El espacio entre nosotros 50. Jude
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50. Jude

Jude

Jude escuchó los cantos. Sintió muchas manos tocándolo para guiarlo hacia delante, algunos amigables, otros para nada. Cómo había llegado a descansar en ese extraño espacio liminar ya no podía recordarlo. Quizá nunca lo había sabido en absoluto.

Pensó en ella . Con cada fibra de su desvaneciente ser, esperó que estuviera a salvo.

Le dolía un punto detrás de la oreja izquierda, con tanta tenacidad que no podía pensar en casi nada más.

No era ajeno al dolor, pero nunca había aprendido bien a distanciarse de él del todo.

Quizá era para mejor, pensó, mientras le arrancaban el jersey del cuerpo y en su lugar posaban sobre él una tela pesada.

Quizá merecía el dolor, el fuego. Había sido una criatura reservada.

Doblegada y arañada, escondida en la oscuridad.

Que acunaba sus dudas y sus deseos con fuerza contra su pecho.

Quizá era su destino que le abrieran las costillas y le arrancaran sus secretos.

Si iba a ser un mártir, lo sería con los brazos abiertos.

Un fuerte empujón le aterrizó entre los omóplatos, seguido por el golpe seco de una puerta que se cerró. Con un esfuerzo concentrado, Jude abrió los párpados e intentó enfocar. Unas manos le presionaron los hombros forzándolo a arrodillarse. El rostro de Ezra apareció en su campo visual.

Estaban solos en una habitación fría, húmeda y de techo bajo, junto a las puertas principales de la basílica.

El sonido amortiguado de los cantos llegó desde las puertas cerradas, le penetraba a la nariz el más leve aroma a incienso desde los incensarios.

Después de que Ezra noqueara a Maeve, no le había llevado demasiado tiempo hacer lo mismo con Jude en su estado debilitado, especialmente no con las reliquias que le colgaban del cuello.

Jude no tenía ni idea de cómo los había movido de la habitación o dónde estaba Maeve ahora.

Ezra se inclinó más cerca. Olía a sudor seco e incienso, el hedor solo le causó una oleada de náuseas en el estómago a Jude. Un fétido latigazo de dolor le empujó los dedos en la garganta y le dio arcadas.

—Haz lo que te dicen —ordenó Ezra hablándole cerca del oído—, si quieres que ella viva.

Jude asentía antes de darse cuenta incluso de que se estaba moviendo.

Ezra intentó ocultar la acechante maldad que necesitaba la violencia para saciarse, pero nunca había hecho un gran trabajo cuando se trataba de Jude. Para el resto de la Abadía, era una figura de poder benevolente. Había usado bien su máscara, pero no engañaba a Jude.

Mientras observaba la cara de Ezra, los familiares ojos azules y la oscuridad detrás de ellos, se le formó una pregunta en la lengua, una que se había hecho muchas veces.

—¿Por qué me odias? —susurró Jude—. ¿Qué te hice?

El desprecio transformó el rostro de Ezra en algo inhumano. Su voz fue apenas audible; de alguna forma peor que si hubiese gritado.

—Lo alejaste de mí. A mi hijo. Prendiste fuego a la Abadía, casi me quemas vivo al hacerlo y lo perdí.

Quizá haya sido débil, un fracaso, nacido sin la magia que estaba destinado a tener, pero era mi hijo.

Mío . No deberías haberlo ayudado a escapar.

—Soltó un resoplido, que casi fue una risa, cuando se apartó.

Su mirada aterrizó en la puerta a medio abrir y en la basílica más allá—. Pero lo encontré al final, ¿verdad?

Los recuerdos se enroscaron en el borde de la mente de Jude, raídos como si hubiesen sido quemados. Había algo ahí, burlándose con su cercanía, un saber...

—Cómo me recuerdas a él, Jude —dijo Ezra, llamándole de nuevo la atención—. Siempre lo has hecho. Una decepción, igual que lo fue él. Nada más que un cobarde y una vergüenza. Incapaz de cumplir tu propósito. Como él, tú también serás aplastado por mi zapato.

A Jude le dolían las rodillas contra la piedra, dolor que iba a la par con las punzadas que sentía en el cráneo mientras intentaba entender el significado de las amenazas que Ezra le había escupido y las repentinas ganas de hablar de su hijo.

Casi no recordaba nada del incendio de la Abadía.

Humo, una mano que le agarraba la suya. Pies que corrían y llanto, voces que suplicaban.

Un propósito en sus movimientos, aunque Jude no pudiera recordar cuál era.

Una pieza del recuerdo que había atrapado en un libro sobre su último día en la Abadía flotó hacia la superficie.

Su mentor —Ezra— le había dicho a Jude que debía irse para asegurarse de que nadie más saliera herido.

Faltaba un nombre en ese recuerdo... ¿Era el del hijo de Ezra?

Lo único que Jude sabía con certeza absoluta era que habían fracasado.

La Abadía permanecía entera, los íconos aún observaban desde las paredes.

¿Por qué habían creído él y Maeve que esta vez sería diferente?

