como un sueño, cuando se quitó el hábito que Ezra le había obligado a ponerse y lo dejó caer a sus pies. Debajo, tenía puesta una simple camisa blanca y los mismos pantalones con los que había salido de su casa.
Maeve levantó la vela y la apagó de un soplido. Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada; mil promesas y palabras susurradas llenaron el espacio entre ellos.
Ella dejó caer el edredón al suelo.