El espacio entre nosotros 49. Maeve #2
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49. Maeve #2

Maeve no lo pensó, no lo cuestionó, simplemente lo siguió escaleras abajo hacia la oscuridad que los esperaba.

La puerta se cerró detrás de ellos, arrojándolos a una negrura repentina.

Maeve respiró por la nariz para luchar contra una oleada de claustrofobia mientras Feliz abría otra puerta y la guiaba por un túnel de techo bajo.

Tajos de luz provenientes de pequeñas ventanas agujereadas por encima de ellos eran la única iluminación.

—Felix —susurró con urgencia, mientras lo seguía—, ¿adónde estamos yendo?

Él no respondió hasta que llegaron a una pequeña rotonda, iluminada por una rejilla redonda en lo alto.

Debían de estar justo debajo de la basílica.

El techo hacía eco con los golpes de los pasos que venían de encima de sus cabezas, con el distante sonido de los cantos.

Felix parecía más joven que la última vez que lo había visto, cuando se giró para mirarla. No mucho mayor que ella.

Un santo. La palabra ya no la asustaba.

Le subía y bajaba el pecho por la respiración agitada.

—Demasiado tiempo me he quedado sentado sin hacer nada.

He visto cómo acólitos se han convertido en santos, en exiliados.

Eso termina hoy. Vamos a salvar a Jude, después quemaremos todo.

¿No es eso lo que habéis venido a hacer también, Maeve?

Leíste mi carta. Mi advertencia. Y aun así... has regresado.

—Sí. —Se aclaró la garganta cuando uno de los nudos apretados que le oprimían el pecho se aflojó. Algo cercano a la esperanza encendió una llama que no estaba lista para apagar—. Regresamos para destruirlo todo. Para salvarnos de la Abadía. De la santidad.

Lo que fuese que vio en su rostro debió de haberlo calmado, porque Felix se dio la vuelta y quitó una pesada lona de encima de un barril que Maeve no había advertido a primera vista. Dio un paso atrás, sobresaltada.

—¿Qué es eso?

—Parafina —respondió Felix—. Lo encontré hace unos días cuando descubrí este túnel.

Hay una puerta separada que se abre justo detrás de los confesionarios por donde podemos sacar a escondidas el barril.

Vamos a empapar los íconos que están más abajo en la pared y esperaremos que los demás se enciendan a medida que el fuego suba.

Será más rápido que intentar encender cada ícono individualmente.

Maeve tragó, le daba vueltas la cabeza. Estaba claro que esto era algo que Felix había estado planeando largo tiempo.

—¿Qué hay de la gente en la basílica? Hay cientos de acólitos y peregrinos ahí dentro.

Se quedó callado un rato. Levantó una mano para frotarse distraídamente la quemadura del costado de la cara.

—Haremos lo que podamos para advertirles.

Para sacarlos, a ser posible. Pero tengo que avisarte que no serán...

ellos mismos exactamente. Algo en el ritual, en los cantos, las plegarias, borra la racionalidad.

Crea una especie de psicosis colectiva. Quizá resulte difícil hacer que se vayan antes de que haya demasiado humo como para que lo ignoren.

Sus propios recuerdos del ritual se desperezaron y le recordaron el aturdimiento que un evento febril como aquel podía traer.

Felix se arrodilló para manipular algo en el costado del barril, su familiaridad con el objeto tiró de algo en el interior de Maeve.

Jude le había dicho que él había intentado incendiar la Abadía, que había tenido ayuda.

Había hablado de un compañero acólito que le había dado dinero en un sótano frío y húmedo, de sus manos mojadas con parafina.

Su mirada aterrizó sobre el cuello lleno de cicatrices de Felix.

—¿Felix? —preguntó, arrojando su inhibición al viento. Este miró hacia arriba, preocupado, cauteloso—. ¿Ayudaste a Jude a comenzar el incendio en la Abadía hace años?

Él se estremeció.

—Yo... ¿Cómo lo sabes? ¿Te lo dijo Jude?

—No... —Maeve negó con la cabeza—. Él no se acuerda. Al menos, no del todo. Yo solo... Algo que me contó me lo recordó y pensé que tal vez…

Felix suspiró.

—Solíamos ser amigos, él y yo. Tiempo atrás, cuando las amistades todavía eran de alguna forma...

toleradas, no como ahora. Intenté cuidarlo.

No me di cuenta de lo que estaba pasando con Ezra hasta que fue demasiado tarde.

Jude acudió a mí... —Se le tensó la mandíbula—.

Quería irse. Ambos habíamos comenzado a mostrar indicios de magia y habíamos oído los rumores de qué les pasaba a los acólitos que se convertían en santos.

Estaba... asustado. Más por el hijo de Ezra que por sí mismo.

—¿El hijo de Ezra? —cuestionó Maeve, horrorizada. Se arrodilló a su lado.

—Sí. Eso creo. Mis recuerdos están... no están claros. —Un ligero temblor le recorrió el cuerpo—. Al menos cuando él está involucrado.

