49. Maeve
Maeve
Maeve abrió los ojos.
El techo de la basílica se extendía a lo ancho en las alturas.
Estaba acostada sobre su espalda, las voces le penetraban la piel como una astilla, sacándola de ese lugar oscuro y sin sueños al que la habían llevado.
Al este, el sol lanzaba esquirlas de luz multicolor desde el rosetón sobre su cuerpo tendido.
La vista se le volvió vidriosa, incitada por el dolor de cabeza.
Una paz frágil la recorrió como una marea oceánica.
Parpadeó. La niebla se acercó unos centímetros. Respiró hondo una vez, luego otra.
«Espera.»
¿Qué estaba haciendo aquí y por qué era por la mañana ?
Los cantos se escurrieron en sus oídos. No eran más que el canturreo de voces desorganizadas, pero fue suficiente para empujarla a incorporarse sobre los codos y mirar a su alrededor.
Estaba enjaulada en el espacio vacío entre la parte trasera del altar rectangular y la pared curva de la basílica detrás de ella.
El espacio no parecía tener ningún propósito particular más allá de ser un rincón estrecho de aire olvidado, lo suficientemente grande para meter a alguien sin que lo vieran.
Le latía de forma dolorosa la sien izquierda. Se la tocó con dedos temblorosos e hizo un gesto de dolor cuando los vio pegoteados con sangre espesa, que se estaba secando. Ezra debió de haberla noqueado. ¿Por qué estaba aquí y no atada en algún lugar? ¿Dónde estaba Jude?
Se puso de pie con esfuerzo, de forma temblorosa, e intentó mirar por encima del borde del altar, más allá del antealtar hacia la nave, desde donde podía oír que venía el cotorreo de cientos de voces que comenzaban a moverse hacia un canto organizado.
El altar era un gigante de madera y mármol, con la suficiente altura para alzarse una cabeza más arriba de donde estaba ella.
Si bien el frente era de madera sólida intrincadamente tallada, la parte trasera era de mármol perfectamente pulido, frío bajo sus manos.
No había ni un saliente en la madera que pudiera usar para elevarse.
Le picaba la nariz por el embriagador olor del incienso.
Levantó la vista, para ver el borde de los incensarios en plena oscilación.
Se dio cuenta de algo horrible con el chirrido de las cadenas.
Sus recuerdos, que al fin se soltaron de las arenas movedizas de su mente, sacaron a la luz una imagen tan aterradora como sorprendentemente nítida.
Estaba comenzando el octavo himno. No faltaba mucho para el Llamado al Sol.
Como la más larga y más compleja de las intercesiones, el octavo himno comenzaba a medianoche y llegaba a su punto culminante algunas horas después del amanecer. El ritual giraba en torno al sol, su foco y su llamado, que servía como signo tangible del poder de los santos.
Maeve presionó la espalda contra el altar y miró el rosetón.
El círculo de vidrio cristalino que había en su centro solía estar tapado por un disco de metal al que se accedía mediante sogas gemelas que colgaban de aquel lado y que, al tirar de ellas, lo quitaban del centro del rosetón.
La Abadía lo sacaba solo para el octavo himno durante las cuatro intercesiones estacionales, ya que dirigía un rayo de luz cegadora a través de la basílica que era acunado por las manos ahuecadas de un santo en un espejo perfecto del sello de la Abadía.
Se creía que toda plegaria pronunciada durante el Llamado iba directo a la mente del santo que llevaba a cabo el ritual y era respondida con la muerte de este.
Y por primera vez en semanas, meses, tal vez incluso años, su recuerdo del Llamado estaba ahí en medio del forcejeo de recuerdos, era posible traerlo.
Se sentó en el suelo, se llevó las piernas al pecho con fuerza y presionó los ojos contra las rodillas.
La luz estalló y destelló detrás de sus párpados cuando comenzó el arduo movimiento a través de los más profundos confines de su memoria.
Se sentía como caminar por el lodo, como sacar a Jude del pantano.
Los juncos que la agarraban y el agua que se escurría, todo se volvía más y más turbio cuanto más avanzaba.
El primer recuerdo era de gritos. Cantos.
El recuerdo estaba espolvoreado con oro, que le daba a todo un tinte metálico y onírico.
Se acordó de la multitud fervorosa derrumbando el barandal que protegía el antealtar para alcanzar a la santa, de pie en el altar.
La arañaron hasta que sangró, le arrancaron las túnicas en un intento desesperado por agarrar algo tangible que llevarse a los labios.
Los llantos y los cantos se fundían en una voz frenética.
Mientras la muchedumbre sacaba a la santa del altar.
El recuerdo dolía; quemaba .
Maeve recordó que la santa desapareció entre la multitud como una piedra lanzada a aguas turbulentas, hasta que lo único que quedó de ella fue un cuerpo quebrado como pan, sangre derramada como vino sobre el suelo.
