El espacio entre nosotros 52. Jude
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52. Jude

Jude

El sol partía el aire sobre la cabeza de Jude en una estela de luz teñida de oro.

Resplandecía contra el rosetón, los brillantes tubos del órgano, el lustre metálico de los botones y horquillas y los ojos vidriosos, afligidos.

Su cuerpo ya no le pertenecía. Él era propiedad de las masas, tal como Ezra había prometido.

Había sido reducido a la suma de sus partes y todos querían un pedazo.

Una mano buscó asidero en su pelo y ese, ese , fue el acto que lo destruyó.

Gruñó, se agitó contra los acólitos que lo sostenían en el aire, pateó con todas sus fuerzas hasta que aterrizó directo sobre su espalda.

Todos los ojos lo buscaban, hizo foco en un par.

La luz fractal del sol triplicó al hombre. Un rostro rubicundo, demacrado, con una mata de pelo rojizo que hacía juego. Con un bramido, el hombre se arrojó hacia el pecho de Jude, desgarró y arañó la tela sobre su corazón.

—¡Cúrame! Cúrame —gritó. Jude convulsionó, en un intento fallido por sacárselo de encima. La humedad bajó por su túnica cuando el hombre le lloró contra el cuello—. Por favor.

Una potente mezcla de miedo y pena se arremolinó en su estómago. ¿Qué le había pasado a aquel hombre para llegar a semejante punto de desesperación de mirar a un santo derrumbado y rogarle absolución?

—¿Quién eres? —gritó Jude. Cada respiración trabajosa era agonía pura bajo el peso del hombre. Durante un tenso momento, solo existieron ellos dos: un santo solo en nombre y un hombre que aún creía—. No puedo... no puedo ayudarte —agregó con voz ahogada.

El hombre se apartó lo suficiente como para que algo colgara en el espacio entre ellos.

El corazón de Jude se sacudió, inestable.

Una reliquia. El hombre era un sabio, aquí abajo entre la turba y no arriba en el balcón con los otros.

Sabía que Jude no podía concederle sus súplicas y aun así estaba ahí, lo suficientemente desesperado para rogar.

Jude atrapó la reliquia y la liberó del cuello del hombre.

El sabio aulló en respuesta, se agarró del cuello, pero era demasiado tarde.

El metal ardía cuando Jude lo estrelló contra la piedra.

El dolor era irrelevante cuando se hizo añicos contra su mano.

Lo único que importaba era que estaba destruida.

Unas uñas le arañaron el antebrazo, le cavaron profundos surcos en la piel. Jude se sacudió con fuerza, intentando sacarse de encima al sabio. Tenía la cara enrojecida, los ojos nublados, no con histeria como los acólitos y peregrinos, sino con dolor, con tristeza.

—Tú, pedazo de...

Jude levantó la rodilla directo entre las piernas del sabio. Este se retorció de dolor, yéndose hacia atrás con un grito entre dientes. Agitado, Jude rodó tan lejos como pudo sobre su costado y escupió. La transparencia espumosa del ácido de su estómago estaba teñida de rojo brillante, intenso.

Al lado del horrible charco estaba la reliquia. El metal estaba retorcido, las bisagras destruidas e irreparables. Un fino mechón marrón rojizo sobresalía de la resina rota.

Sin dejar de toser, Jude alzó la vista, desorientado por un momento.

El aire estaba cargado de sudor y gritos, el inconfundible olor a humo por debajo.

No faltaba mucho para que la masa que se retorcía lo aplastara.

Le habían pisado tantas veces las extremidades que ya no se inmutaba frente al golpe de una bota o un codazo.

La irrealidad le recubría la mente con algodón.

La vista sobre su cabeza —bocas abiertas para gritar, tentáculos de humo que desaparecían entre cuerpos y, bien arriba, un glorioso tajo de luz solar— se duplicaba, triplicaba. Flotó hacia las vigas.

Cuán fácil sería cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca más.

El crujido repugnante, mojado, de algo que se rompía llenó el aire. El grito que vino en respuesta helaba la sangre. Un escalofrío le recorrió el cuerpo a Jude de principio a fin.

Debía levantarse.

Con un grito entre dientes apretados, se obligó a traer el rostro de Maeve al frente de su mente y luchó para ponerse de pie.

Un brazo giró frente a él, le dio en el costado de la mandíbula antes de moverse y creó una pizca de espacio lo suficientemente ancho como para que él se metiera a la fuerza.

