53. Jude
Jude
El rostro de Maeve mostraba cansancio y estaba manchado de hollín, el hábito de peregrina que le colgaba de los hombros estaba roto y quemado. Ella sangraba sin parar de un corte sobre la ceja y otro debajo de la mandíbula. Aun así, los ojos le brillaban más de lo que jamás había visto Jude.
—Maeve. —Suspiró, estirándose hacia ella—. Estás bien.
—Estás vivo.
Se acurrucó contra el costado de Jude, le presionó la nariz debajo de la oreja.
Le temblaba todo el cuerpo. Él la abrazó con más fuerza.
Anhelaba hasta el dolor poder poner el corazón de Maeve detrás de sus propias costillas para protegerlo.
La insensibilidad se quebró y dejó pasar el peso pesado de la tristeza y el alivio, debilitado por la ola de esperanza más resonante que jamás se había permitido sentir.
Ella estaba aquí y estaban vivos. Era más de lo que podría haber deseado jamás.
—Mis recuerdos... —murmuró Maeve contra su piel.
Jude le presionó un fuerte beso contra la sien.
—Los míos también.
Ella echó la cabeza hacia atrás. Tenía los ojos despejados y oscuros. Queridos y conocidos de una forma que le hizo un nudo en la garganta.
—Éramos amigos —susurró Maeve. Sus palabras le lanzaron un torbellino de dolor al pecho, pena por lo que podría haber sido.
Jude le tomó el costado del rostro con una mano, le acarició el mentón con el pulgar.
—Siempre estuviste ahí. Todos los buenos recuerdos que tengo de este lugar son de ti. Siempre has sido tú.
Ella abrió la boca, parecía estar a punto de decir algo más cuando un estallido quebró el aire.
Jude se dio la vuelta con los brazos bien abiertos, al mismo tiempo que el rosetón colapsaba y caía al interior.
El vidrio se hizo añicos sobre los acólitos y peregrinos que huían mientras las llamas lamían el agujero dentellado que había quedado en el techo.
Nubes negras de humo acre salían despedidas desde el tapiz y los íconos por igual.
—Mierda —exclamó—. Tenemos que irnos.
Maeve le agarró la mano y comenzó a tirar de él para llevarlo hacia la turba que salía de la basílica.
Lo único que podía hacer era aferrarse a su mano cuando el flujo de gente comenzó a empujarlos.
El pánico le recorrió lentamente la columna vertebral al recordar la sensación de caer debajo de sus pies.
«Otra vez no», casi gritó. No podía soportarlo. Ni él, ni Maeve.
Gritó el nombre de Maeve cuando su mano de golpe se aflojó en la de él antes de escurrirse por completo.
El humo denso le hizo lagrimear los ojos mientras el calor se volvía insoportable.
Debajo de todo, el cráneo le seguía palpitando con recuerdos que llenaban su mente como yeso en un molde.
No podía hacer que parara. Ráfagas de nados en el mar a medianoche, la sensación del papel debajo de sus manos mientras aprendía ilustraciones, el resplandor brillante del sol a través de la ventana manchada de sal.
La silueta de un pájaro contra el infinito cielo azul.
Jude se tropezó contra el marco de piedra.
Su corazón se sacudía a un ritmo irregular cuando miró hacia arriba, más arriba.
Los claustros esculpidos, el humo negro contra la piedra blanca.
Un destello de movimiento cuando un cuervo echó a volar abriendo paso a un nuevo recuerdo, más vívido que ningún otro que hubiese venido antes.
Al principio, este giró demasiado rápido para que él pudiera entender qué estaba recordando.
Le cedieron las piernas y cayó de rodillas.
Color y luz se arremolinaron contra sus párpados cerrados.
Destellos de páramos azotados por el viento y cielos enfurecidos.
Una taza descascarillada se deslizó a través de una mesa rayada.
Un comentario enojado de frustración por una comida arruinada para tapar el patético agradecimiento que había debajo.
Una mano en el hombro que lo mantenía erguido, la creciente familiaridad de la risa en la lengua.
Alguien que lo cuidaba. Alguien que estaba ahí .
Y ahí y ahí y ahí.
Un sollozo ahogado le salió de la garganta.
La agonía del recuerdo era peor que el dolor que le atravesaba el cráneo.
Elden, su amigo, su compañero de confianza, alguien a quien había llegado a ver como un hermano...
Jude no podía soportarlo. No podía permitir que los recuerdos llegaran más profundo.
En la distancia, oyó a Maeve gritar su nombre. Sintió que sus pulmones convulsionaban por el humo, el cuerpo se le encogía de miedo inútilmente contra la horda que dejaba la basílica, pero no podía moverse. No podía ordenarle a su mano que obedeciera mientras los recuerdos siguieran ahogándolo.
