El espacio entre nosotros 54. Jude #2
89%

54. Jude #2

—Me enviaron a Ánhaga como informante. Como espía.

Alteré tu investigación, tu biblioteca, tu vida.

Hice todas esas cosas, las comuniqué todas...

—Se detuvo. Llevó la mirada al cielo, la angustia volvió su rostro irreconocible por un instante—.

Había horas..., días incluso, en los que no podía recordar qué había estado haciendo.

Quizá tenía los dedos manchados de tinta o había lodo en mis botas, pese a que no había escrito nada ni había salido de la casa.

Recibía cartas, las abría y me olvidaba de inmediato de qué decían, sin importar cuántas veces las releía. Y no podía..., no sabía cómo pararlo.

El impacto completo golpeó a Jude como un ariete.

Elden continuó con tenacidad:

—Luego, llegó Maeve y solo empeoró. Estaban interesados en ti, Jude, siempre...

Pero Maeve. —Su mirada fue hacia ella—. Con tus habilidades para la iconografía, querían que estuvieras en un lugar donde pudieras estar vigilada.

En cuanto les dije que habías pintado el ícono de Jude, quisieron que regresaras cuanto antes a la Abadía.

Y como no fue lo suficientemente rápido, cuando les conté lo que habíais descifrado, enviaron a alguien para matar a Siobhan.

—Respiró hondo, con angustia—. Intenté detenerlos, pero fue demasiado tarde. Yo llegué demasiado tarde.

Jude cerró los ojos brevemente. La preocupación de que Elden hubiese sido quien había matado a Siobhan había rondado los recovecos más profundos de su mente, algo que se había negado a pensar demasiado, sabiendo que lo destruiría. Oír que no había sido Elden le traía un alivio indescriptible.

—Y después, en Whitebury, había querido... —Se le quebró la voz con el esfuerzo—. Se suponía que os había encerrado a ambos en la habitación de la posada. Pero no salió como había planeado. Se llevaron a Jude y a Maeve no. Y yo me sentía demasiado mal como para seguir ayudando. Ya no era útil.

—¿La Abadía estaba controlando tu memoria? ¿Tus acciones? —Jude quiso saber.

—La Abadía no —susurró Felix—. Ezra. Su padre.

Jude se giró hacia él con la velocidad de un látigo.

—¿Lo sabías?

Felix hizo una pausa. Tragó con esfuerzo.

Tenía de nuevo esa angustia desgarradora en los ojos mientras observaba a Elden, con la comisura de los labios apenas curvados hacia abajo, gesto que Jude recordaba de cuando eran niños.

Parecía que le costaba despejarse y concentrarse en la pregunta de Jude.

—Lo sabía —respondió—. Mi madre está... estaba viviendo en el Goddenwood.

Su mente empeoraba cada día y no había nada que yo pudiera hacer.

Nada . Pero si obedecía y ayudaba a Ezra a encontrar a Elden, lo convencía de ir a Ánhaga e informar acerca de ti, me prometieron que dejarían de rezarle a su ícono.

Que le permitirían irse. —Examinó el suelo debajo de sí—.

Era una mentira, obviamente. Murió hace más de una década.

Creí que estaba viva todo este tiempo. Acabo de recordar...

—Se le apagó la voz, se aclaró la garganta.

Jude se frotó los labios contra los dientes.

Que Felix estuviera involucrado le dolía como una espina clavada en la piel.

Comprendía lo que era ser manipulado, estar atrapado bajo las garras de la Abadía, pero no podía negar que escuchar acerca de su rol en la trampa a Elden era una realidad difícil de tragar.

—Por los santos —susurró Maeve—. ¿Acaso no hay límites?

—¿Qué pasó después de que los guardias de la Abadía me llevaron? —preguntó Jude.

Ante eso, una sonrisa inesperada apareció en los labios de Elden al mismo tiempo que su mirada se movía hacia Felix, como si las palabras fueran solo para él.

—Brigid me encontró. Usó su magia para romper algo del control de la Abadía, al menos por un rato. Recuperé algunos de mis... mejores recuerdos. —Se movió, se frotó el pecho con una mano—. Hay algo más. Brigid... es mi madre.

—¿Qué? —Esa vez fue Felix quien exclamó—. No tenía ni idea. ¿Todo este tiempo?

—Así es como funciona por lo general, sí —señaló Elden, con una sonrisa—.

Nadie sabía. Ni siquiera yo. Su continua lealtad a la Abadía y su promesa de mantenerse callada sobre mi origen eran las únicas cosas que evitaban que Ezra fuera a buscarme después de que me escapara.

Si se quedaba en la Abadía y hacía su trabajo, no intentaba hacerle daño a la Abadía con sus conocimientos, yo estaría a salvo.

—Alzó una ceja—. Hasta que, obviamente, Ezra decidió ir a buscarme de todos modos.

Cumplir promesas no era uno de sus puntos fuertes, supongo.

—Brigid —susurró Maeve, con asombro en la voz—. Elden, eso es... —Verificó en su rostro—. Eso es bueno, ¿no? Es tu familia. Alguien con quien reconstruir tu vida.

Él asintió con la cabeza.

—Sí. Sí, creo que lo es.

El peso de la traición no había abandonado el pecho de Jude.

No sabía si alguna vez lo haría, tanto de Elden como de Felix por su intervención.

Pero tampoco lo haría la imagen de Elden revelando sus secretos más oscuros para su perdón, inquebrantable en su honestidad.

Jude quería creerle, quería creer que el Elden que había conocido no había sido un invento.

Los recuerdos que tenían juntos, de niños en la Abadía o como hombres en Ánhaga, no eran una mentira.

Podía aprender a confiar en él otra vez. Quizá hasta fuera fácil.

La parte de Jude que ansiaba perdonar se estiró. No había sido culpa de Elden. Como Jude, como Maeve y Felix y todos los santos que habían venido antes que ellos, cada persona que la Abadía había aplastado bajo sus pies, Elden también era una víctima.

Despacio, Jude extendió una mano.

La palma cálida de Elden encontró la suya, la estrechó con fuerza.