51. Maeve
Maeve
La mujer joven se liberó con fuerza de las manos de Maeve, se le cayó la capucha para revelar unos ojos desorbitados, vidriosos, y una boca medio abierta, mientras se daba la vuelta para mirar de nuevo el altar.
—No... —gritó Maeve, estirándose hacia su muñeca. Para hacer qué, no sabía.
Ninguna palabra parecía romper el estupor inducido por la Abadía, sin importar con cuánta desesperación rogara o con cuánto ardor prometiera que lo que estaban sintiendo, que lo que estaban viendo era todo una mentira, una manipulación.
Lo único que importaba era la intercesión. Lo único que importaba era el santo.
Maeve llevó los ojos hacia arriba y allí estaba él.
Jude estaba arrodillado en el altar con las palmas hacia arriba sobre los muslos y el rostro apuntando hacia el techo.
Al lado de él, Ezra estaba inclinado para susurrarle al oído.
El odio que sentía al ver a su exmentor era lo bastante fuerte como para casi lanzarla hacia la multitud.
Le hormigueaban los dedos con las ganas de acogotarlo.
Se les estaba acabando el tiempo.
Apenas comenzara el Llamado, la muchedumbre no tardaría demasiado en tirar a Jude del altar.
Corrió a la parte trasera de la basílica donde Felix estaba salpicando la fila más baja de íconos con una toalla empapada en parafina.
El aire se sentía húmedo y pegajoso en su piel, el embriagador olor del aceite le enturbiaba los sentidos.
Siguiendo las órdenes de Felix, Maeve sumergió la toalla que él le dio en el barril y salpicó el aceite tan alto como pudo.
¿Sería suficiente? Tenía siete —no, seis— fósforos. ¿Cuántos tendría Felix?
De repente, la basílica se quedó en silencio.
Tras dejar caer la toalla, Maeve se giró para ver.
Sobre el altar, Ezra alzó las manos por encima de la cabeza.
—Benditos peregrinos, acólitos y sabios. La gloria de la Abadía ha considerado oportuno recompensar hoy vuestra piedad. Hay un santo entre nosotros.
La multitud palpitó con una energía maníaca, amoldando sus voces a la vibración estruendosa del órgano. Movilizada y frenética por la devoción. Cientos de personas llenaban el espacio.
Era justo lo que había temido.
Se giró hacia Felix.
—¿Cuánto tiempo falta para que lo encendamos? ¿Los íconos se encenderán lo suficientemente rápido?
Felix salpicó el aceite sobre la siguiente fila de íconos. Se oyó un sonido metálico por encima de las voces cuando se disponía a repetir la pregunta. Se había caído el disco del centro del rosetón. Pronto, Jude alzaría las manos.
—¿Felix? ¿Cuánto falta? —repitió.
—Minutos. Quizá menos una vez que comencemos a encender los fósforos. Los tienes, ¿no?
Se le congeló la mente, quedó atascada antes de acelerarse.
—¿No trajiste ninguno? Tengo... —sacó la caja de fósforos, los dejó caer en la palma de su mano— seis.
Felix no dijo nada mientras miraba fijamente su mano ahuecada, los fósforos tan pequeños, tan intrascendentes al lado de los cientos de íconos junto a ellos. Tragó mientras recolectaba tres con cuidado.
—Los sabios mantienen los fósforos del altar guardados bajo llave. No pude... no pude conseguir ninguno. Tuve suerte de aunque sea conseguir el barril de parafina.
A Maeve se le escapó el aire de los pulmones en una ráfaga veloz.
—Está bien —susurró—. Está bien. Bueno, tendremos que hacer nuestro...
El volumen detrás de ellos de repente se hizo más alto, el cambio fue tan abrupto que las manos de Maeve se cerraron convulsivamente en puños. Tanto ella como Felix se volvieron para mirar. La muchedumbre había traspasado los límites del antealtar para rodear el altar. Ezra ya no estaba sobre este.
Y tampoco estaba Jude.
—¿Dónde está? —gritó Maeve por encima del barullo—. ¿Adónde ha ido?
—Lo tiene la multitud —respondió Felix. Tenía gotas de sudor sobre su piel marrón oscura—. Será mejor que el fuego se encienda rápido o... —Negó con la cabeza, mientras miraba a Maeve con desolación.
