54. Jude
Jude
Jude se despertó despatarrado en un área cubierta de maleza. El incesante embate de las olas llegó desde un lugar cercano y, debajo, el siseo de susurros desesperados. Por encima de su cabeza el cielo tembló cuando el aroma a mar se tragó lo que quedaba de humo en su nariz.
—Maeve —carraspeó. Le dolía la garganta.
Su rostro pálido apareció sobre él, la mano que le apoyaban en el hombro le impidió sentarse. Un lío de lágrimas le caía por las mejillas, rosadas de tanto frotárselas. Su mirada iba y venía de él a algo a su izquierda.
—Tan solo... descansa un rato más. ¿Sí?
Le palpitaba todo el cuerpo, una pulsación rítmica que se originaba en sus pulmones y viajaba a través de cada extremidad.
Giró el cuello para ver mejor dónde estaba acostado.
Para su sorpresa, Elden estaba de pie al lado de la pared de piedra baja que separaba el pastizal de la playa detrás.
Tenía los hombros encorvados hacia dentro, los ojos bien abiertos, que examinaban el cielo. Un vacío le cubría el rostro.
Una expresión que Jude había visto antes.
—No está bien —susurró Maeve—. No estamos seguros de que haya recuperado sus recuerdos como todos los demás.
No sabe dónde está. Quién soy. Solo te reconoció a ti.
—Movió la mano hacia las costillas bajas de Jude, hizo pequeños círculos con su pulgar hasta que él volvió a concentrarse en ella.
Maeve bajó más la voz—. Te cargó desde la basílica. Te salvó la vida.
Jude tragó el ardor en su garganta.
—¿Qué pasó?
Maeve se humedeció los labios.
—Te perdí en la muchedumbre al salir de la basílica.
Todos los íconos estaban ardiendo. Era imposible ver a través del humo, respirar...
—Movió la mano hacia arriba por su abdomen para apoyarla sobre su corazón—.
Para cuando salí de la Abadía, habías desaparecido.
No podía encontrarte por ningún lado. —Se tapó la boca con una mano cuando una nueva oleada de lágrimas le cayó por las mejillas.
—Maeve —comenzó a decir Jude. Los ojos se le llenaron de lágrimas—. Estoy aquí. Ambos estamos a salvo.
Ella asintió con la cabeza, se le calmó la voz.
—Entonces vi que Elden salía corriendo de la basílica contigo en brazos.
Te habías desmayado y él te había encontrado.
Siguió corriendo cuando pasó a mi lado como si yo no estuviera ahí directamente.
Él... él le dio un puñetazo a un guardia.
—Soltó una risa mojada—. Felix y yo lo seguimos hasta aquí.
Creo que quería ponerte en algún lugar seguro, donde ni los guardias ni los sabios pudiesen encontrarnos rápido. No quiere irse de tu lado.
De hecho, Elden se había ido acercando mientras Maeve hablaba. Su mirada estaba fija en Jude; sin embargo, no creía que realmente estuviera viéndolo . Tenía el entrecejo ligeramente fruncido, movía los labios como hablando en silencio.
—Su mente ha estado bajo las garras de la Abadía durante muchísimo tiempo.
Jude se sobresaltó, se giró para ver que Felix estaba de pie a su izquierda. Felix observaba a Elden con una tristeza ardiente, desoladora, en los ojos, antes de que su mirada se centrara en Jude. Felix se arrodilló junto a su cabeza.
—Más tiempo incluso que cualquiera de nosotros dos —continuó Felix—.
No tiene la magia que nosotros tenemos. Su mente no es capaz de protegerse contra el control de la Abadía.
No hay nada de él para tomar, solo espacio para llenar.
—Se raspó el labio inferior con los dientes—.
Aunque creo que podemos... que tú puedes ayudar a deshacerlo, Jude.
—¿Yo? —preguntó Jude, incrédulo.
Felix asintió con la cabeza.
Elden lo había traicionado de la forma más terrible, más dolorosa en que nadie lo había hecho, incluso más que Ezra.
Había tomado los débiles fragmentos de confianza que Jude le había dado y los había hecho añicos.
Le había mentido, le había engañado y manipulado para ganarse su amistad, solo para entregar a Jude a la Abadía en la hora final.
Pero. Pero...
Enterrada bien profundo debajo del dolor y la ira había una semilla de comprensión de que tal como Jude había sido manipulado y engañado, también lo había sido Elden.
Y necesitaba saber por qué. Necesitaba cortar el último hilo que quedaba del toque maligno de la Abadía de una vez por todas.
Encontrar una forma de dejarlo atrás, si en verdad quedaba algo que salvar.
Pero ¿cómo?
La respuesta le vino despacio, en pequeñas piezas, hasta que se formó una imagen en tres partes.
La primera fueron sus libros. Cómo había aprendido a presionar las manos sobre sus páginas y dar de sí mismo.
Sabía cómo buscar en su cerebro lo que quería destapar y llevarlo a la superficie con la precisión de un cirujano.