De repente, la gente se dispersó. El recuerdo flaqueó, uno nuevo ocupó su lugar, más brillante y nítido que el anterior. El polvo de oro llenó el aire.
Maeve estaba sola. A sus pies había una sola gota de sangre.
Era carmesí ahora, brillaba como un rubí bajo la luz del sol cristalino, pero sabía que pronto sería del intenso rojo del óxido.
Se arrodillaría al lado de esta una y otra vez cuando agachara la cabeza para rezar, con pensamientos sobre amarillo cadmio o rojo óxido.
La rasparía con la uña y pensaría que era pintura.
Los pulmones, la médula, el propio corazón se le llenaron con el vapor venenoso de la certeza: la sangre de Jude sería la siguiente si no detenía el Llamado. Ya el borde del círculo cubierto comenzaba a resplandecer con la luz del sol. No faltaba demasiado.
Y Maeve sabía , sin importar lo mucho que deseaba negarlo o cuán aterrador le resultaba tan solo pensarlo, que sería Jude quien guiaría el sol esta vez.
La multitud estaría tan enajenada, tan desesperada por que sus plegarias fuesen respondidas que incluso el mero pensamiento de que un santo estuviese allí para hacer entrar al sol los llevaría a nuevos niveles de fervor.
La devoción personal ya no sería suficiente; necesitarían que los santos fuesen parte de ellos.
Su amor se tornaría violento, consumiría lo que se suponía que debía proteger cuando las emociones se volvieran demasiado intensas para soportarlas.
Jude sería una ofrenda sagrada. Y al igual que una comida preparada para un festín, lo devorarían.
Adoración y violencia: dos caras de la misma moneda oxidada.
Maeve cruzó el pequeño espacio para mirar hacia arriba, al borde alto del altar.
Si corría hacia él y saltaba, quizá pudiera tomar impulso para treparlo.
Pero ¿después qué? Todos los ojos en la basílica apuntarían hacia ella.
Todos los sabios estarían presentes, sin contar las hordas de acólitos y peregrinos que avanzarían en manada hacia el altar apenas apareciera Jude.
Podría intentar llevarlo al rincón con ella, pero entonces ambos estarían atrapados.
Necesitaba un plan. Cualquier cosa que pudiera sacarla de ese pozo y darle algunas opciones. Si intentaba incendiar la basílica en ese momento, moriría junto a esta.
La multitud pasó a una serie de himnos más suaves. En espera del Llamado, de ese imparable destello de sol. Tenía minutos, y ni eso. Tenía que hacer algo.
Se armó de valor, se lanzó desde la pared más lejana y saltó hacia el borde del altar con los brazos estirados.
Los dedos rozaron el borde, las uñas arañaron dolorosamente la madera antes de caer hacia atrás contra el suelo.
Se golpeó la cabeza contra la piedra, lo que le hizo temblar el cráneo.
Se empujó para ponerse de rodillas y luego lo intentó otra vez.
Pudo dejar los dedos enganchados en el borde en esta ocasión, pero cedieron y cayó de nuevo para quedar de rodillas una vez más.
Su respiración agitada hacía eco con los latidos que sentía en las yemas de los dedos, las palpitaciones de su corazón.
Retrocedió hasta que su espalda quedó contra la pared para examinar el altar.
¿Podía impulsarse hacia arriba por el costado si apoyaba el pie contra la pared?
No, la piedra caliza era tan lisa como la madera de la parte trasera del altar.
Justo cuando se acercaba para buscar un punto de apoyo, oyó un suave chirrido entremezclado con los cantos.
En el centro de la superficie lisa de la parte trasera del altar, de repente, se abrió una puerta sobre un borde invisible a la altura de su cintura. Una pequeña abertura, apenas del tamaño suficiente como para que una persona pasara por ahí.
Una explosión de esperanza le llenó el pecho cuando se agachó para espiar dentro.
Una ráfaga de aire mohoso le golpeó el rostro, olía a tierra y sal.
A sus ojos les tomó un segundo adaptarse a la oscuridad.
El interior del altar estaba completamente hueco.
Unas escaleras descendían empinadas por un agujero cavado en el suelo en el centro del espacio.
Parecía casi como que el altar había sido colocado sobre las escaleras para ocultar su existencia.
En las profundidades, se movió algo.
Maeve se echó hacia atrás, el miedo comenzó a invadirla a toda velocidad, hasta que apareció un rostro familiar...
—¿Felix?
El santo se presionó un dedo contra los labios antes de hacerle un gesto para que se acercara.
Estaba a mitad de las escaleras, arrodillado en los escalones para evitar golpearse con el techo, dada su altura.
Llevaba puesto un hábito negro sencillo, arremangado hasta los codos.
Tenía la frente manchada de tierra y se le habían pegado telarañas en el pelo corto de rizos apretados.
—Puedo ayudarte —dijo en voz baja, rasposa—. Puedo ayudarte a salvar a Jude. Pero debes venir ahora.