Ella no quería pronunciar las palabras que rondaban en la cabeza de ambos. Si la muchedumbre tenía a Jude, no se calmaría solo con su ropa o con tocarlo.
Querrían su sangre.
Obligándose a calmar su pánico, Maeve regresó a los íconos y se esforzó por salpicar la parafina lo más alto que pudo.
Los íconos se extendían una docena de filas hacia arriba, de diversos tamaños y antigüedad.
Nunca podrían hacer llegar el aceite a todos ellos.
Más importante todavía, ¿cómo podían asegurarse de que el fuego llegara a los íconos más altos con la rapidez que necesitaban?
Felix acercó el primer fósforo al ícono más bajo.
Se encendió rápido, pero el fuego se mantuvo pequeño y contenido mientras consumía el lienzo, la extensión de muro de piedra entre cada ícono enmarcado frenaba su propagación.
Sus fósforos eran pequeños, la llama apenas más grande que una chispa que se apagaba con rapidez.
Necesitaban algo más grande.
—Quédate aquí y sigue encendiendo los íconos —gritó Maeve. Señaló la puerta y el pasillo más allá. Los guardias aún estaban allí, pero tenía que intentar algo — . Iré a buscar una antorcha. Y veré si puedo convencer a la gente de que se vaya.
Felix se limpió la frente con una manga y asintió con la cabeza.
—Date prisa, Maeve...
Ella giró sobre sus talones y se perdió entre la multitud. Era como enfrentar una pared sólida de cuerpos. Redobló la fuerza, se metió en un hueco entre dos peregrinos.
—¡Váyanse! —gritó—. Salgan... Se prenderá fuego. ¡Deben irse!
Su voz se perdió entre la muchedumbre. Nadie la miró siquiera.
La desesperanza se mezcló con el pánico.
Tenía que avanzar a la fuerza, tenía que lograr lo que se había propuesto y rezar por que, cuando el olor a humo se volviera demasiado fuerte como para soportarlo, la multitud finalmente recobrara la cordura y corriera a ponerse a salvo.
Un codo se le clavó de manera dolorosa en la costilla, lo que la empujó más adentro de la turba. Luego, de entre dos cuerpos, salió disparada una mano para agarrarle la muñeca. Las uñas le arañaron la piel. Intentó liberarse a la fuerza, pero el agarre se mantuvo firme.
—Suficiente, Maeve. Suficiente.
Ezra estaba parado como una roca en medio de un río de aguas rápidas.
La forma en que le agarraba la muñeca era como un tornillo de banco, la estrujaba, ardía.
La muchedumbre los acercó a empujones y, pese a los máximos esfuerzos de Maeve para liberarse de su contacto, se encontró cara a cara con su exmentor.
La miraba como si fuese no más que una espina en uno de sus costados.
Ezra estaba lejos del altar, lejos de Jude. Casi en la puerta. ¿Estaba planeando escapar? ¿Sabía que estaban tratando de incendiarlo todo?
De repente, un grito agudo hizo eco por encima del alboroto, eufórico y frenético. Un grito de satisfacción. La multitud tenía lo que quería. Tenían a Jude en sus manos.
—Suéltame —gruñó Maeve, tirando con tanta fuerza que le dolió el hombro en protesta.
—No vas a llegar hasta él —dijo Ezra, redoblando su agarre. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver el blanco que rodeaba los iris claros. Alrededor de su cuello colgaban las reliquias. Quería arrancárselas y hacerlas pedazos con su bota—. Vete. Por tu propia seguridad.
Su voz destilaba condescendencia y Maeve no podía soportarlo. Todas las veces que él había menospreciado su talento, ninguneado sus súplicas para conversar y sentirse más confiada, o la había hecho sentir pequeña, de pronto fueron imposibles de ignorar y, mierda, ya había tenido suficiente.
Se echó hacia atrás y le estrelló la nariz con la frente.
Se la rompió con una espectacular salpicadura de sangre.
El grito de dolor quedó tapado por los cantos.
El golpe le hizo perder el equilibrio, Ezra se tropezó hacia atrás y le soltó el brazo para cubrirse la cara.
La muchedumbre se lo tragó en un movimiento rápido de aplastamiento de cuerpos.
Maeve no se quedó para ver si se levantaba.
Parpadeando contra el mareo y el dolor que el golpe le había dejado, se fue trastabillando hacia la puerta.
Los guardias la flanqueaban, examinando a la multitud.