Se tambaleó hacia delante, paso tras doloroso paso.

Le caían lágrimas por las mejillas en salpicaduras calientes.

Si lograba tan solo escaparse del epicentro, tendría una oportunidad de huir de la basílica antes de que el humo le quitara lo que le quedaba de aire.

Los cuerpos lo aplastaban de todos los lados, con tanta fuerza que no podía distinguir dónde terminaba él y donde comenzaban los demás, su torso se había convertido en nada más que fuego y aire que se desvanecía.

—Moveos —gritó Jude. La desesperación le había desgarrado la voz—. ¡Moveos!

Nadie lo miró, ni siquiera cuando volvió a hundirse bajo la superficie de los acólitos desesperados.

Los dedos se le resbalaron de ropas y extremidades mientras caía.

El miedo se disolvió en una agonía abrumadora, que ardía como el azufre debajo de su piel.

Muchas veces había pensado Jude que estaba muriendo, pero nunca antes lo había creído con tanta certeza.

Así era como terminaba.

La devoción de la Abadía había engendrado avaricia, y la avaricia, donde la piedad había fracasado, había producido un foco violento en el interés propio y nada más.

Mientras Jude se desplomaba bajo la fuerza invisible de cientos de acólitos, peregrinos y sabios, se dio cuenta de que Ezra estaba equivocado.

No sería lo colectivo lo que lo mataría; sería lo individual.

Cada persona había elegido tirarlo del altar y aplastarlo bajo sus pies.

Cada una de ellas, en su propia mente, había decidido no bajar la vista ni ofrecer una mano.

Y ese egoísmo sería la cosa que lo condenaría.

Aterrizó con fuerza de cabeza sobre la piedra.

El dolor le atravesó la frente, de oreja a oreja.

No reaccionó, flotaba en un plano donde nada —ni el dolor, ni el miedo, ni la esperanza— podía tocarlo.

Sintió una presión cada vez más grande detrás de los ojos y contra el paladar.

Se le llenaron los pulmones de aire en una ráfaga punzante de humo.

Bien en lo alto, el techo se arremolinó. La muchedumbre desapareció.

Una extraña electricidad estática debilitaba su consciencia.

Jude cerró los ojos.

Los recuerdos se derramaron en un torrente incontrolable, como agua en un cuenco, como llamas en el aire. Jude bramó, se cubrió las orejas con las manos para mantener su cerebro dentro de su cuerpo.

No ayudó. Nada ayudaba.

Su vida pasó como un destello frente a sus ojos en una serie de imágenes que se desvanecían con rapidez.

Jude, arrodillado a los pies de Ezra mientras su mentor le serraba las manos con un trozo de soga hasta que su sangre manchaba el suelo.

Jude corriendo, riendo, echando la cabeza hacia atrás para mirar el cielo cuando una mano le aterrizó en el hombro y lo hizo mirar atrás. Un muchacho, conocido... Felix.

Su amigo. Ay, cuánto lo quería.

Otro rostro, un destello de rizos rubios...

Jude se agarró la cara mientras los recuerdos avanzaban uno tras otro.

El ataque de risa contenida de una niña atravesó la oscuridad.

Una puerta se abrió y su rostro brillaba por entre el hueco.

Maeve, con su pelo largo en trenzas gemelas, le sonreía con un agujero donde debería haber estado uno de sus dientes delanteros.

Más tarde, años después quizá, colocó una taza de chocolate humeante frente a ella mientras estaba sentada, retorciéndose los dedos y secándose las lágrimas del rostro.

Bebió un sorbo y le sonrió, un amanecer que atravesaba la tormenta.

Jude no estaba solo.

Nunca había estado solo.

Ezra le había robado todos los recuerdos felices. Lo había despojado de sus amigos y lo había privado de cualquier mano que se había atrevido a acercarse a través de la oscuridad para ayudarlo a ponerse de pie.

Los recuerdos siguieron viniendo en ráfagas ordenadas, uno detrás de otro. Machacándole la cabeza, presionando como si estuvieran cosiéndose directamente a su cerebro con una aguja fundida.

Tan rápido como había llegado, el dolor se esfumó.

Jude se sentó. Parpadeó contra la repentina luminosidad.

Estaba arrodillado, rodeado por otros en posiciones similares.

El dolor se había ido, se sentía como una piedra sacada del agua de un río.

Todo lo áspero se había desprendido, así que había quedado pulido y limpio.