Una habilidad que había ganado con el tiempo y la terquedad y la desesperación.
La segunda fue de Maeve en esa maldita aula de la Abadía, cuando le puso la mano sobre los ojos hasta que recuperó la vista. Usó su magia para ayudarlo a recordar cómo ver, como ella había explicado.
Y la tercera fue de Bethan. Su magia, tan pura y buena para ella, un don que había tratado durante tanto tiempo de convencerlo de apreciar. Nunca había sido capaz de verlo como nada más que una carga.
Quizá era hora de cambiar su punto de vista. Hora de usar su magia para el bien.
Le temblaron los brazos cuando se empujó para incorporarse.
—¿Elden? ¿Puedes venir aquí?
Los ojos de Elden vagaron por el rostro de Jude. Despacio, como si estuviera controlando su cuerpo desde un lugar lejano, dobló las piernas y se sentó. Maeve se movió para dejarle espacio, la mano que tenía en el pecho de Jude se desplazó hasta el muslo. Lo apretó como una manera de alentarlo.
Jude se obligó a tomar la mano de Elden.
La piel encallecida por el trabajo estaba sudada y fría, los dedos flojos.
Dejando atrás la incomodidad, Jude cerró los ojos.
Como hacía con sus libros, como había hecho por accidente tantas veces antes, cuando sus emociones estaban enardecidas, permitió que su magia saltara entre él y Elden.
Al principio, solo podía ver niebla. Oro y blanco con una dulzura empalagosa que se escabullía en su nariz, por su garganta. Luchó contra una arcada. Presionó hacia ese lugar suave, confuso, donde vivía la magia en su interior, imaginó un fuerte vendaval que venía del mar, salino y purificante.
Un calor firme lo colmó mientras llamaba a su magia.
Esta fluía libremente, dejando atrás una energía casi eufórica en sus extremidades.
¿Era así como siempre debió sentirse, libre del amarre de la Abadía?
¿Siempre debió ser algo tan puro, tan esclarecedor, como la primera inhalación después de estar ahogándose?
Jude se concentró, dejó que lo llenara; feliz, por una vez, de que lo consumiera.
Despacio, la niebla se apartó. En algún lugar en lo profundo del cerebro de Elden, sus recuerdos temblaron.
Recuerdos reales.
Jude presionó con más fuerza, le ordenó a su magia que le recordara a Elden que tenía un cuerpo, que tenía una mente: preferencias y opiniones, gustos y antipatías.
Piezas de una persona que hacían un todo.
A medida que la niebla continuaba retirándose, apareció una extraña sensación de paz en su lugar.
La constancia de una taza de té a la hora de dormir, una caminata en los páramos.
Un trapo para sus manos cuando volvía del jardín.
«Tú, tú, tú —rogó Jude—. Este eres tú.»
La mano de Elden se deslizó fuera de la suya, se le sacudía el cuerpo. Jadeaba, miraba alrededor con cara de espanto hasta que sus ojos descansaron en Jude. Se quedó quieto al reconocerlo, sonrojado.
—Jude —murmuró.
—Ah, bien, regresaste. —Jude se incorporó por completo, intentó con todas sus fuerzas reprimir la indulgencia instintiva que sentía hacia Elden y enfocarse en su enfado. Si Elden estaba ahí, si estaba lúcido, podía responder sus preguntas—. Me debes una explicación, Elden —exigió—. Como mínimo.
La mano de Maeve en su muslo se tensó antes de apartarse por completo.
Elden respiró hondo, temblando. Se estiró hacia Jude, pero bajó la mano a su regazo cuando Jude se retrajo.
—No sé cómo empezar a decirte cuánto lo siento.
Jude no dejó que el dolor en su voz lo conmoviera.
—Eres el hijo de Ezra.
—Yo... sí. Lo soy.
—¿Y recuperaste tus recuerdos? —preguntó Jude.
El pecho de Elden se movía agitado, de forma brusca.
—Sí. Todos... —Se aclaró la garganta—. Todos los recuerdos.
—¿Qué pasó después de que Felix y yo te ayudáramos a escapar todos esos años atrás?
—preguntó Jude, empujando la conversación sin importar cuánto doliera—.
¿La idea siempre fue traicionarme o eso fue algo que decidiste después de que lograras conocerme?
¿Una distracción extra, quizá? ¿Algo para matar el aburrimiento?
La única reacción de Elden a su mordacidad fue una leve tensión en la boca.
—Fui leñador durante muchos años. Me escondí de la Abadía.
De... de mi padre. Después, el invierno anterior a mi llegada a Ánhaga, enfermé.
Una fiebre horrible. Fue entonces que me encontraron, cuando estaba demasiado débil para defenderme.
—Su mirada se disparó hacia la de Felix, se apartó igual de rápido—.
El control de la Abadía fue inmediato. No pude desafiarlo.
Ni siquiera podía recordar qué estaba pasando hasta ahora mismo.
Maeve se acercó un poco, le puso la mano en el brazo. Elden le sonrió ligeramente.
Jude se aclaró la garganta.
—¿Y después qué?