Uno de ellos se giró para hablar con una mujer que tenía la cabeza cubierta con una capucha gris claro.
El otro permanecía atento. Frenó sus pasos, mientras se le aceleraba la mente en busca de algo que decir para que la dejaran pasar.
Sonó una algarabía detrás de ella, más fuerte que los abucheos que habían venido antes.
De manera abrupta, el olor del humo se hizo más fuerte, volviéndose intenso y áspero en su nariz.
Se volvió para mirar, con la esperanza de ver la pared de íconos completamente envuelta en fuego o llamas que se expandieran hacia los bancos.
Al principio, la distrajo una decena de personas que por fin huían de la basílica en oleadas. Los gritos llenaban el aire, más asustados que llenos de la euforia que había precedido.
Después, sus ojos aterrizaron en la fuente del pánico: una figura atravesaba la multitud con dos antorchas ardientes en sus manos alzadas. Tenía la boca retorcida de dolor y furia mientras corría, un grito desesperado llenaba el aire.
Elden.
Antes de que ella pudiera darse cuenta de lo que pasaba, Elden lanzó por el aire la primera de sus antorchas llameantes.
Golpeó la fila de íconos del medio con un estruendo precario.
Una llama de color blanco incandescente se apoderó de la pintura y se propagó rápidamente a las de al lado.
Elden llevó la otra antorcha al extremo de la cuerda de seda que conectaba las hileras de íconos unas con otras.
Toda la soga se encendió, impulsada por la parafina.
Maeve corrió hacia ahí.
Todos los íconos ardían. El humo brotó en una nube pesada, punzante. Unas chispas dieron contra el tapiz de la pared de al lado y no tardó en estar también envuelto en llamas. De los ojos se le derramaban humo y lágrimas.
Bethan no había visto un hilo de oro en su sueño, como había descrito Jude. Había visto una pared de íconos conectada por una soga de fuego blanco puro. Había soñado con la Abadía en llamas.
El pecho de Elden subía y bajaba en respiraciones agitadas.
—Se terminó —dijo con voz ronca—. Se terminó. —Sus ojos se movieron hacia la multitud que estaba detrás de ella, una nueva ola de lágrimas se deslizó por sus mejillas. Se tambaleó sobre el lugar en el que estaba—. Mira.
Ella se dio la vuelta.
La imagen le quitó el aliento.
La gente se caía de rodillas en oleadas, cubriéndose las orejas al mismo tiempo. Tenían los ojos nublados, les temblaba el cuerpo y el dolor se les inscribía en la cara. Al lado de la pared, Felix se arrodilló con la cabeza inclinada hacia el suelo. Ni Jude ni Ezra aparecían por ninguna parte.
Maeve dio un paso vacilante hacia delante.
El mundo destelló oro.
La agonía se disparó en su cabeza. Creció y creció hasta que finalmente, vencida, Maeve se derrumbó de rodillas. Se apoyó la frente en las manos y gritó mientras su cerebro intentaba abrirse paso con fuerza por las cavidades de los ojos, la nariz, la boca.
Sus pensamientos se licuaron, escurriéndose como agua por entre los dedos cuanto más intentaba aferrarse a ellos, como si alguien le hubiese abierto el cráneo y hubiese vertido brasas ardientes dentro. Le dio un golpe al suelo con las palmas de las manos, rogando, rezando , para que parase.
Siguió y siguió y siguió.
Los recuerdos fueron colándose, uno después del otro, demasiado rápido para enfocarse solo en uno.
Maeve, corriendo junto al mar, sosteniendo la mano de su hermana y riendo, pateando el agua del mar mientras avanzaban.
Tenía trece ahora, se reía tontamente con una amiga mientras leían un libro ilícito en el rincón trasero de una tienda.
Catorce, viendo la ira en el rostro de Ezra al mismo tiempo que él movía la mano hacia atrás y le daba una bofetada en la mandíbula.
Vio a Jude, un muchacho, frente a ella y sonriendo.
Lo vio con la mano extendida, con una galleta envuelta en un papel sostenida en su palma ahuecada.
Jude, con la cabeza inclinada sobre un cuaderno, escribiendo fervientemente antes de moverlo para que ella leyera. Jude, sonriendo. Jude, llorando.
Jude, Jude, Jude.
Maeve volvió en sí con un grito ahogado.
El dolor había parado.
Jude.