Las visiones que aparecían se desaceleraron un poco cuando se adentraron más, retrocedieron más atrás en el tiempo. Recuerdos de la infancia.
Reconoció los ahora familiares contornos de la Abadía. Su vieja habitación, su asiento preferido en el salón comedor. El dolor en las rodillas era como un eco de la tensión en la nuca. Maeve, que lo pinchaba con su pincel cuando él la molestaba en su estudio.
«Felix...» Jude se maravilló al ver al santo.
No era un enemigo, como los falsos recuerdos lo habían llevado a creer, sino un amigo. Un chico que había sido lo más cercano a un hermano que cualquier otra cosa.
Los recuerdos de risas, de carreras por los pasillos, de momentos de estudio en la biblioteca y de aprender sus plegarias. Pintas de sidra y barriles de parafina en el sótano. Polvo de oro y manos presionadas contra la cabeza.
Pero eso no era todo lo que los recuerdos mostraban.
Alguien más estaba junto a ellos.
El recuerdo reflejaba la realidad actual de Jude: una Abadía en llamas y la desesperación hambrienta en su pecho.
Una voz le decía que estaba viendo aquello a lo que Ezra se había referido antes de obligar a Jude a subir al altar: un recuerdo que, por encima de todos los demás, le habían arrancado tan por completo que ni siquiera habían permitido que quedara una sombra...
El recuerdo de Felix y Jude liberando al hijo de Ezra.
Fragmentos de conversaciones empujaban desde todos lados.
Discusiones sobre si incendiar el ala de los sabios para distraer a Ezra y evitar que notara que su hijo estaba escapando.
Planes para prender fuego a toda la Abadía para salvar a una persona, solo una .
Lo habían hecho también, habían tenido éxito hasta que él y Felix fueron atrapados en las afueras de Whitebury.
Les dijeron que el hijo de Ezra había muerto, que era culpa de ellos, pero eso no era verdad, ¿cierto?
La escena se volvió borrosa y onírica, no estaba seguro de que fuese por el humo que le llenaba los pulmones o la fuerza del recuerdo. No le importó, porque Jude reconoció al muchacho que le sonreía.
Tenía el cabello más corto y más rizado en su juventud. Los ojos azules eran como los de su padre. En la sonrisa no se parecía para nada.
—Elden —se oyó decir en el recuerdo. La Abadía ardía detrás de ellos—. Tienes que irte ya. Antes de que se dé cuenta de que no estás.
Al lado de él, Felix asentía enfáticamente. Le caía sangre por el rostro y el cuello. Elden sacó un pañuelo de su bolsillo y lo limpió. Felix hizo un gesto de dolor y se apartó, las yemas de sus dedos se quedaron en la muñeca de Elden.
—No puedo dejaros —argumentó Elden. Arrancó la mirada de Felix para explorar la Abadía con sus ardientes ojos azules—. No lo haré.
Lo que fuera que Felix respondió se desvaneció en la distancia mientras Jude trazaba el rostro de Elden con la necesidad voraz de entender.
Esta versión de Elden parecía de veinte años, Felix de una edad similar.
Jude tendría alrededor de quince. Habían orquestado el incendio a la Abadía para liberar a Elden de su padre.
El objetivo nunca había sido quemar los íconos.
Conocer el secreto de la Abadía había sido una consecuencia accidental, una comprensión que había sido borrada de su recuerdo junto a todos los otros momentos del incendio.
Entonces, ¿por qué lo había traicionado Elden? ¿Por qué había venido a Ánhaga para empezar?
No podía preguntarle al Elden que vivía dentro de sus recuerdos. No podía cambiar el pasado como tampoco podía escribir el futuro.
Antes de que pudiera indagar más, algo golpeó con fuerza su espalda.
Se quedó sin aire en los pulmones, reemplazado por un ardor urgente al ser expulsado de su recuerdo a la realidad.
Se agarró la garganta en busca de otras manos que lo sujetaran.
Sin importar cuánto luchara para respirar, el aire no entraba.
Le bailaban puntos negros en la visión, oscureciendo la marea de gente que lo rodeaba, el rostro que aparecía. Las manos que se estiraban hacia él.
Una liviandad repentina se deslizó hacia sus extremidades. Se le cerraron los ojos lentamente, las piernas se le doblaron hacia dentro cuando su cuerpo se alzó en el aire. La cabeza se le cayó hacia delante sobre el pecho.
Una mano amable aterrizó sobre su cara y le cerró los párpados con cuidado.