Pensar no le dolía y, por una vez, sintió de verdad lo que significaba tener una mente completamente propia.

Despacio, se puso de pie. Le temblaron las piernas. Se le acumularon las lágrimas en la línea de las pestañas al recorrer con la vista el salón. Buscándola, con creciente desesperación.

Y allí...

Tenía la cabeza gacha y el rostro miraba hacia otro lado, pero Jude sabía que era ella. La hubiese reconocido en cualquier lado. Pronto, ella se daría la vuelta y encontraría sus ojos, hallándolo en medio del tumulto de peregrinos que se ponían de pie y se iban tambaleando hacia la salida.

Vendría a por él.

Jude hizo que sus piernas se movieran. Él iría hacia ella primero. Necesitaba abrazarla, asegurarse de que estaba entera e ilesa. Decirle que él estaba allí y que la recordaba.

—Jude.

Una voz chirrió entre la nube de humo que se hacía cada vez más espesa. Un sonido húmedo le siguió, un chapoteo aspirado como una bota arrancada del lodo.

Jude se quedó quieto.

—Por favor —suplicó la voz con desesperación—. Ayúdame.

Varios pasos más allá, en un montículo desplomado, yacía Ezra.

Se le abría la boca como a un pez, tenía los ojos vidriosos, le costaba enfocar.

Se sujetaba débilmente el cuello con una mano que se amorataba.

Su nariz era un bulto machacado de hueso y cartílagos.

De alguna manera parecía estar mal que Ezra sangrara igual que él; el rojo arterial, intenso contra la piedra.

Jude se acercó con lentitud. Se arrodilló, las rodillas se sumergieron en el charco de líquido que se enfriaba.

El azul claro de los iris de su mentor era brillante contra el gris de su piel.

No le quedaba mucho en este mundo. Jude sintió un destello de pena diluida, la tenue punzada de la satisfacción y luego, nada.

—Ayúdame —gorgoteó. Sangre fresca se le derramó por la boca.

Jude frunció el entrecejo.

—¿Por qué? Ya he recuperado mis recuerdos. Todos los hemos recuperado. No tienes ninguna ventaja sobre mí.

Mientras el cuerpo y la ropa de Ezra estaban cubiertos de rasguños y tajos causados por la muchedumbre que salía en estampida, su cuello se había llevado la peor parte. Parecía como si le hubieran clavado un candelero roto directamente en la arteria. Una forma dolorosa de partir.

Jude no podría haberlo ayudado aunque hubiese querido. La pérdida de sangre era demasiado importante.

Ezra debería haberlo sabido, pero aun así examinó la cara de Jude con desesperación contenida.

Jude observó cómo la sangre se escurría entre los dedos de su mentor con indiferencia. Su mirada viajó hacia abajo, sobre los ornamentos bordados con cuentas en su casulla y estola. El sello de la Abadía bordado en oro y blanco, ahora manchado de rojo por la sangre.

Tres reliquias le colgaban del cuello, contenidas en un pliegue de su capa como huevos en un nido.

Jude exhaló, inhaló.

Recogió las reliquias y se paró, dudó menos de un segundo antes de destrozarlas bajo su bota. Se hicieron añicos en un lío de metal, resina y pelo. El cabello dorado de Maeve brillaba junto a sus propios mechones oscuros. Finalmente, un rizo rubio más oscuro. Todos aplastados debajo de su talón.

Desparramó los restos con la punta de la bota antes de devolver la mirada a Ezra.

La furia destellaba en los ojos rojos de su mentor.

—Tú... puedes intentar curarme. Eres un santo. —Jadeó una respiración fuerte—. Por favor.

—Tú más que nadie deberías saber que suplicarme no tiene sentido.

Ezra tosió, cerrando los ojos.

Mientras Ezra se desangraba enfrente de él, pensando en su hijo, en Jude, en las vidas moldeadas y perdidas, él tomó una decisión. Ya no pondría la otra mejilla.

Jude volvió a arrodillarse.

—Me pregunto si a tu hijo también le gustaría verte morir.

No pudo descifrar la mirada en los ojos de su mentor, no pudo diseccionar el significado de las emociones que competían en su expresión. Terror y arrepentimiento, resignación y un tanto de tristeza. Sus rasgos se asentaron, se alisaron al vacío de lo incognoscible con el último aliento.

Jude se puso de pie, dio la espalda a Ezra y se fue.