No había podido proteger al hijo de Ezra —alguien que Jude suponía que había sido su amigo— todos esos años atrás y fracasaría también esta vez.

—¿Qué le pasó? —preguntó Jude, sin esperar una respuesta—. ¿Dónde está ahora?

—¿Por qué debería decírtelo? Su vida no importa, no para la Abadía y... y no para mí. —La boca de Ezra se retorció, la amargura le envenenó la voz—. Nunca me importó.

Y fue ahí, en el pequeño atisbo de emoción que cruzó el rostro de Ezra, donde Jude vio una oportunidad.

Ezra estaba solo en esta vida que había esculpido para sí mismo, y si algo sabía Jude sobre el aislamiento era cuán deseosa estaba la gente de hablar si había alguien, quienquiera que fuese, para escuchar.

Bajó la voz.

—¿Por qué tuviste un hijo si lo odiabas tanto?

La impaciencia llegó a su punto máximo en el rostro de Ezra, apoyada por una reprimida carga de culpa. Una necesidad de confesarse, tal como Jude había esperado.

—Un accidente. Pensé en hacer que la mujer...

se hiciera cargo de eso. De él. Pero cuanto más lo pensé, más ventajas le vi a tener un hijo propio.

Uno que pudiera criar para que siguiera a la Abadía.

Para que aprendiera sobre devoción y obediencia.

Aunque sus habilidades no fueron lo que esperaba.

Aunque no fue el santo que se suponía que iba a ser.

Hizo una pausa, observó a Jude arrodillado a sus pies. En ese momento, en el silencio del lapso de un latido, un destello de decepción asomó a la cara de Ezra, inconfundible y visible.

Eso golpeó a Jude como un puñetazo en el pecho.

¿Lo había elegido Ezra como un sustituto de su hijo cuando este no había producido la magia que él codiciaba?

¿Era esa la razón por la que Jude había sido castigado una y otra vez, separado del resto de los acólitos, y había recibido solo la atención suficiente para mantenerlo pegado a Ezra?

Para un niño criado en la Abadía, la atención era algo difícil de conseguir, valiosa incluso cuando oscilaba del cuidado al castigo con muy poca advertencia y menos explicaciones todavía.

¿Era esa la razón por la que regresaba a Ezra una y otra vez como un perro apaleado, con la esperanza de que tal vez, solo tal vez, esa vez fuese diferente?

Jude había tenido tanto miedo —todavía no podía reprimir la oleada de terror instintivo cuando miraba los ojos de Ezra—, pero había crecido lo suficiente para reconocer a su mentor por quien era.

Un viejo patético y decrépito.

La oscuridad se acercaba desde su visión periférica, pero Jude no se inmutó.

—Hoy, después de la puesta del sol, aunque mi cuerpo se esté enfriando en una tumba, estaré mejor que tú, Ezra. Nunca podrás correr lo suficientemente rápido para escapar de lo que hiciste. Cuando te acuerdes de mí, recuerda a tu hijo... Espero que queme.

Por un momento, Jude pensó que Ezra iba a atacarlo.

Casi esperaba que lo hiciera.

La violencia le hormigueaba en las yemas de los dedos.

Le ardía la mente, la sangre le corría con el recuerdo de la voz de Ezra.

Las manos de Ezra tallándole «devoción» en la piel, como si marcar la piel con la palabra fuese a cosechar la lealtad y el amor que deseaba.

Jude se imaginó que se levantaba del suelo, le colocaba las manos alrededor del cuello a su mentor y lo estrujaba.

La vida se desvanecería de esos ojos claros, fríos, mientras él le ponía una mano sobre la boca a Ezra para apagar sus gritos.

Dejaría su cuerpo aquí. Lo dejaría pudrirse en los cimientos de la Abadía, donde los iguales se reconocerían.

«Maeve», se recordó a sí mismo; desesperado por mantener las rodillas firmes debajo de sí sobre la piedra. Ezra podía hacer lo que quisiera con él, siempre y cuando no le hicieran daño a ella.

El aire entre ambos se hizo más denso, transformándose en una entidad en sí misma. Ezra fue el primero en apartar la mirada. Cerraba y abría la mano que tenía al costado.

—Es hora de ir.

Jude miró hacia arriba mientras se ponía de pie y caminaba desde la habitación hasta la basílica principal.

No miraría a la multitud que se separaba alrededor de él, con ojos nublados por el anhelo y el hambre.

Manos le tocaban las mangas, las protuberancias de la columna vertebral.

El incienso en su nariz, denso y familiar.

Las gemas y las gruesas cadenas de brocado bordadas en su túnica se agitaban, rozaban contra el suelo de piedra detrás de él.

Le dolía el cuello por el peso del sello que oscilaba colgado de una cadena dorada, oro absoluto contra la tela negra.

Era una marioneta y Ezra sostenía los hilos.

Avanzaron por la larga extensión de la nave, más allá de las barandas que protegían el antealtar, hacia la escalera al costado del altar de madera y mármol en la parte delantera del salón. Muy por encima de su cabeza, el rosetón resplandecía como un talismán de luz.