—¿Quién es? —susurró ella—. No tenía ni idea de que Ezra tenía un hijo.

—Nadie lo sabe. Lo mantuvo en secreto. Creo que Ezra se sintió decepcionado cuando no mostró indicios de magia de la memoria.

—Felix tiró de uno de los nudos que rodeaban el barril.

Bajó la voz—. Desearía recordar su nombre, su cara, algo sobre él.

Todo desapareció. —Negó con la cabeza—. Desapareció. Igual que él.

—¿Qué pasó después del fuego? —preguntó Maeve.

—Hay partes que directamente están perdidas para mí —reveló Felix—.

La planificación que hicimos, cómo comenzamos la llamarada...

—Dio unas palmadas al barril de parafina—.

Creo que esto es lo que quedó de aquel intento.

Como dije, lo encontré hace unos días. Debimos de haberlo traído todos esos años atrás y no lo usamos.

—Se encogió de hombros—. Recuerdo que apagaron el primer fuego bastante rápido.

No sé qué pasó con el hijo de Ezra. Nos dijeron que había muerto... Pero no estoy seguro. No me encaja.

Por encima de ellos, los cantos empezaron a sonar más fuerte. Maeve levantó la vista antes de volver a mirar a Felix. Tenía los ojos desenfocados, fijos en algún lugar detrás de ella, mientras luchaba por recordar.

—Los sabios atraparon a Jude. Él me cubrió.

Asumió toda la culpa por el incidente. —La desesperación le pesaba en la voz—.

Lo exiliaron, como sabes. Pero a mí... me ofrecieron un trato.

Me extorsionaron, en realidad. Se supone que soy una figura decorativa; un ejemplo del poder de la Abadía.

Para alentar la devoción hacia lo que intenté incendiar. Y... —Respiró hondo.

Maeve le observó mientras hablaba. La familiaridad de sus rasgos iba más allá de tan solo haberlo pintado, más allá de verle en el altar, con las manos alzadas en rezo.

—Me amenazaron —continuó Felix—. Mi madre sigue viva.

Está en el Goddenwood, pero me dejaron claro que eso cambiaría muy rápido si no obedecía.

Tienen el control de mi magia y mis recuerdos, como bien sabes.

Todo lo que hago está bajo su control. Incluso esto...

—Movió la mano abarcando la habitación, el barril de parafina—.

Solo fue posible porque estaban distraídos por la intercesión y porque llegasteis tú y Jude.

Maeve había visto a Felix casi como un ícono en sí mismo durante gran parte de su educación.

Como santo, rara vez interactuaba con la multitud de acólitos que llamaban hogar a la Abadía.

Lo sacaban para rituales importantes y para las intercesiones estacionales, siempre en la distancia.

Fuera de las sesiones para su retrato, la mayor parte de su opinión sobre Felix se componía de rumores y de su propia imaginación.

Se preguntó cómo había sido la vida para él: un santo obligado a vivir en exilio en su propio hogar.

Era difícil imaginar una existencia más solitaria.

—¿Por qué esta vez es diferente? —preguntó—. Si intentasteis quemar los íconos y no funcionó..., ¿por qué ahora? ¿Por qué va a funcionar ahora ?

—El ritual —explicó Felix—. Todas las plegarias aumentan el poder en los íconos.

No se estaba produciendo un ritual cuando tratamos de incendiar la Abadía de adolescentes.

Creo que eso marcó una diferencia. —Su expresión se endureció, apareció una línea entre sus cejas—.

El Llamado al Sol está por comenzar y la vida de Jude está en riesgo.

No podemos quedarnos sentados y dejar que la Abadía siga haciendo lo que quiera, sin que le importe o moleste a quién destruye en el proceso.

A veces, se dio cuenta Maeve, una revolución no dependía de los planes ni de la elección del tiempo ni de que cada aspecto se alineara en un momento específico, sino que se trataba de perseverancia. La determinación para llevarla a cabo sin importar con cuánta fuerza todo estuviera en su contra.

—Si esto funciona —dijo ella con cuidado—. Ya no estarás más bajo su control. Volverás a tener tu magia. Podrás liberar a tu madre del Goddenwood.

Felix se tensó. Asintió brevemente con la cabeza.

No había más que decir. Lo ayudó a mover el barril sobre una carretilla y juntos comenzaron a empujarla desde la habitación escaleras arriba hacia la basílica y el sonido de los cantos.

Se había empequeñecido a sí misma al tragar las palabras de la Abadía como si hubiera estado muriéndose de hambre y estas hubieran sido lo único que podía saciarla.

Había cerrado los ojos y agachado la cabeza, les había rezado a los santos para que llenaran el vacío, todo mientras los sabios la observaban, sabiendo que se estaba ofreciendo en sacrificio para que ellos la tomaran.

Ya no.

Apretó los dientes y empujó con más fuerza. Pronto, todo estaría en llamas.