El espacio entre nosotros 50. Jude #2
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50. Jude #2

El canto de la multitud se hizo más fuerte, tanto que ahogó incluso el pulso de la sangre en sus oídos mientras subía las escaleras y se paraba sobre el altar, con Ezra a su lado.

Este le colocó una mano en el cuello, le dijo algo con voz clara, autoritaria.

Jude no se molestó en escuchar cuando lo obligó una vez más a arrodillarse.

Las manos le abandonaron la piel y otra vez más estuvo solo.

Debajo de él, las ornamentaciones talladas en la madera se le clavaban en la piel. Jude alzó la vista. Todos los colores que pudo imaginar salían del rosetón, y qué hermoso era. Índigo y carmesí, cerúleo y bermellón. Podría mirarlo para siempre.

¿Cuántos años había pasado arrodillado bajo este vitral, rogando absolución?

Se había criticado a sí mismo en nombre de la piedad, había buscado sus defectos y los había expuesto ante su mentor y los santos. Se había labrado a sí mismo hasta los huesos, en un intento por rehacerse. ¿Qué había obtenido a cambio? ¿Tatuajes en la piel y la oportunidad de morir como un mártir?

Su visión era una cosa frágil, borrosa en los bordes y cubierta por oro. Estaba agradecido de no poder oír el himno. Si pudiera quedarse ahí, arrodillado a los pies del rosetón, tendría la oportunidad de mantener un delicado equilibrio de felicidad. Al menos por un corto momento.

Dirigió la mirada hacia el fondo de la habitación, pasándola sobre los cientos de rostros vueltos hacia él.

Al final de la nave, las líneas inclinadas de la basílica se unían en un extenso mural.

Una escena turbulenta de santos luchando contra bestias, envejecida por el tiempo y el humo del altar.

Había íconos colgados en marcos dorados en la pared de al lado.

Un mosaico de devoción. La Abadía no veía nada malo en mostrar los rostros de todas las personas a las que había traicionado; orgullosa de las generaciones de manipulación.

Jude quería quemarlos todos.

Más allá de la muchedumbre, un destello le llamó la atención.

El rostro de ella se hizo visible un momento, desapareció al siguiente, pero era ella. Maeve. Inconfundible.

Observó cómo agarraba a una peregrina por los hombros, con los ojos bien abiertos y suplicantes, mientras su boca se movía, las palabras perdidas en el espacio entre ambos.

La peregrina se liberó con fuerza, dejando a Maeve sola hasta que otra figura apareció detrás de ella: Felix.

En el fondo de la mente de Jude, los recuerdos estiraron sus extremidades.

Él no se había dado cuenta de cuán oprimido tenía el pecho hasta que ver la cara de Maeve le había dado espacio suficiente para respirar hondo.

El zumbido se desvaneció de sus oídos, reemplazado por el canto, sagrado y desenfrenado.

Pronto, las manos empujaban el altar, sacudiéndolo desde la base.

Los primeros dedos rozaron su túnica. Escuchó el cántico de los peregrinos, que le rogaban a él que les concediera sus deseos, sin saber que, a cambio, le estaban pidiendo que renunciara a sus propios recuerdos.

No podía salvarlos. Ni siquiera podía salvarse a sí mismo.

Levantó las manos de los muslos, se las apoyó sobre el corazón para sentirse el pulso.

El Llamado al Sol estaba a punto de comenzar.

Esperaban que él guiara la luz al interior de la basílica.

Con una precisión asombrosa, Jude de repente recordó haber presenciado el ritual innumerables veces durante su infancia en la Abadía.

Recordó cómo el pecho le había estallado de amor y devoción al observar la aterradora violencia del martirio.

Con cuánta desesperación había creído en su poder.

Habría hecho cualquier cosa con tal de apoyar las manos sobre el santo.

Y recordó la vergüenza que sintió después de que los rituales terminaran.

Vergüenza que lo hizo entrar en acción, en rebelión.

Apretó los dientes, agachó la cabeza y cerró los ojos con fuerza hasta que le apareció luz en la vista. «Tus elecciones tienen consecuencias . »

Elegiría sus propias consecuencias. No completaría el ritual. Si iba a morir ese día, no sería siguiendo los deseos de la Abadía.

Detrás de sus párpados cerrados, arrastró el recuerdo del ícono que Maeve había pintado de él.

La vulnerabilidad de cuando lo había contemplado por primera vez como si hubiese estado desnudo frente a ella, cada imperfección visible, cada parte de él a la vista para que ella la examinara.

Sin embargo, había habido cierta libertad en dejarla mirar, dejar que lo pintara por quien era.

Ella lo había visto como nadie lo había hecho nunca antes, y él la amaba por eso.

Sobre todo, recordó cómo lo había pintado como un santo pero le había dado el inconfundible aire de un hereje. Y así era como moriría. No como un santo o como un exiliado, ni siquiera como un mártir... Que Jude fuese conocido por su disidencia.

El sol le calentó la punta de la cabeza.

Los cantos pasaron a gritos cuando se puso de pie despacio, el altar se sacudía violentamente debajo de él cuando los acólitos intentaron trepar para llegar a él. No tardarían demasiado en tener éxito. Miró por encima de la multitud. Esta se aceleraba hacia él, enardecida hasta el frenesí.

Cuando llegase el día siguiente, los acólitos no recordarían cómo habían permitido que sus inhibiciones quedasen a un lado.

Los sabios manipularían sus recuerdos transformando la violencia en belleza, coloreada en todos los tonos de éxtasis, una manía divina.

Las palabras de Ezra nunca habían sido más precisas: la dependencia de la Abadía a lo colectivo afectaba cada aspecto de su esencia podrida.

Nunca había sido menos persona y más santo. Un objeto, aquí para conceder sus plegarias.

Una mano le agarró el tobillo. Jude miró a los ojos a una persona que no era mucho mayor que él.

—Por favor —gritó. Tenía la boca mojada, un abismo abierto en su rostro. El sudor le brillaba en lo alto de la frente—. Por favor. Mi hermana. Ella no está bien. ¿Puedes tan solo...?

Se le cayó la mano cuando fue succionada por la muchedumbre, su ruego para que salvara la vida de su hermana le quedó haciendo eco en el cráneo. No podía salvarla aunque quisiera.

Con un chirrido metálico, cayó el disco del centro del rosetón, dejando pasar un rayo de pura luz solar. Una sonrisa le tiró de los labios aun cuando las lágrimas le mojaban las mejillas. El sol se sentía hermoso sobre su piel, tan bien…

Aun así...

No alzaría las manos. No completaría el ritual.

Más manos le agarraban los pies, le rasguñaban las pantorrillas, la parte de atrás de las rodillas, los muslos.

Le clavaban uñas en su delicada piel hasta hacerlo sangrar.

Sintió la furia y las plegarias, escuchó los gritos para que alzara las manos hacia los cielos, pero Jude permaneció inmutable.

El sol le entibiaba el rostro y eso era suficiente.

No se le abrieron los ojos, ni siquiera cuando lo sacaron de la plataforma.

Ni siquiera al arrancarle la túnica del cuerpo cuando la devoción, el amor, se convirtió en violencia.

Ni siquiera cuando el primer olor a humo alcanzó sus fosas nasales.